martes , noviembre 12 2019
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Rodrigo Llanes Salazar: Revolución digital

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

¿Cuánto tiempo de nuestro día pasamos con nuestros teléfonos o nuestras pantallas en Facebook, Instagram, Whatsapp, YouTube, Twitter, Netflix, Spotify?, ¿cuántas de nuestras dudas son resueltas por Wikipedia?, ¿cuántos de nuestros traslados son realizados por Uber? Nada de lo anterior existía apenas hace 20 años. Ahora, todas esas redes sociales, plataformas y apps las hemos normalizado, las hemos convertido en parte de nuestra vida cotidiana. Para el escritor y periodista italiano Alessandro Baricco, esos cambios constituyen una verdadera revolución, que ha dado lugar a una nueva civilización, la nuestra. Él la llama “The Game”, expresión que da nombre a su último libro, publicado en italiano el año pasado y traducido al español por Anagrama hace un par de meses. De acuerdo con Baricco, “la mayoría de la gente occidental ha aceptado el hecho de que está viviendo una especie de revolución —sin duda alguna tecnológica, tal vez mental—”, pero no todos somos capaces de explicar el origen y el propósito de esta revolución. A la comprensión de la revolución digital, de su origen y propósito, Baricco dedica el ensayo “The Game”.

Para Baricco, la revolución digital no es solo una revolución técnica, sino, ante todo, una revolución mental. Ha cambiado nuestra forma de pensar y de relacionarnos con el mundo. Acaso una de sus ideas más interesantes es que primero sucedió una revolución mental y luego una tecnológica. Así, Baricco escribe: “No os preguntéis qué clase de mente puede generar el uso de Google, preguntaos qué clase de mente ha generado una herramienta como Google. Dejad de intentar entender si el uso del smartphone nos desconecta de la realidad y dedicad el mismo tiempo a intentar entender qué clase de conexión con la realidad buscábamos cuando el teléfono fijo nos pareció definitivamente inapropiado” (p. 36). Entonces, una pregunta clave sobre la revolución digital es “de qué estábamos huyendo cuando enfilamos la puerta de una revolución semejante (…) Porque el nuevo hombre no es el producido por el smartphone: es el que lo inventó, el que lo necesitaba, el que lo diseñó para su uso y consumo, el que lo construyó para escaparse de una prisión, o para responder a una pregunta, o para acallar un miedo” (p. 36). Dicho en otras palabras: Facebook no nos cambió, algo en nosotros cambio que creamos Facebook. ¿Qué fue lo que sucedió?

Una de las principales respuestas la encuentra Baricco en los videojuegos, de allí el uso de la expresión “The Game” para caracterizar a nuestra civilización actual. Particularmente, el escritor italiano se refiere al videojuego Space Invaders, de 1978, en el que los jugadores disparaban a extraterrestres que caían desde el cielo. En contraste con otros juegos como el futbolito y la máquina de pinball, Space Invaders “establecía una revolucionaria postura física y mental, increíblemente sintética y brutalmente recapitulativa: hombre, consola, pantalla. Hombre, teclas, pantalla. Dedos en las teclas, ojos en la pantalla” (p. 46). Se trata de “la postura que define por excelencia la era digital”.

A la vértebra cero que es Space Invaders le siguen una serie de desarrollos tecnológicos que constituyen la “época clásica” de la revolución digital, los cuales fueron colocando el tablero de juego actual: la tecnología para digitalizar textos, sonidos e imágenes; las computadoras personales; e internet y la web. Todo ello sucedió entre 1981 y 1998 y cambió nuestro modo de estar en el mundo y nuestras representaciones mentales. Por ejemplo, cada vez más, los desarrollos tecnológicos anteriores eliminaron a los mediadores, desde vendedores de libros (Amazon) hasta carteros (correo electrónico).

Internet y la web han significado cambios en los movimientos de nuestros pensamientos. Escribe Baricco que “ocurra lo que ocurra realmente dentro del vientre tecnológico de la web, la impresión, al viajar, es que eres TÚ quien se está moviendo, no las cosas: eres tú quien puede acabar en un instante en la otra punta del mundo, mirar a tu alrededor, robar lo que te apetezca, chapotear en todas direcciones, pillar lo que quieras a la hora de cenar. De hecho se dice enviar un mail con internet (yo me quedo aquí, es él el que viaja), pero se dice navegar en la web (soy yo quien se mueve, no el mundo el que se desplaza). Es una diferencia que significa muchísimo en términos de modelos mentales y de percepción de uno mismo” (p. 86).

Uno de los elementos clave de la revolución digital, probablemente el más importante, es “la obsesión por el movimiento” (p. 97). Ya había dicho que Baricco nos invita a invertir la pregunta —no cómo Google nos cambia, sino qué cambió de nosotros que creamos Google. La respuesta la encuentra en el movimiento. Particularmente en la fuga, en la huida. Para Baricco, los impulsores de la revolución digital “estaban escapándose de un siglo que había sido uno de los más horribles de la humanidad y que no había hecho excepciones con nadie” (p. 97). Se estaba huyendo de los sistemas fijos —ideologías, nacionalismos— del siglo XX. Así, escribe Baricco: “Muchos rasgos de nuestra civilización solo se explican cuando tomamos el MOVIMIENTO y lo reconocemos como el primer objetivo, y origen único, de esa civilización” (p. 99). “Somos NOSOTROS quienes hemos elegido el movimiento como objetivo prioritario y esas máquinas —tecnología para digitalizar, computadoras personales, internet— son solo los instrumentos que nos hemos construido, a medida, para perseguir ese objetivo” (p. 102).

Si estamos hablando de una revolución, ¿quiénes fueron las personas revolucionarias? Los creadores de la primera página web, de Google, del iPhone. Personas egresadas de universidades que, en vez de construir una teoría sobre el mundo —socialismo, neoliberalismo, cualquier otra— estaban, como ingenieros, creando nuevas prácticas del mundo.

Un ejemplo. Steve Jobs mencionó en una ocasión que “la biblia de su generación” era el “Catálogo General de la Tierra”, un “catálogo de objetos e instrumentos útiles para vivir de forma libre e independiente en el planeta Tierra”. El inventor del Catálogo fue Stewart Brand, biólogo californiano simpatizante de la Contracultura de los años sesenta y setenta, quien teorizó sobre “la insurrección digital como el proceso de liberación y de rebelión colectiva” (pp. 110-111). Ya que “afirmaba que los ordenadores permitían devolverle a cada uno ‘poder personal’”. Para Baricco, “el hecho de que (Brand) fuera el héroe de Steve Jobs vincula a Apple con una determinada contracultura californiana” (p. 111).

Al surgimiento de la posición o modo de ser en el mundo Hombre-Teclado-Pantalla; a la obsesión por el movimiento, por huir de los horrores del siglo XXI; a la contracultura californiana y a las tecnologías de digitalización, computadoras personales, internet y la web, le siguieron otras dos etapas de la revolución digital: la colonización (1999-2007) y el mundo en que vivimos (2008 en adelante). La colonización estuvo marcada por la aparición de Napster, el polémico programa para compartir archivos musicales digitales; el nacimiento de Wikipedia y de las redes sociales (LinkedIn fue fundada en 2002; Facebook en 2004); la aparición del BlackBerry Quark en 2003 y, sobre todo, del iPhone en 2007.

Al igual que lo hace Baricco, les recomiendo ver en YouTube la presentación del iPhone por parte de Steve Jobs el 9 de enero de 2007. Mientras tanto, me permito citar con cierta extensión a Baricco: “una de las cosas que más dejó con la boca abierta fue, obviamente, la tecnología touch. Nada de puntero, nada de ratón, nada de flechitas, nada de teclado, nada de cursor. Ibas directamente con los dedos sobre la pantalla y movías las cosas, las abrías, las arrastrabas aquí y allá. Había, sí, un teclado, pero aparecía solo cuando lo necesitabas y no eran teclas de verdad, solo letras sobre las que colocar los dedos (aquí tenemos, de nuevo, la ligereza de Space Invaders). Era algo irresistible, como comer con las manos, y el viejo Jobs lo sabía bien. Es necesario ver el vídeo de esa presentación para comprender cuánto disfrutaba mientras, delante un público extasiado, rozaba con los dedos esa pantalla como quien acaricia mariposas. Ahora todo nos parece bastante normal, pero ese día, cuando, una vez abierta la lista de Contactos, hizo un pequeño gesto, como sacar una mosca de la pantalla con la punta del índice, y la lista comenzó a correr armoniosamente hacia arriba para luego desacelerar como una canica que rodaba cada vez más despacio hasta detenerse, en fin, en ese preciso momento se oye cómo un estremecimiento sube entre el público, algo como un aplauso de niños, un temblor de infantil maravilla: os juro que incluso hay alguien al que se le escapa un grito. Únicamente estaba haciendo correr los contactos, caramba” (p. 136). Y Jobs se divierte con el iPhone. El iPhone “conceptualmente estaba construido como un videojuego” (p. 148).

Entonces, las redes sociales y los teléfonos inteligentes expandieron lo que habían comenzado la digitalización, las computadoras personales y la web: nos digitalizamos a nosotros mismos (nos convertimos en “perfiles”).

¿Y qué ha sucedido en el mundo en el que vivimos, mundo de “plataformas”, “apps” y de inteligencia artificial?, ¿no acaso estamos regresando a los horrores de los que los revolucionarios digitales buscaron escapar?, ¿la revolución digital se convirtió en una nueva forma de opresión digital? Sobre esto volveré en una próxima entrega.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

* Investigador del Cephcis-UNAM

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