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Rodrigo Llanes Salazar: Encontrar la esperanza

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Desde cierto punto de vista, vivimos en el mundo de Margaret Atwood, particularmente el creado en su aclamada novela “El cuento de la criada”. Publicada originalmente en 1985, en esta obra los Estados Unidos se han convertido en Gilead, una dictadura teocrática que, con la justificación de enfrentar el terrorismo islámico y la baja en las tasas de fertilidad, suprime derechos humanos como el de la libertad de expresión y, particularmente, los derechos de las mujeres.

“El cuento de la criada” fue reconocida desde el momento en el que fue publicada por primera vez. En 1985 recibió el Governor General’s Award for English-Language Fiction y en 1987 fue galardonada con el Premio Arthur C. Clarke. En 1990 fue llevada a la pantalla grande bajo la dirección de Volker Schlöndorff.

Vi esta película hace unos trece años, en la Licenciatura en Antropología Social, cuando estudiábamos la clásica obra “Vigilar y castigar” del filósofo francés Michel Foucault, en donde analiza el poder manifestado en la disciplina de los cuerpos de los individuos para volverlos productivos económicamente pero dóciles en lo político. La película retrata muy bien la vigilancia y el control sobre los cuerpos de las mujeres en todos los ámbitos de sus vidas, desde cómo se visten y alimentan hasta, desde luego, sus actividades sexuales. Recuerdo que la película nos pareció aterradora.

En Gilead, las mujeres solo pueden cumplir cuatro papeles: “Esposas”; “Marthas”, dedicadas a las tareas domésticas; “Criadas”, mujeres fértiles que son reclutadas con fines reproductivos para los hombres con altos cargos; y “Tías”, mujeres que entrenan y vigilan a las Criadas. Las mujeres que no entran en estas categorías son exiliadas a las contaminadas “Colonias” o se convierten en damas de compañía de los Comandantes, los hombres de elite. A pesar de su éxito inicial, ha sido en los últimos años que “El cuento de la criada” se ha convertido en un aspecto fundamental del paisaje cultural y político. Esto se debe, en gran medida, a una nueva adaptación de la historia, ahora como serie de televisión. La adaptación creada por Bruce Miller se estrenó en mayo de 2017 y ha ganado premios Emmy y Golden Globe.

No se puede obviar que la serie de televisión se estrenó unos meses después de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Desde entonces, colectivas y activistas feministas en ese país —pero también en Argentina, Italia, el Reino Unido y otras partes— se han inspirado en la serie de televisión y en la obra de Atwood y se han vestido como Criadas, con capas rojas y bonetes blancos, para protestar en contra de las propuestas de ley para penalizar el aborto. En una entrevista para “The New York Times”, la propia Atwood expresó que “usar la vestimenta de las criadas como mecanismo de protesta es algo genial. No te pueden expulsar del recinto, porque no estás causando alboroto y tampoco estás necesariamente verbalizando algo, pero eres muy visible y todos entienden a qué te refieres. Ha sido una táctica brillante”.

Es cierto que no estamos viviendo —aún— en la dictadura totalitaria de Gilead, a pesar de que algunos medios de comunicación importantes están cerrando filiales, periodistas sean asesinados, que en diversos países se están presentando iniciativas de ley que violan los derechos humanos reproductivos y sexuales de las mujeres y que la tecnología de vigilancia está cobrando nuevos alcances gracias a la inteligencia artificial. Pero en diferentes partes del mundo, colectivas y activistas feministas han expresado que se sienten como Ofred, la criada protagonista de la novela de Atwood, como “matrices con patas, eso es todo: somos recipientes sagrados, cálices ambulantes”. Ya sea vestidas como criadas de Atwood, con capas blancas y bonetes rojos, o con blusas negras y pañuelos verdes, quieren ser ellas quienes decidan sobre sus cuerpos. De hecho, en cierto sentido, ambas vestimentas tienen un origen común. Durante la dictadura argentina, las madres que reclamaban la aparición con vida de sus hijos se manifestaban con pañuelos blancos en la cabeza. Asimismo, Atwood ha declarado que “El cuento de la criada” está basado exclusivamente en hechos que han tenido lugar en la historia, entre ellos, los militares argentinos que se apropiaban de bebés de víctimas durante la dictadura. Atwood también ha sido de suma influencia en novelas feministas contemporáneas, como “The Power”, de Naomi Alderman (2016), en donde las mujeres descubren su capacidad de descargar corrientes eléctricas de sus cuerpos, lo que lleva a subvertir las relaciones de poder entre hombres y mujeres; o “The Water Cure”, de Sophie Mackintosh (2018), en la que la masculinidad es literalmente tóxica para las mujeres, por lo que ellas deben realizar rituales de purificación.

En este contexto, una de las obras más esperadas de este año es sin duda “Los testamentos”, la continuación de “El cuento de la criada”. Publicada el pasado 10 de septiembre, “Los testamentos” ha sido calificado como “el acontecimiento literario del año” por “The Guardian” y ya ha recibido el premio Booker, uno de los más prestigiosos para la literatura en inglés. En “El cuento de la criada” la narradora principal es Ofred. Con sus flashbacks y reflexiones internas, esta criada nos transmite el horror de la conversión de los Estados Unidos al asfixiante sistema teocrático y misógino de Gilead, vivido sobre todo en las relaciones entre criadas, esposas y comandantes. “Los testamentos”, en cambio, explora otros caminos. Ubicada quince años después del final de “El cuento de la criada”, en esta nueva novela nos adentramos al mundo de las Tías y también salimos de Gilead: sus tres narradoras principales son la Tía Lydia, una de las ideólogas más importantes de Gilead; Agnes Jemina, una joven nacida en Gilead; y Daisy, una joven rebelde que vive en Canadá. Al leer —o ver la serie de— “El cuento de la criada” conocemos el horror de Gilead. Al leer “Los testamentos” conocemos las historias que llevan a los personajes a tomar decisiones claves en la construcción y eventual destrucción de Gilead. Encontramos muchos más matices, sobre todo en la historia personal de la Tía Lydia. Antes de Gilead, ella era una jueza que llegó a trabajar como voluntaria con mujeres violadas. ¿Cómo se convirtió en una de las ideólogas más temidas de Gilead? En “Los testamentos” encontramos algunas respuestas.

Asimismo, “Los testamentos” resulta menos una novela distópica y más una novela de misterio o thriller de espías. De hecho, en ella encontramos un nuevo rol para las mujeres: las Perlas, “mujeres jóvenes con vestidos largos plateados y tocas blancas” —como las describe Daisy— que, cual misioneras, ofrecen folletos impresos para convencer a mujeres de ir a Gilead.

“Las Perlas —narra la Tía Lydia— en origen fueron idea mía —en otras religiones había misioneros, así que ¿por qué no en la nuestra? Y otros misioneros habían ganado conversos, ¿por qué no intentar atraerlos también? Y otros misioneros recababan información de espionaje, ¿por qué no lo harían las nuestras?—, pero como no soy ilusa, o al menos no ese tipo de ilusa, dejé que el Comandante Judd se colgara las medallas”.

Atwood ha declarado que “Los testamentos” “se escribió en parte en la imaginación de quienes previamente leyeron ‘El cuento de la criada’ y se preguntaban qué había ocurrido después del final de aquella novela. Treinta y cinco años dan para una larga combinación de respuestas posibles, y las respuestas han cambiado también a medida que la sociedad lo hacía, y que las posibilidades se materializaban en realidades”.

Resulta difícil leer “Los testamentos” sin pensar en el movimiento #MeToo, sobre todo cuando la joven Agnes relata que, en una visita al dentista, éste le toca un pecho: “Fue como si me clavaran un alfiler. Eché el torso hacia adelante, sabiendo que debía levantarme de aquel sillón cuanto antes, pero la mano me inmovilizaba. De repente me soltó, y entonces vi aparecer otra parte del Doctor Grove”. Como Agnes, “no creo que haga falta contar lo que ocurrió a continuación”.

Lo mismo vale para otros graves problemas de nuestros tiempos, como la crisis de los refugiados en el Mediterráneo, los migrantes centroamericanos que buscan asilo en los Estados Unidos, la separación de padres de sus hijos en la frontera entre México y Estados Unidos, la violencia cometida por supremacistas blancos, las amenazas contra los derechos reproductivos de las mujeres o el uso de plaguicidas altamente peligrosos que provoca malformaciones genéticas. Pero, sobre todo, en “Los testamentos” encontramos esperanza. “Las esperanzas remotas son mejores que ninguna”, comenta uno de los personajes en la novela. Las historias que cuentan las protagonistas de la obra nos conducen a pensar que una sociedad como Gilead puede caerse. Y con esta cuestión, Atwood responde a algunas de las principales inquietudes, ansiedades y esperanzas de nuestra época.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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