Martes , noviembre 13 2018
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Repudiada

Franck Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Hoy les quiero hablar de una mujer excepcional que nació en Martinica.

Martinica es una de las islas que forman el arco de las Antillas Menores. Nació en el seno de una familia aristocrática en el poblado de Trois Îlets. Aquí, el padre tenía una pequeña plantación de caña y era propietario de algunos esclavos.

Un día una negra esclava que fumaba pipa le predijo a la pequeña que un día sería más que reina y que siempre viviría bajo una buena estrella. Hablo de María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie, conocida por la historia simplemente como Josefina.

A los 16 años fue enviada a París para casarse con el joven vizconde Alejandro de Beauharnais, de 18 años. De la Martinica ella trajo el encanto, la desenvoltura, el desenfado y el acento propio de las chicas de las islas y en París aprendió los modales de la corte. Tuvieron dos hijos, Eugenio y Hortensia, pero la relación no funcionó y se separaron.

Al llegar la Revolución Francesa, el vizconde se implica en política y pronto es apresado con su esposa para ser guillotinados. Por intervención divina escapó de la muerte.

Una vez terminado el terror del comienzo de la Revolución, se instauró un período conocido como el Directorio. Rosa pronto se hizo amante de uno de los altos personajes del Directorio, Paul Barras. En París ella sobresalía por sus finos modales, su discreta belleza y su infinita elegancia. Era quién imponía la moda. La llamaban “La Incomparable”. Para esa época había conocido íntimamente a cuanto hombre poderoso existía en este París revolucionario.

Una tarde Rosa se encontró con Napoleón. Él era un joven oficial de 23 años que hacía carrera en el ejército de la nueva república. Era seis años menor que Rosa. Ella lo sedujo y tres semanas más tarde ya vivían juntos.

Fue Napoleón quien decidió llamarla por su tercer nombre: Josefa, que transformó en Josefina. Conocía su tumultuoso pasado y quería llamarla como ninguno de sus amantes la había llamado.

Pronto hicieron general al joven Napoleón Bonaparte. Era fácil ascender en aquellos tiempos convulsos. Se casaron y al día siguiente de su boda Napoleón fue enviado a hacer la guerra al frente italiano. Mientras él se llenaba de honores, ella en París se llenaba de deudas y vivía abiertamente con otro oficial.

Napoleón la obligó a viajar a Italia, donde conoció a la familia de su marido. Los Bonaparte siempre la odiaron. Las tres hermanas de Napoleón la llamaban La Vieja y constantemente la acusaban de las infidelidades que ella hacía a su esposo. Mejor ni hablar de la madre de Napoleón, Leticia, Señora Madre cómo se hizo llamar más adelante. La detestaba.

Después vino el Consulado y poco después Napoleón se hizo coronar emperador. De Roma hizo venir al papa Pío VII. ¡Que nadie dude que Josefina era una mujer muy inteligente! Para asegurar su posición, ante la imposibilidad de tener un hijo varón para Napoleón, la víspera de la coronación se le presentó en sus aposentos a Pio VII casi a medianoche para confesarle que ella y Napoleón nunca habían sido casados por la iglesia, sólo por lo civil como decretó la revolución. El Papa exclamó: “Sin boda religiosa no habrá coronación”. A esa hora tardía de la noche se realizó una improvisada ceremonia en la capilla del Palacio de Tullerías en París.

La coronación reconciliaba el nuevo Imperio con el antiguo régimen de los Luises. La boda, en Notre Dame de París, fue de un fasto inimaginable. La cola que llevaba la Emperatriz pesaba unos 50 kilos y era llevada por cinco damas de honor. Tres de ellas eran las hermanas de Napoleón.

En el momento de subir a la tarima que se había instalado para la ocasión soltaron la cola y Josefina casi cae al piso.

Napoleón logra sostenerla y, en medio de la ceremonia, regañó a sus hermanas a toda voz en idioma corso. Napoleón se coronó él mismo. Con la mano derecha se puso la corona, mientras mantenía la mano izquierda sobre el puño de su espada… en caso de dudas. Pio VII sólo pudo bendecir el acto. Después colocó la corona a su esposa.

El muy conocido estilo imperio y los vestidos corte imperio fueron creación de la propia Josefina, que era una mujer que adoraba el lujo, el refinamiento y todas las cosas hermosas.

Todo funcionaba bien en el matrimonio. Se amaban de un tierno amor y se apoyaban, a pesar de las múltiples traiciones conyugales de ambos, pero el emperador necesitaba imperiosamente un heredero. Mientras tanto, el hermano menor de Napoleón, Luis, se había casado con Hortensia, la hija de Josefina, y habían tenido un niño. La pareja imperial tenía la intención de adoptar al pequeño y convertirlo en el heredero, pero el destino decidió otra cosa, el niño falleció a la edad de cinco años. Ante la imposibilidad de darle un heredero, después de 13 años de matrimonio, y por cuestiones de Estado, se proclamó la disolución del matrimonio. Roma lo confirmó. Con lágrimas y fuertes sollozos los esposos leyeron las declaraciones de esta separación.

Después Napoleón se casó con la archiduquesa María Luisa de Habsburgo, sobrina nieta de María Antonieta, a la que pocos años antes habían guillotinado. A pesar de la separación, Napoleón y Josefina mantuvieron una relación de íntima camaradería. Napoleón mantuvo el título de emperatriz a Josefina, le dejó las propiedades de Malmaison y el Castillo de Navarra, que ya no existe, y una renta anual de 2 millones de francos, lo que era una enormidad de dinero.

Lo podemos imaginar al saber que el Palacio de la Malmaison y sus 470 hectáreas costó 250 mil. Josefina siguió manteniendo el derrochador estilo de vida al que se había acostumbrado. A su muerte le dejó a sus nietos como herencia sus joyas valoradas en 30 millones de euros de nuestros días.

El hijo que Napoleón tanto esperaba se lo dio su nueva esposa, María Luisa. Fue el llamado El Aguilucho, Rey de Roma. Murió sin penas ni glorias en la corte de su abuelo el emperador de Austria en Viena a la edad de 21 años de una tuberculosis.

Con la separación de Josefina, Napoleón perdió su buena estrella y llegó su primera derrota. Los vencedores lo mandaron a la isla de Elba, frente a Italia. Allí tuvo conocimiento de la muerte de Josefina, a consecuencias de un resfrío.

La historia vengó a Josefina. Fue Luis Napoleón, hijo de Hortensia y Luis, el menor de los hermanos de Napoleón, quién más tarde gobernaría como segundo emperador de Francia en el llamado Segundo Imperio. La descendencia de los hijos de Josefina reina hoy en Suecia, Dinamarca, Noruega, Bélgica y Liechtenstein.

** Traductor, intérprete, filólogo. Correo altus@sureste.com

 

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