sábado , agosto 15 2020
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Rodrigo Llanes Salazar: Una pandemia olvidada

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

En medio de la crisis actual de Covid-19, en la que cada vez encontramos más casos de personas conocidas y familiares contagiados e incluso fallecidos, es fácil sentirnos frustrados y desesperanzados porque no sabemos cuándo va a terminar la pandemia y sus efectos. Muchos nos sentimos enojados porque cientos, miles de personas, no respetan las medidas básicas de sanidad; o angustiados ante la dura situación económica por venir —que muchas personas ya están sufriendo—. También nos sentimos indignados porque las autoridades —municipales, estatales, federales— no siempre han tomado las mejores decisiones y han puesto en peligro la salud de las y los ciudadanos.

Frente a todas estas emociones, tal vez sirva de algo regresar a epidemias y pandemias del pasado, no para encontrar alguna especie de alivio, sino para hallar lecciones, referentes, horizontes. Acaso tan solo un recordatorio que esto que, por momentos, para muchos, parece que no va a terminar, también pasará. A propósito, el crítico cultural catalán Jorge Carrión ha escrito que la falta de representaciones de las epidemias en la cultura popular —ya sea en la literatura, el cine o, más recientemente, las series de televisión— es una de las causas por las que no estamos preparados —técnica, social, emocionalmente— para encarar pandemias como la de Covid-19. Ciertamente, a partir de la pandemia de Covid-19, ahora nos resulta familiar la epidemia de influenza de 1918-1919, pero, por muchos años, diversos estudiosos del tema la consideraron una “pandemia olvidada”. “La pandemia olvidada de Estados Unidos. La influenza de 1918”, es el título de uno de los libros más conocidos sobre el tema, publicado por Alfred W. Crosby en 1989 (la primera edición del libro fue publicada en 1979 con el título “Epidemia y paz”).

De acuerdo con Crosby, la influenza de 1918 es una pandemia olvidada ya que no aparece en muchos de los referentes culturales sobre la época. Por ejemplo, la pandemia no figura en ninguna de las grandes obras de escritores estadounidenses como John Dos Passos, Scott Fitzgerald  y Ernest Hemingway (se podrá objetar que varios de estos escritores estuvieron más marcados por la Primera Guerra Mundial que por la influenza, de allí la ausencia de la pandemia en sus obras). Otros trabajos también han enfatizado que la influenza de 1918 ha sido de alguna forma olvidada. Por ejemplo, el artículo de Adrián Carbonetti titulado “Historia de una epidemia olvidada. La pandemia de gripe española en la argentina, 1918-1919”.

Recientemente, un artículo de “The New York Times” se preguntaba por qué casi no hay memoriales de la gripe de 1918. En 2018, a cien años del primer brote de la mal llamada “influenza española”, casi no se celebraron actividades que conmemoraran los cien años de dicha pandemia, aunque sí se construyó un pequeño memorial de granito en el cementerio de Barre, en Vermont. En este monumento leemos “memorial de la gripe española de 1918. Mató a más estadounidenses que todas las muertes por combate en la guerra en el siglo XX”. Efectivamente, la influenza de 1918 causó la muerte de alrededor de 40-50 millones de personas en todo el mundo, esto es, más del 2 por ciento de la población mundial de aquel entonces (de acuerdo con estimaciones recientes del profesor de economía de la Universidad de Harvard Robert Barro y sus colegas).

En contraste, la Primera Guerra Mundial costó la vida de entre 10 y 30 millones de personas. Sin embargo, como han destacado algunos analistas, la Guerra eclipsó a la pandemia: resultó más conveniente a los Estados nación recordar a las víctimas que murieron como héroes de guerra que a los millones que murieron enfermos por la gripe.

La influenza de 1918 debe entenderse en el contexto de la Primera Guerra Mundial. En abril de 1917, Estados Unidos entró al conflicto armado y en marzo de 1918 se reportó el primer caso conocido de una persona infectada por el virus, el soldado Albert Gitchell en un campamento militar en Fort Riley en Kansas. Tras el envío de tropas de Estados Unidos a Europa, en agosto de 1918 se registró una mutación del virus en Brest, Francia. La segunda ola de influenza en Estados Unidos —la más letal de todas— comenzó a fines de agosto de 1918 y se estima que provino de Europa. Unos meses después, en octubre, entró a México por el norte del país.

Se ha llamado erróneamente a esta epidemia “gripe española” debido a que España, gracias a su neutralidad en la guerra, informó en la prensa sobre la influenza. Aunque en su momento la gripe también fue atribuida a China, Alemania y a cualquier otro país que se considerara enemigo.

Aunque me parece que tienen razón autores como Crosby y Carbonetti al considerar la influenza de 1918 como una pandemia olvidada, lo cierto es que existen algunos referentes culturales interesantes sobre dicha epidemia. En su tesis de Maestría en Artes, Caroline Hovanec estudia tres obras de ficción que tratan la influenza de 1918: el cuento “El hijo del médico”, de John O’Hara; la novela “Vinieron como golondrinas”, de William Maxwell; y las novelas cortas reunidas en el libro “Pálido caballo, pálido jinete”, de Katherine Anne Porter, todas publicadas en la década de los treinta. De acuerdo con Hovanec, el interés de esas obras literarias en la influenza probablemente se deba a las entonces recientes investigaciones médicas sobre el tema. En estas obras, la epidemia aparece como un presagio de la modernidad, en la que los individuos y las familias se convierten en seres anónimos e indiferenciados en una era de producción y consumo en masa. Los temas que aparecen en los cuentos y novelas son las dinámicas familiares, la relación con nuestro cuerpo y con nosotros mismos como sujetos. Para Hovanec, la gripe resulta en una metáfora de la deshumanización de la vida moderna.

Por otra parte, en la pintura encontramos algunos de los principales referentes de la influenza de 1918. El pintor noruego Edvard Munch —autor de la célebre pintura “El grito”— hizo dos autorretratos relacionados con la gripe de 1918: en uno aparece enfermo con la gripe, en el otro figura después de ella.

Si bien Munch sobrevivió a la gripe de 1918, el pintor austriaco Egon Schiele no corrió con igual suerte. Schiele hizo un dibujo de su amigo Gustav Klimt, quien falleció por la influenza, así como un triste retrato de su familia, en el que es representada su esposa Edith, quien murió con seis meses de embarazo, así como su hijo no nacido.

En la “cultura popular” contemporánea encontramos pocas referencias a la influenza de 1918. El famoso vampiro Edward Cullen murió durante la pandemia. Asimismo, la serie española “El ministerio del tiempo” dedica un capítulo al tema. Afortunadamente, recientemente contamos con interesantes iniciativas, como la exposición del Mütter Museum de Filadelfia.

Ante esta escasez de referentes culturales, además de los libros académicos sobre el tema, una interesante mirada a la influenza de 1918 la encontramos en el documento “El trabajo de las Hermanas durante la epidemia de influenza, octubre de 1918”, una recopilación de testimonios de monjas que trabajaron como enfermeras en Filadelfia, realizada por el sacerdote Francisc Tourscher en diciembre de 1918.

Tourscher era consciente de que “los hechos no registrados se pierden rápidamente en los nuevos intereses de los tiempos cambiantes” y que “tenemos impresiones vagas más allá de materiales estadísticos, de la epidemia de cólera de Filadelfia de 1832” y que “no sabemos mucho más sobre la ‘muerte negra’ de 1348 en Europa”. Tal vez, por eso, cuando pensamos en la peste negra se nos viene a la mente el desolador cuadro “El triunfo de la muerte”, de Peter Brueghel el Viejo, pero no pensamos en testimonios de la época.

Filadelfia fue la ciudad de Estados Unidos más afectada por la influenza de 1918. Se estiman alrededor de 17 mil muertos en tan solo seis meses. Esta alta cifra no se explica sin tener en cuenta que la ciudad fue un centro manufacturero durante la guerra, al cual llegaron alrededor de 300 mil trabajadores migrantes de diversos lugares. Entonces, se abrieron 32 hospitales de emergencia, se cerraron escuelas públicas, salones, teatros e iglesias.

Para financiar los gastos de Estados Unidos en la Guerra, se realizó la campaña Liberty Loan para comprar bonos del gobierno. Si bien varias actividades de la campaña fueron canceladas por la influenza, el 28 de septiembre de 1918 se celebró un desfile al que asistieron más de 200 mil personas, resultando en miles de contagios y muertes.

En esta crisis, el arzobispo D.J. Dougherty dio permiso para utilizar los edificios de las iglesias como hospitales y para que las Hermanas trabajen como enfermeras, tanto en hospitales públicos como en domicilios privados. En sus conmovedores testimonios, las monjas reconocen que no estaban preparadas para atender a los enfermos, pero que Dios les ha dado valor y coraje para hacerlo. En un contexto de diversidad étnica, en el que los trabajadores migrantes provenían de diversos países, profesaban diferentes religiones y hablaban distintas lenguas, las monjas insistían en tratarlos a todos por igual (“Todos son hijos de Dios”).

Finalmente, la ciudad de Filadelfia comenzó su proceso de reapertura a finales de octubre de 1918 y las monjas fueron regresando a sus conventos. Una monja relató “hasta que al fin la peste estuvo bajo control y regresamos a nuestro convento con las memorias de una experiencia que permanecerá mientras vivamos”. Otra declaró: “sinceramente puedo decir que las memorias de octubre de 1918 contienen algunos de los pensamientos más consoladores de mi vida”.

La influenza de 1918 pasó, y ésta también pasará.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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