Lunes , julio 16 2018
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Proyecciones electorales

Tres manchas

Antonio Salgado Borge (*)

Una de las pruebas psicológicas más conocidas entre los que no somos expertos en esta disciplina es el test de Rorschach. Este test forma parte de la familia de las denominadas pruebas proyectivas, que consisten en la presentación de estímulos externos ambiguos a un individuo para obtener reacciones que permitan revelar actitudes internas o facetas de su personalidad (“Enciclopedia Británica”, 2018). Así, distintas personas pueden ver la misma mancha impresa sobre un papel y proyectar en ella distintas formas de acuerdo con su psicología. De alguna forma, el proceso electoral que hoy concluye fungió como una gran prueba de Rorschach.

Figura 1: El futuro. Como no ocurría desde la elección del año 2000, muchas personas que ven en este día esperanza irán a votar con la alegría que produce creer que el próximo presidente de México hará las cosas mejor que sus antecesores. Esto contrasta con lo ocurrido hace seis años, cuando en las personas informadas predominaba el pesimismo. ¿Cómo no iba a ser el caso cuando se anticipaba que el virtual ganador sería Enrique Peña Nieto, cuyo desempeño como gobernador del Estado de México era conocido para cualquiera con acceso a medios de información serios?

Desde luego, un sector de la población ve la elección presidencial del día de hoy con miedo, pues consideran que es posible que el ganador termine por empeorar las condiciones de vida presentes. Sin embargo, si algo ha revelado el actual proceso electoral es que, en su mayoría, los mexicanos no creen que ningún candidato sea particularmente peligroso; es decir, que a diferencia de lo que ha ocurrido recientemente en otros países —como Estados Unidos, Reino Unido o Colombia—, en la posibilidad de renovar presidente los mexicanos no hemos visto el horror sino la posibilidad de un futuro mejor.

Figura 2: Los espacios de discusión. Las redes sociales han permitido que la discusión pública tenga un alcance sin precedente. Pero las actitudes hacia esta apertura han sido contrastantes; este proceso electoral ha revelado que no todas las personas han entendido qué es la deliberación o cuáles son sus condiciones. Así, ante la pluralidad de opiniones y de publicaciones, algunos individuos han proyectado su intolerancia, su fanatismo o sus incapacidades cognitivas; como la dificultad de diferenciar contenidos con valor epistémico o inferencias racionales de chatarra o cadenas causales rotas.

Si bien no es posible revisar aquí todas las formas que puede tomar esta falta de entendimiento, me enfocaré en la más radical para fines ilustrativos: el fanatismo. Prácticamente cualquier yucatecx con acceso a internet conoce a alguna persona obsesionada con atacar a un candidato con el que no simpatiza o alabar a aquel que le parece el ideal. Para un fanático todo lo que hace su candidato es bueno y todo lo que hace su rival es malo.

El fanático también comparte una metralla de publicaciones sin verificar con tal de respaldar a su candidato.

Por ejemplo, hace unos días me llegó un video donde se aprecia a un bloguero que, con una pipa en la mano —señal de inteligencia y de preparación indudable— teje una quimera basada en las ideas de un teórico de conspiración que ha sido acusado de colaborar con el gobierno ruso por la OTAN. Nada de esto importa, pues lo que dice el individuo sirve para criticar a un candidato a la presidencia.

Para algunas personas, un video de esta naturaleza es indistinguible de un libro de historia o de un reportaje en un medio epistémicamente fiable. El hombre tiene una pipa en la mano y aparece en YouTube, luego entonces lo que dice deber ser cierto.

Por fortuna, en los espacios de discusión abiertos también se han proyectado la disposición y avidez de miles de yucatecxs a intercambiar razonamientos, a deliberar públicamente y a cambiar el sentido de su opinión siempre y cuando hubiera argumentos, inferencias válidas y evidencias de por medio.

El actual proceso electoral nos ha mostrado con contundencia que las personas con la capacidad de distinguir evidencias, o inferencias válidas de chatarra o cadenas causales rotas son indispensables para la salud de nuestra democracia. Los fanáticos activados por la polarización inducida no se irán a ningún lado.

Figura 3: La prensa. Una enseñanza más que deja la presente elección es que ahí donde algunos ven prensa libre y crítica otros pueden ver medios o periodistas cooptados, cuando lo publicado contraviene sus intereses. Si bien es claro que hay medios y periodistas acostumbrados a vender su línea editorial a patrocinadores, también ahora es evidente que, como nunca, en México y en Yucatán han florecido fuentes de información o analistas y periodistas independientes y críticos que buscan informar o analizar de manera veraz. Pero aun éstos han sido puestos en tela de juicio por aquellos que  hallan  ciertos contenidos contrarios a sus intereses personales o al partido que siguen de manera incondicional.

Quizás uno de los motivos que explican esta discrepancia tiene que ver con la confusión entre la imparcialidad y la objetividad. Por ejemplo, un árbitro debe ser imparcial, pues no debe inclinarse por un equipo u otro al momento de arbitrar. En cambio, un analista o un medio dedicado en parte a publicar editoriales o análisis críticos presenta posicionamientos que incluyen argumentos y juicios, no describe neutralmente estados de cosas —como sí lo hacen una lista de supermercado o un censo poblacional—. Lo importante no es la conclusión, sino los argumentos o evidencias que se usan para llegar a ella; esto es, en términos epistémicos, objetividad. Cuando los argumentos y las evidencias conducen a una conclusión, sería intelectualmente deshonesto no defenderla.

En Estados Unidos, Reino Unido y otras partes del mundo es común que periódicos o editorialistas anuncien de antemano a qué candidato respaldarán. Los medios serios —como “The New York Times” o “The Economist”— lo hacen, claro está, presentando las cadenas de razonamientos que los llevan a defender esta posición. En lo personal, discrepo frecuentemente de ciertos aspectos del liberalismo económico purista que caracteriza a “The Economist”, pero gracias a su forma de poner sobre la mesa su visión del mundo y sus argumentos entiendo las razones que sustentan sus posiciones. Para ser claro, si “The Economist” o cualquiera otra publicación dedicada al análisis fuera “imparcial”, lo único que podría encontrarse en esta revista serían descripciones y datos inconexos.

Además, uno no puede ser imparcial ante la injusticia. Por ejemplo, es claro que Donald Trump es una amenaza para Estados Unidos y el mundo, y que ha defendido medidas racistas y que alimentan el odio hacia minorías —aunque algunos ultraconservadores mexicanos le celebren sus posiciones reaccionarias—. La imparcialidad implicaría no fijar una posición crítica ante Trump; la objetividad demanda hacerlo. Una de las formas de leer el papel de la prensa en la presente elección es reconociendo que existen medios y periodistas mexicanos capaces de fijar importantes posiciones críticas y epistémicamente objetivas.

El diagnóstico: El proceso electoral que hoy termina nos ha enseñado más de nuestra manera de entender el mundo que de los candidatos o proyectos en disputa. Como una mancha de Rorschach esta etapa nos ha permitido proyectarnos y conocernos mejor. Expuestas han quedado nuestras fortalezas, pero también lo mucho que nos falta por trabajar en la construcción de cultura política. Nos corresponde poner entre paréntesis lo que hemos aprendido y salir a votar por lxs candidatxs de nuestra preferencia —algunos ya lo hemos hecho desde el extranjero—. Y después nos toca seguir trabajando para vigilarles y presionarles.

Excurso

En una publicación en el Facebook del Diario de una entrega de mi videocolumna semanal, Carlos Pavón Flores, consejero jurídico en funciones del Gobierno del Estado de Yucatán y ex dirigente del PRI en Yucatán, me calificó como “falso analista” y “chairo”. Quienes colaboramos en medios como analistas solemos tener claro que estamos expuestos a todo tipo de críticas del público. Lo que resulta inadmisible y por lo tanto digno de ser denunciado es que, al más puro estilo Trump, un funcionario o aspirante a funcionario recurra a descalificaciones simplonas para responder a un periodista crítico. ¿Cómo puede aspirar a gobernar para los miles de yucatecos que no votaron por su candidato un funcionario que los descalifica categorizándolos como “chairos”? ¿Qué tienen que decir el PRI y el gobierno estatal al respecto?— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

Fuente: Diario de Yucatán

 

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