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Primavera en Praga

Por: Franck Fernández(*)

Fuente: Diario de Yucatán

La Primera Guerra Mundial trajo consigo el fin de varios imperios. Uno de ellos fue el Imperio Austrohúngaro que se desmembró en diferentes naciones. Bohemia antaño había sido un reino independiente y fue incorporado al Imperio Austríaco al igual que Moravia. Eslovaquia formaba parte del reino de Hungría y durante el tratado de Saint-Germain-en-Laye, que terminó en 1919, decidieron unir todos estos territorios en una nueva identidad a la que se le llamó Checoslovaquia. No tuvieron en cuenta que era un país en el que se hablaba dos idiomas y en los que no era precisamente amor lo que había entre los dos pueblos. Así surgió a la palestra del coro de las naciones este país en octubre de 1918 teniendo por capital la muy hermosa ciudad de Praga y como primer presidente Tomás Masaryk, que dio nombre a una importante calle de Ciudad de México.

La parte que correspondía a Bohemia, Moravia y Silesia era extremadamente industrial, mientras que la parte de Eslovaquia tenía una muy bien desarrollada agricultura. Cuando Hitler quiso invadir los Sudetes, zona del norte de Checoslovaquia, donde había un importante grupo de personas que hablaban el alemán y por ende considerados miembros de esa nación, también tenía en mente ocupar todo el país, como así hizo. Para Hitler, era primordial ocupar las importantes industrias de este país e incorporarlas a su máquina de guerra. Ejemplo de ello fue la fábrica de vehículos Škoda, que no se venden en América, y que para la época era un importante productor de vehículos automotrices. Para 1939, año de la invasión alemana, Checoslovaquia era la octava economía del mundo. Así fue hasta que llegaron por el este los soldados del Ejército Rojo soviético para liberar al país del yugo alemán. Pero fue cambiar Juana por su hermana. Dentro de los acuerdos de Yalta, donde se habían reunido Churchill, Roosevelt y Stalin, había una cláusula secreta en la que Stalin, como premio de guerra, ampliada su zona de influencia a todos los países vecinos de su frontera occidental. Lamentablemente para los checoslovacos, su país estaba en esta lista.

En el año 46 hubo elecciones y los checos, despechados con los occidentales que habían permitido la invasión de su país con los acuerdos de Munich, favorecieron con sus votos al partido comunista, aunque no fue el caso en Eslovaquia donde votaron mayoritariamente por un partido demócrata. A partir de ese momento fueron todas las políticas del hermano mayor ruso las que se implementaron en este país. Pronto se dieron cuenta los checos que habían mal votado. A la muerte de Stalin en1956 se produjo una liberalización en las ideas de los países comunistas (incluso en la Unión Soviética con Nikita Kruschev). El gobierno de la República Socialista de Checoslovaquia trató de crear lo que ellos llamaban un socialismo con rostro humano con el fin de evitar la falta de democracia, la censura a la prensa, a los escritores y a los artistas y la represión de los oponentes por parte de la policía y los servicios secretos.

Ante el fracaso de la economía planificada, la industria se había fuertemente ralentizado y en la agricultura se observaban también grandes fallos. Fue durante el tercer congreso del partido en 1966 que se creó lo que llamaron “Nuevo modelo económico” mediante el cual se quería darle una liberalización a la economía y con ello hacerla más rentable. No todas las medidas lograron aplicarse por falta de tiempo, pero entre las medidas más importantes se decía que los trabajadores deberían recibir una retribución sobre la base de su desempeño individual o colectivo dando al traste con la igualdad que se pretendía, así era todo el aparato de producción el que se tenía que poner en competencia con la empresas internacionales. Las empresas deben ser rentables, generar beneficios, también se deberían fijar los precios de una forma más realista que con la centralización de precios. Todo esto unido a una libertad de prensa opinión y de expresión de los artistas. En definitiva, nada que tuviera que ver con los dictámenes de Moscú. Allá en el Kremlin, los oligarcas estaban profundamente preocupados. A la larga, Checoslovaquia se le escaparía de las manos. Vinieron a Praga delegaciones a reunirse con los miembros del partido comunista checoslovaco para tratar de encauzar la situación sin lograr ningún resultado favorable para los soviéticos.

Hasta este momento, el primer secretario del partido era Antonín Novotný, quien era cada más cuestionado por los otros miembros del partido encabezados por Alexander Dubcek. Dubcek invita en diciembre de 1967 a Leonid Brezhnev a visitar Praga y, cuando el soviético vio la división que existía dentro del partido, decidió que fuera Dubcek el que tomará las riendas del mismo. Las condiciones estaban dadas para que los cambios vinieran desde arriba, desde el propio gobierno. El camino estaba abierto para un socialismo con rostro humano. Ya para abril se lanzó un programa para flexibilizar el régimen. Libertad de prensa, de expresión, de circulación y de reunión. También querían crear una República federal, para que checos y eslovacos estuvieran a la misma altura y, de alguna forma, disminuir la animosidad que existía de unos contra otros. Dubcek quería continuar la cooperación con los países socialistas, incluida la URSS, pero también quería mantener buenas relaciones con los países del bloque occidental ya que se había demostrado la obsolescencia de la doctrina marxista leninista puesto que la lucha de clases ya se había terminado.

En el año 1950 se realizó una purga estalinista entre los antiguos miembros del partido y todos fueron rehabilitados. Las fronteras del este, a saber, la frontera con Austria fue abierta para la libre circulación de las personas. El descontento en Moscú crecía, nuevas delegaciones de Moscú vinieron a Praga para tratar de encauzar el movimiento por los viejos a rieles. Ante la negativa, el futuro de Checoslovaquia y sus reformas estaba condenado. La noche del martes 20 al miércoles 21 de agosto de 1966, paracaidistas soviéticos tomaban el aeropuerto de Praga y por sus fronteras entraban los soldados de la RDA, Polonia, Bulgaria y Hungría. El entonces presidente de Rumanía, Nicolas Ceausescu, decidió no enviar sus tropas a la invasión. Tampoco participaron las tropas albanesas y, de hecho, este fue el motivo que generó la salida de Albania del Pacto de Varsovia, agrupación de los ejércitos de sus países satélites que los soviéticos habían creado para contrarrestar la OTAN.

La sorpresa en Checoslovaquia fue inmensa. Consideraron que esta invasión era aún más cruel que la que ya habían vivido en 1939 con Hitler. El argumento era muy válido: de Hitler sabíamos a qué atenernos, era su enemigo, no podían esperar tan cruel golpe de parte de los que se llamaban amigos. En masa salieron los checoslovacos a manifestarse contra los invasores pero fue en vano. Era la lucha de unidades blindadas contra simples personas desarmadas. Ante el tamaño de la fuerza, los soviéticos lograron lo que se proponían, como ya lo había logrado Hitler casi 30 años antes. Hubo que esperar la llegada de Gorbachov al frente del politburó soviético para que se le rindiera homenaje a Dubcek y al socialismo de cara humana que él había tratado de imponer en su país.

Los checoslovacos tuvieron que esperar hasta la caída del muro de Berlín para poder deshacerse de un régimen que ya consideraban como intolerable. Checoslovaquia llegó a deshacerse del comunismo con la recordada Revolución de Terciopelo con la que se sacó del poder al partido comunista. Checos y eslovacos tuvieron un divorcio inteligente, sin ningún desmembramiento sangriento como ocurrió en Yugoslavia o en la Unión Soviética. Hoy la República Checa y la República Eslovaca forman parte de la Unión Europea, de la OTAN, del Consejo de Europa y son dos países donde, como antaño, con una economía más sensata, vuelven a ser parte del grupo de países ricos.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo, correo electrónico: altus@sureste.com

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