Jueves , octubre 18 2018
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Testimonios de Tlaltelolco

Una versión honesta y verdadera; la segunda no

Alberto Cámara Patrón (*)

Publicado en Diario de Yucatán

El 8 de octubre de 1973, cinco años después de la cruenta represión del movimiento estudiantil de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, Tlaltelolco, asistí a mi primera clase en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Todo el entorno era extraño para mí, que había pasado once años en el familiar ambiente de mi amada escuela Marista de Mérida. Me llamaron la atención los grafitis que en casi todos los muros de la Universidad condenaban la acción del Ejército y del gobierno y exhortaban a no olvidar que la lucha de los estudiantes seguía en pie. Las cafeterías de la UNAM habían sido clausuradas porque fueron las sedes del Consejo Nacional de Huelga y los estudiantes nos reuníamos en los jardines llamados “islas” donde platicábamos, descansábamos, echábamos romance y no pocos fumaban mariguana. El movimiento estudiantil había muerto, mas no del todo: seguía el resentimiento contra el gobierno y se señalaba al Ejército como culpable, convicción alimentada por las dictaduras castrenses que proliferaban en Sudamérica por aquel entonces. Los estudiantes de mayor edad no cejaban en su activismo, pero los de nuevo ingreso estábamos demasiado preocupados por abrirnos paso en la vida y todo eso era un poco lejano, ajeno, aunque el mensaje de los muros se nos quedó grabado.

Muchos años después, al iniciar la década de los noventa, trabé una cálida amistad con el comandante de la Zona Militar con sede en Mérida y tuve la oportunidad de convivir innumerables veces con él y su familia, muchas veces en mi casa. No sobra decir que siempre me pareció un caballero, muy equilibrado en sus opiniones y firme en sus valores y convicciones.

Un domingo en la tarde, después de comer en mi casa, le pregunté qué opinaba de la participación del Ejército en la represión de Tlaltelolco. Él y su esposa casi saltaron de sus sillas; se voltearon a ver y después de breve rato mi amigo el general me narró la siguiente historia:

En  Tlaltelolco

“Yo estuve en Tlaltelolco bajo las órdenes de mi general Hernández Toledo, comandante del batallón de fusileros paracaidistas; otro compañero y yo éramos los oficiales de mayor grado bajo el mando del comandante. Llegamos a Tlaltelolco poco después de las dos de la tarde y llevábamos órdenes de vigilar la manifestación, cuidar el orden e impedir que hubiera desmanes en las calles cercanas”.

“Los muchachos fueron llegando a partir de las cuatro de la tarde y todo estaba dentro de lo habitual en ese tipo de manifestaciones, a las cuales ya estábamos acostumbrados; yo estaba al frente de un cuerpo del batallón y nadie de nosotros sentía algo que nos inquietara. Un joven que parecía uno de los líderes se me acercó, me saludó amigablemente y me preguntó si todo estaba bien; le dije que sí, que nada más íbamos a vigilar y que por favor después de la manifestación se fueran tranquilamente a sus casas. Así me lo ofreció, me volvió a dar la mano y regresó a su grupo, no lejos de mí. Al rato empezaron los discursos y después de las seis, empezando a oscurecer, la plaza estaba llena a reventar. Estaban por terminar los discursos cuando un helicóptero sobrevoló la plaza y de pronto lanzó tres bengalas; oímos ruidos como de petardos y la enorme multitud comenzó a moverse, a agitarse; nos pusimos en alerta al comprender que eran balazos, la gente comenzó a correr y el muchacho que le conté corrió hacia mí gritando ‘qué pasa coronel, qué está pasando’ cuando un balazo le entró por la nuca y cayó sobre mis piernas bañándome con su sangre y pedazos de masa encefálica”.

Órdenes

“Uno de los soldados a mi cargo cayó por un balazo y recibimos órdenes de repeler el fuego. Pero no sabíamos quién nos disparaba, alguien señaló que los tiros venían de dos edificios que luego supimos eran el Chihuahua y el Dos de Abril y comenzamos a disparar hacia allí. Vimos personas que estaban con un guante blanco en la mano izquierda corriendo pistola en mano en la periferia de la multitud que se iba desbordando para salir de la Plaza. Mi general Hernández Toledo ordenó tomar los edificios y detener a cualquier persona armada. Desde arriba de esos edificios le tiraban abiertamente a la multitud y comenzamos a disparar directamente a las ventanas donde suponíamos había algún francotirador y al cabo de un rato nos impusimos, el fuego de arriba menguó y cuando estábamos entrando en uno de ellos le pegaron a mi general en el costado derecho y comenzó a sangrar por la boca. Unos compañeros lo sacaron a un lado, los demás subimos las escaleras con nutrido fuego a discreción y la gente que estaba arriba se rindió tirando sus armas. Los detuvimos y amarramos, los fuimos poniendo en el piso de los pasillos y revisamos cada uno de los departamentos donde lo mismo encontramos gente armada con las manos en alto que a vecinos espantados. Recibimos órdenes de detener a cuanta persona pareciera sospechosa”.

Su esposa era enfermera militar retirada, pero activa cuando los sucesos del 2 de octubre. Al hospital donde trabajaba comenzaron a llegar soldados heridos y muertos y ella espantada trató de localizar a su marido, que sabía estaba en Tlaltelolco. Pasó la noche atendiendo sus obligaciones en el hospital y con la angustia de que en cualquier momento llegara el cadáver de su esposo. Al amanecer le dijeron que su coronel estaba bien y hasta dos días después se encontraron en su casa; ambos estaban derrumbados.

Una trampa

“Nos tendieron una trampa”, me dijo el general. Quién se las tendió, le pregunté. Su mirada giró hacia el jardín y así estuvo largos minutos.

Algunos años después, no muchos, un amigo me invitó a reunirme con el licenciado Luis Echeverría Álvarez, expresidente de México. La razón, Echeverría tenía unos terrenos en Cozumel y quería oír sobre una experiencia exitosa en el ramo inmobiliario que recientemente yo había tenido en San José del Cabo, Baja California Sur. Eso motivó que me reuniera con el licenciado Echeverría en múltiples ocasiones, que nunca arrojaron ningún acuerdo de negocios. Pero nuestro trato era afable, muy cordial; en una ocasión en que me acompañó a la puerta de su casa estaban haciendo el cambio de la guardia militar que invariablemente estaba apostada tanto en el jardín de entrada como en el exterior de la casa. Lo tienen bien cuidado, licenciado, le dije y me respondió: No cuidado, vigilado. Aproveché el momento y me atreví a preguntarle: ¿Qué pasó en Tlaltelolco? Y oí la respuesta de siempre: Extranjeros que no querían a México se aprovecharon del romanticismo de los estudiantes y armaron una tragedia.

Hoy se habla de una Comisión de la Verdad que investigue desde el 68 hasta Ayotzinapa y los miles de desaparecidos y me parece correcto: Una nación necesita verdad y justicia para sanar sus heridas. En el caso de Tlaltelolco, cincuenta años después no sabemos a ciencia cierta quiénes fueron los culpables, pero los testimonios anteriores me llevan a pensar que el Ejército no es uno de ellos. La versión del general me pareció honesta y verdadera; la segunda no.—Mérida, Yucatán.

Empresario

 

 

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