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Un castillo por todo ese amor

 

 

Algunos elementos del castillo de coral que construyó Eduard Leedskalnin en honor a la mujer que no quiso casarse con él

Frank Fernández

Publicado en el Diario de Yucatán

Existen hombres que le regalan flores a sus novias, otros les regalan bombones y los más afortunados incluso pueden regalar joyas. Pero no creo que en este mundo haya muchos hombres que regalen castillos a sus dulcineas. Y éste es el caso de Eduard Leedskalnin de quién les quiero hablar en esta ocasión.

Eduard nació en 1887 en Letonia, una de las tres repúblicas bálticas que, a la sazón, formaba parte del imperio ruso. De su abuelo aprendió el oficio de albañil y, a los 26 años, se enamoró de una chica de tan solo 16, Agnes Scuff. Como era correspondido se fijó la fecha de la boda, pero la víspera, Agnes le dijo que no se quería casar con él.

La excusa fue que era muy viejo para ella. Eduard tomó el asunto muy a pecho y, tal fue su dolor, que decidió poner océano de por medio. Tomó un barco que lo llevó a Estados Unidos.

Allá trabajó y también en Canadá, como minero, talador de bosques, ranchero; cualquier cosa era buena para ganarse la vida.

Así estaban las cosas hasta que enfermó de tuberculosis y, como en aquella época no había cura para esta enfermedad, hizo lo que decían los médicos tenían que hacer los tuberculosos: ir a vivir a un clima templado y soleado, por lo que decidió mudarse al sur de la Florida, el “estado del Sol”.

Allí compró un acre de terreno por $12 en 1926 y comenzó a construir con la roca coralina del sustrato de esta zona de la Florida muebles megalíticos en la ciudad de Florida City.

En 1933 tuvo la posibilidad de comprarse un terreno mayor a 16 kilómetros de allí, en Homestead. Durante tres años se ocupó de trasladar a su nueva propiedad lo que ya había terminado, utilizando solo la ayuda de un amigo, con su tractor, al que le pagaba dos dólares al día.

El detalle de todo esto es que Eduard medía 1.50 metros y pesaba 45 kilogramos, es decir, un pedacito de hombre, amén de su cruel enfermedad. Nunca nadie lo vio cargar ni descargar enormes moles de piedra coralina.

Una vez instalado en su propiedad de Homestead, comenzó la construcción de algo aún mayor, un Castillo de Coral que dedicó a Agnes, a quien llamaba “Mi dulce 16”, en alusión a la edad de la chica, con la esperanza de que, al saber ella allá en Letonia que en el sur de la Florida le esperaba un castillo, corriera al lado de su despechado antiguo novio.

Nunca nadie vio construir a Eduard y, si tomamos en consideración su pequeño tamaño, las descomunales medidas de las piezas que sacó de la tierra, movió e instaló en el lugar y su enorme peso, sólo se puede pensar en que alguna fuerza oculta lo ayudó para hacerlo. Al ser humano le gustan las conspiraciones y las especulaciones.

Cuando su castillo estuvo medio terminado decidió cobrar la entrada para visitarlo y con ello obtener un ingreso. Cobraba entre 10 y 25 centavos a los visitantes para que vieran lo que había realizado. Él mismo contribuyó al misterio diciendo que conocía el secreto de cómo los egipcios habían construido las pirámides, que él sabía cómo mover las piedras a pesar de su descomunal tamaño y peso y, como si esto fuera poco y para añadir secretismo al asunto, solo trabajaba de noche a la luz de una linterna.

Los que vivimos en tórridas tierras podemos entender la razón por la que trabajaba sólo de noche: el inclemente sol.

Pero Eduard no solo tenía conocimientos de albañilería y de cómo mover estas enormes piedras, sino que también sabía de astronomía. Dentro de su castillo de coral hay un montaje de dos piedras en las que perforó sendos orificios y a través de los cuales se puede localizar la posición de la Estrella Polar. También existe un calendario solar, que es el único construido en el mundo que no sólo indica las horas con una precisión de unos tres minutos, sino que también indica las estaciones del año y el mes.

Como si todo esto fuera poco, Eduard también era masón y, amén del número 16 que hace referencia a la edad de Agnes y que es una constante en la obra, otra constante en el Castillo son estrellas de 6 puntas, las estrellas de David, que también son un símbolo masónico.

Entre los numerosos muebles que creó existe una mesa que tiene la forma del Estado de la Florida, incluyendo el lago de Okeechobee. Alrededor de esta mesa hay sillas, siendo la principal de ellas la designada al gobernador del Estado. Los vecinos y contemporáneos decían que Eduard era un hombre extremadamente jovial, amable, de excelente carácter y que amaba a los niños. Escribió algunos folletos sobre electricidad, magnetismo e incluso sobre cómo mantener una buena relación marital, él que nunca se casó y nunca tuvo mujer.

Un buen día del año 1951 a la puerta de su Castillo colgó un letrero con el mensaje: “Camino al hospital”. Tomó un autobús que lo llevó al Jackson Memorial Hospital en Miami y allí falleció tres días más tarde, mientras dormía, como consecuencia de un cáncer estomacal a la edad de 64 años.

Atrás dejó su Castillo para su Dulcinea, su “dulce dieciséis”, Agnes la letona.

Traductor, intérprete y filólogo. altus@sureste.com

 

 

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