viernes , febrero 28 2020
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Rodrigo Llanes Salazar: Los parásitos sociales

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

“Una comedia sin payasos, una tragedia sin villanos”. Así describió el cineasta Bong Joo ho su reciente y aclamado filme “Parásitos”. Además de aparecer en la cima de numerosas listas de las mejores películas de 2019 (e incluso de toda la década pasada), “Parásitos” ya ganó la Palma de Oro en Cannes el año pasado y, seguramente también ha sido reconocida con el Oscar a la mejor película internacional.

Aclaración: al momento de escribir estas líneas aún no han iniciado los premios Oscar. Me gustaría que “Parásitos” se llevara la estatuilla a mejor película, pero supongo que “1917”, de Sam Mendes, lo habrá hecho.

La descripción de Bong sobre su película es acertada: “Parásitos” es una comedia negra, en la que casi cualquier cosa nos provoca una carcajada (más sobre esto más adelante). Luego se transforma en una tragedia, en la que lo más cercano a un villano es el problema de la desigualdad que vive Corea del Sur. De acuerdo con diversas estimaciones, en 2015, el 10 por ciento de la población surcoreana concentraba el 66 por ciento de la riqueza del país, mientras que la mitad más pobre de la población solo contaba con el 2 por ciento de dicha riqueza. Muchos surcoreanos emplean la expresión “Hell Joeson” o hacen referencia a la “teoría de las cucharas” (desde las “cucharas de oro” hasta las “cucharas de tierra”) para hablar sobre los problemas de desigualdad, desempleo, explotación, estrés y otros vinculados.

Las cifras de desigualdad de Corea del Sur se parecen a las de México: según un estudio de Oxfam, el 1 por ciento de la población concentra el 21 por ciento de ingresos del país y, según el Gobierno de México, en 2015 el 10 por ciento más rico del país recibía casi 3 veces más ingresos que el 40 por ciento más pobres. Dejemos aquí las cifras, vayamos a la película (para quienes no la han visto, prometo no contar el final ni los giros inesperados de la trama).

En “Parásitos”, la desigualdad se manifiesta de diversas formas. Tal vez la más evidente sea en las “casas” de las dos familias que protagonizan la cinta. Entrecomillo la palabra casas, porque más allá de que ambas son edificios habitados por personas, en realidad no tienen casi nada en común. Por ejemplo, las cosas que se filtran en ellas son muy diferentes. La diminuta y atiborrada casa de la familia Kim —un “semisótano”— se inunda con una lluvia. En su entrada puede orinar una persona borracha. O la casa puede ser fumigada —en una escena hilarante, el padre de la familia pide abrir las ventanas para aprovechar el insecticida “gratis”—. En cambio, el wifi apenas entra: los hijos tienen que ir al inodoro para captar algo del wifi del vecino.

En contraste, la lujosa casa de la familia Park es minimalista, con amplios espacios abiertos, “inteligente” —es decir, no solo con wifi, sino con diversos dispositivos conectados a internet—. Mientras que la ventana de la familia Kim da a una escandalosa calle —donde, de nuevo, un borracho puede orinar la entrada—, la gran ventana de la sala de los Park da a un bello jardín. Lo que se filtra en la casa de los Park son parásitos. El propio Bong ha dicho que la historia de “Parásitos” es la historia de la infiltración de una familia en otra familia.

La historia de infiltración es un poco —como también lo ha dicho Bong— como la historia de “Misión imposible”: los cuatro integrantes de la familia Kim encuentran una oportunidad para trabajar para —o parasitear de— la familia Park: el hijo Kim como maestro de inglés de la hija Park, la hija Kim como terapeuta de arte del pequeño hijo Park (quien está traumado por haber visto un fantasma en la casa), la madre y el padre Kim como empleada doméstica y chofer de la familia Park. Para ello deberán fingir ser otras personas —falsificando documentos, ensayando actuaciones—, pretender que no se conocen entre sí, y reemplazar a los trabajadores de la familia Park. Misión imposible que, con su ingenio, nos provoca constantes carcajadas.

Desde luego que el problema de la desigualdad no tiene nada de divertido (o, moralmente, no debería divertirnos). Por eso la comedia de “Parásitos” no deja de ser tragedia, aunque no llega a la oscuridad de otra genial película surcoreana reciente que también aborda las diferencias y tensiones entre clases sociales, “Burning”, de Lee Cahng-dong.

La presencia de tutores, empleadas domésticas o choferes en casas de familias de clase alta puede ser un excelente motivo para abordar el problema de la desigualdad no solo económica, sino también sociocultural.

Así lo hizo Alfonso Cuarón en “Roma”. Bong presta particular atención a los detalles, a todas las cosas en las que se fijan —o no— la familia Kim en la casa de los Park: por ejemplo, una pantalla de televisión en el amplio baño. Al mismo tiempo, la hija Kim puede comer una botana que estaba en casa de la familia Park sin percatarse que en realidad es un alimento gourmet para las mascotas de la familia.

Como lo abordó magistralmente el etnólogo y sociólogo Pierre Bourdieu, la clase social —y, desde luego, la diferencia de clase— también se “encarna”. Así, la clase social se expresa en el olor de los cuerpos. Y la familia Kim huele de una forma particular, una forma que es reconocible por miembros de la familia Park.

Aunque una historia de Corea del Sur pueda resultarnos un tanto lejana en México, el inicio de “Parásitos” es ya universal: dos jóvenes buscando señal de wifi. También hay muchas otras cosas que nos asemejan, como la aspiración de los Park por un estilo de vida estadounidense. La familia Park le cambia el nombre al joven Kim: de Ki-woo, lo renombran “Kevin”. Nosotros hacemos eso todo el tiempo, no sé si ahora más: coaching, social media, networking, coworking, smart, etc. (sin mencionar que la mayoría de los emergentes comercios en Mérida tienen sus nombres o sus lemas en inglés).

Tal vez uno de los problemas más interesantes abordados por “Parásitos” sea el de la movilidad social. Los parásitos buscan ascender socialmente. En tanto que la arquitectura juega un papel crucial en la película, las escaleras también resultan muy relevantes como una ilustración gráfica del ascenso o descenso social. No diré más al respecto para no arruinar la trama a quienes no la han visto. Pero, para comparar de nuevo con México, recordemos que en su libro sobre la desigualdad en el país (el recomendable “Mirreynato”), Ricardo Raphael nos invita a pensar en la sociedad mexicana como un edificio. El elevador, nos dice Raphael, se ha echado a perder. Prácticamente no hay forma de ascender a los pisos de arriba (allí donde se concentra la riqueza del país, donde están las mansiones inteligentes con jardines enormes). Tal vez todo esto nos lleve a pensar en nuestras aspiraciones de ascender socialmente.

¿Cuáles son? Estudiar una carrera ya no es garantía. ¿Ser parásitos? Tal vez. Trágicamente, el crimen organizado es una opción para muchos. Cada vez más me encuentro con jóvenes que, deseando ser emprendedores, aspiran a desarrollar alguna “app” que haga nuestra vida más fácil o cómoda (o dependiente de más tecnología) o convertirse en un “influencer” (una persona presuntamente influyente) en alguna red social.

Con su ingeniosa tragicomedia sin payasos ni villanos, Bong nos ofrece una interesante y crítica mirada al problema de la desigualdad y la movilidad social. Un problema que, como nos lo recuerdan nuestras dolorosas estadísticas y poco realistas aspiraciones, bien deberíamos de explorar con una mirada igual de crítica.— Mérida, Yucatán

Investigador del Cephcis-UNAM

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