Domingo , septiembre 23 2018
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Requisitos básicos para decidir por quién votar

Voto 2018

Antonio Salgado Borge (*)

Para el doctor Alberto Chehuán Borge

A cinco meses de la jornada electoral de este año, alrededor de una quinta parte de los mexicanos no responde cuando las encuestadoras le preguntan por quién votaría. Si bien es difícil saber qué porcentaje de las no-respuestas sean producto de la indecisión, lo cierto es que un buen número de personas aún no sabe a qué candidatos o partidos asignará su voto, y que los indecisos podrían terminar por inclinar la balanza el día de las elecciones.

En nuestro actual contexto, la indecisión es entendible. Por principio de cuentas, las campañas formales aún no se han iniciado, por lo que las propuestas, proyectos, y posibles gabinetes —con excepción del de AMLO— no han sido suficientemente comentados y publicitados. En teoría, las campañas existen precisamente como un momento diseñado para que los ciudadanos puedan formarse una opinión y tomar una decisión. Pero la indecisión existente también es entendible en un sentido adicional: la combinación entre un debate en redes sociales cada vez más polarizado y el hartazgo o la decepción ante la corrupción general o la percepción de que lo mejor que nos puede pasar es que gane el “menos malo” puede ser neutralizante.

Es justamente esta última forma de entender la indecisión la que ha motivado este proyecto. Desde hace varias semanas, diversas personas han contactado, formal o informalmente, al autor de esta columna sugiriendo dos tipos de artículo: (a) Un texto dedicado a sugerir por quién sería recomendable votar y (b) un texto en que haga explícito y explique los motivos del sentido de mi voto. Al menos para quien esto escribe, la opción (a) permanecerá cerrada. Recomendar por quién votar me parece sumamente pretencioso y riesgoso; finalmente, no hay forma en que un articulista tenga la información, criterio o inteligencia necesarios para efectuar un diagnóstico seguro y mucho menos hay manera de que se haga responsable de lo que un gobernante haga o deje de hacer una vez en el poder.

Sin embargo, me parece que la opción (b) puede ser desarrollada de forma constructiva. Y es que quienes tenemos la oportunidad de participar en espacios periodísticos podemos hacer dos cosas: (1) presentar a l@s lector@s elementos a considerar, criterios y diagnósticos basados en análisis lo más serios e independientes posibles. Pero adicionalmente, muchos de quienes participamos en tareas periodísticas también votamos por lo que, al menos idealmente, tenemos justificaciones —aunque sea internas— que respaldan el sentido de nuestro voto. En este sentido, una segunda opción es (2) compartir nuestro proceso de decisión y las justificaciones que lo sustentan. Si bien esto no es muy común en México —Sergio Aguayo es una notable excepción—, en países como en Estados Unidos o Reino Unido es mucho más frecuente que un columnista o un medio tomen partido públicamente y compartan sus razones.

Este año, el lector de esta columna podrá encontrar un ejercicio detallado dedicado al punto (2). Sin embargo, este ejercicio tendrá que esperar: el sentido de mi voto no está decidido; cuando lo esté, lo compartiré con los lectores de Diario de Yucatán en este mismo espacio. Justamente por ello he considerado fundamental dedicar toda mi atención al punto (1); éste crea naturalmente las condiciones para enfocar el escenario actual y las bases necesarias para tomar una decisión razonada. Para ser claro, me parece que la discusión de criterios formales necesariamente termina siendo de la mayor relevancia al momento de tomar una decisión razonada. A su vez, dentro de esta lista de criterios se encuentra una serie de elementos cuya consideración permite limpiar el terreno y eliminar cualquier elemento que pueda distorsionar nuestro análisis. En este sentido, me parece que hay tres requisitos formales sin los cuales no es siquiera posible iniciar una evaluación basada en criterios razonados.

El primer requisito básico es la autocrítica. Es muy común en estos días leer o escuchar comentarios de personas que destrozan, con razón, decisiones o acciones de un candidato específico. Por ejemplo, algunos simpatizantes del PAN o del PRI han desarrollado una suerte de obsesión por recolectar todo lo impresentable que acompaña a AMLO —como Napoleón Gómez Urrutia o parte del Panal—. La otra cara de la moneda son algunos seguidores de Morena que califican al PAN o al PRI de corruptos por la presencia de personajes como Josefina Vázquez Mota, Rafael Moreno Valle, Diego Fernández de Cevallos, Rosario Robles, Gerardo Ruiz Esparza, Emilio Lozoya o Emilio Gamboa Patrón.

La autocrítica entendida como criterio formal de acción —y no como virtud— implica simplemente reconocer que se está apoyando a un partido a pesar de los defectos de este partido. También implica, en consecuencia, criticar al candidato o partido favorito a pesar de las simpatías que inicialmente se puedan tener hacia éstos. Tomar la autocrítica como un criterio formal tiene la utilidad de elevar la complejidad del razonamiento implicado en la evaluación de opciones disponibles; por ejemplo, si todos los partidos postulan a individuos corruptos, uno tendría que buscar más parámetros al momento de tomar la decisión de por quién votar. Si dentro del propio partido hay corruptos, no es suficiente para entrar a un debate inteligente disparar una metralla de nombres de corruptos rivales; argumentos adicionales son necesarios.

El segundo requisito formal básico, relacionado con el primero, es la infidelidad. Desde luego, en la mayoría de los aspectos de la vida la infidelidad no es considerada un activo; pero me parece que sí lo es en lo que concierne a un análisis como el que aquí se pretende. Argumentar que se votará por un partido porque siempre se ha votado por el mismo, o pensar que votar por un rival implica una suerte de traición muestran ya la semilla de una actitud que es incompatible con la democracia. Salvo que se viva de ellos, los partidos políticos no son, como los equipos de fútbol, franquicias a las que uno sigue casi por herencia y a las que no se puede dar la espalda en ningún caso. Si, por ejemplo, un votante identificado con un partido considera que éste se ha vuelto tan vicioso que apoyarlo implica una traición a las propias convicciones o criterios, es válido, racional y democrático apoyar a otro partido o diferenciar el voto de acuerdo con los candidatos postulados. Finalmente, es falso que todos los candidatos son intercambiables por ser lo mismo.

De esta forma, un simpatizante panista yucateco puede reconocer que puede llegar a haber una diferencia abismal en preparación, trayectoria, capacidad y responsabilidad entre una candidata del PRI, supongamos, Dulce María Sauri, y un candidato del PAN, supongamos Raúl Paz. De la misma forma, un simpatizante priista —incluso uno que haya votado toda su vida por este partido— tendría que aceptar que algunos de sus candidatos simplemente pueden ser impresentables y que, si éste es el caso, es mejor votar por uno del PAN o de Morena.

El tercer y último requisito básico es la búsqueda de lo complejo. Por ejemplo, el caso de Ricardo Anaya ha dividido a parte de la opinión pública en quienes ven al candidato del Frente como un posible delincuente y en quienes lo ven como una víctima de una estrategia de Estado para intervenir en la elección y bajar al segundo lugar de la competencia. En este caso, lo que se sabe a ciencia cierta es que el gobierno de Peña Nieto está utilizando a la PGR para fines electorales y que esta conducta es peligrosa e impermisible. Sin embargo, en realidad, estas dos posiciones no son excluyentes; es decir, bien podrían ser el caso de ser cierto que al mismo tiempo el gobierno usa a la PGR para beneficiarse y que Ricardo Anaya es culpable de lo que se le acusa. Lo mismo ocurre con el caso de Napoleón Gómez Urrutia y Morena.

La simplificación es tentadora; finalmente, es más fácil buscar respuestas sencillas que considerar gran cantidad de información e intentar analizarla. Pero este error puede ser evitado con disposición personal e información de calidad; es decir, acudiendo exclusivamente a fuentes confiables al momento de evaluar un evento particular y evaluando las evidencias disponibles. Para ser claro, ni los memes, las fotografías, las publicaciones aleatorias o los medios dependientes pueden ofrecer elementos para complejizar el análisis. Para ello se requiere apelar única y exclusivamente a fuentes confiables e independientes como Diario de Yucatán, “sinembargo.mx”, “Animal Político”, “Aristegui Noticias”, “Reforma” o “Proceso”.

Ser autocríticos, perder la fidelidad a un partido o candidato y complejizar cada simpleza son requisitos indispensables pero no suficientes para constituir los criterios que buscamos que nos permitirán decidir por quiénes votar en 2018. En futuras entregas de esta serie titulada “Voto 2018” abordaré cuáles podrían ser estos criterios.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

Fuente: Diario de Yucatán

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