jueves , junio 4 2020
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¿Tenaz o necio?

El presidente ante la emergencia

Dulce María Sauri Riancho (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Al igual que miles, quizá millones de mexican@s, el domingo pasado me preparé para escuchar el mensaje presidencial. Esperanzada, creí que, como en ocasiones anteriores a lo largo de su carrera política, López Obrador se crecería al castigo de la realidad y modificaría su irreductible posición.

Me equivoqué completamente. Mis expectativas se vieron disminuidas cuando se informó que el presidente presentaría su “informe trimestral de actividades” y no el esperado plan de recuperación nacional. Todavía expectante, acepté el “rosario” de cifras que ilustraron los compromisos de brindar algún beneficio al 95% de los más pobres. Avanzaban los minutos cuando surgió, finalmente, el tema de la recuperación económica.

Malo, muy malo, que el anuncio presidencial haya ignorado a millones de pequeñas y medianas empresas y se haya concentrado en la obra pública, financiada este año con el resto de los ahorros de los fondos de estabilización presupuestaria y de los fideicomisos donde se depositaban los recursos que garantizaban obras, becas artísticas, atención a enfermedades catastróficas, entre otros.

Como un acto de fe, habremos de creer en la palabra presidencial que anuncia la creación de 2 millones de empleos, cuando en 2019, sin pandemia, se lograron menos de medio millón, una cuarta parte. Ni una sola respuesta a las demandas del sector privado, ni siquiera del Consejo Coordinador Empresarial cuyo dirigente ha respaldado —en exceso según algunos— las determinaciones presidenciales.

Al final, tuve que admitir que no existe plan de emergencia, ni política fiscal para hacerlo viable y que se arrastran serias limitaciones en la atención sanitaria a la pandemia. En el radar presidencial no aparece la mitad de la población de México, las familias que no reciben apoyos gubernamentales, que se sostienen por su trabajo, con ingresos bajos o medianos.

Son profesionales, empleados públicos, dueños de pequeños negocios de distintos giros, mujeres y hombres cuyos ingresos dependen de un patrón o de su actividad empresarial. Viven al día, en las ciudades grandes y pequeñas. Un buen número está afiliado al IMSS o al Issste, es decir, integran lo que conocemos como el sector “formal” de la economía. Pagan impuestos al SAT, acuden a los centros comerciales y mercados, tienen tarjetas de crédito con las que liquidan poco a poco las compras de televisores, electrodomésticos, etc. Son aquell@s que compraron sus casas con hipotecas de algún banco, con la tranquilidad de que con sus ingresos podían solventar la mensualidad.

Si el IMSS tenía, al 31 de marzo pasado, 20.4 millones de afiliados y el Issste casi 3 millones, estamos refiriéndonos a 80 millones de personas, entre asegurada/os y derechohabientes, más de la mitad de la población de México. Esos, justamente son los que el presidente López Obrador decidió ignorar en el anuncio de las acciones de su gobierno para atender la emergencia.

Santiago Levy, exfuncionario mexicano especializado y actualmente funcionario del BID, plantea que la defensa de los empleos del sector formal y de las actividades de quienes se encuentran en la informalidad es la mejor garantía para una rápida recuperación cuando pase la emergencia.

Apoyar a las y los asegurados del IMSS implica que el gobierno garantice el pago de una parte de sus salarios, durante tres meses, de ser necesario. Dando solución al pago de salarios de sus trabajadores y empleados, las MIPYMES tendrán resuelta una importante parte del problema que afrontan. No todo, porque requerirían de postergaciones en el pago de sus impuestos y de créditos que permitan volver a funcionar en cuanto la economía se recupere. A cambio, las y los empresarios se comprometerían a no despedir trabajadores y a mantener sus empresas trabajando.

¿De dónde podría obtener el gobierno recursos para tamaña empresa? Una parte podría provenir de los recursos considerados para megaproyectos que se encuentran “en pañales”, como la refinería Dos Bocas y el Tren Maya, postergándolos temporalmente. Aún así, no sería suficiente para abordar este mayúsculo desafío. El propio Levy proporciona una salida, al proponer la emisión de bonos gubernamentales para afrontar la contingencia —Bonos Covid—, que implicarían incrementar la deuda pública, pero con el fin específico de la reactivación.

El domingo pasado, el presidente López Obrador desperdició la oportunidad de asumir el liderazgo para combatir la pandemia del Covid-19. Dejó de lado consejos, sugerencias y demandas de las personas cercanas y de aliados políticos. Siguió “montado en su macho”.

Recordé que, en la fase final de la campaña de 2018, su esposa Beatriz volvió su obcecación virtud, cuando con su voz difundió la canción “El Necio”: “Me vienen a convidar a arrepentirme/ … Será que la necedad parió conmigo;/ La necedad de lo que hoy resulta necio;/La necedad de asumir al enemigo;/La necedad de vivir sin tener precio”.

La persona necia, según la Real Academia Española, padece “ofuscación tenaz y persistente”, o “es un ignorante que no sabe lo que podía o debía saber”. No soy sicoanalista, pero la conducta presidencial manifiesta una incapacidad para reaccionar ante las nuevas circunstancias, inéditas e inimaginables al iniciar este año. No se trata sólo de él, quien tendría derecho a ser necio —y su esposa, a celebrarlo—. Somos millones a quienes se nos enchina el cuero con el estribillo de la canción: “…Caminando fui lo que fui/Allá Dios, que será divino/Yo me muero como viví”.

La necedad presidencial puede llevar a la muerte a miles de personas; morirán empresas y languidecerá la economía de miles de familias; morirá la esperanza. Para que viva México, ¿sería mucho pedir que Andrés Manuel López Obrador asuma el liderazgo de tod@s?— Ciudad de México.

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora y diputada federal plurinominal del PRI

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