sábado , octubre 24 2020
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Pensar en lo social

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Fuente: Diario de Yucatán

La instauración de prácticas de confinamiento y aislamiento en el contexto de la pandemia ha alterado las dinámicas sociales.

No cabe duda de que nuestras vidas han sido trastocadas, en algunos casos de manera drástica. Lo que no siempre es claro es de qué hablamos cuando empleamos la palabra “social”; por ejemplo, cuando se recomienda que, para prevenir los contagios, guardemos “distancia social”.

Como lo advirtió uno de los fundadores de la sociología, Émile Durkheim, uno de los primeros obstáculos para analizar científicamente los fenómenos sociales —él los llamaba “hechos sociales”— es que, inevitablemente, cargamos con un bagaje de prejuicios y prenociones sobre los temas a tratar.

Así, la mayoría de nosotros usamos con frecuencia el término “social” en una diversidad de acepciones que no siempre coinciden con el sentido que las ciencias sociales otorgan al término.

Por ejemplo, decimos que una persona es “de sociedad” para referirnos a que pertenece a una élite o clase alta; usamos la expresión “socializar” para nombrar la situación de encontrarnos y convivir con otras personas.

Utilizamos la categoría “sociales” en los medios de comunicación como una etiqueta para cubrir ceremonias y festividades; empleamos la palabra “sociedad” para referirnos lo mismo a un club deportivo que a un país.

La “distancia social” recomendada por las autoridades es, ante todo, un llamado a guardar una distancia física con otras personas.

En “Las reglas del método sociológico”, una de las obras fundacionales de las ciencias sociales modernas, Durkheim planteó que la sociedad, o, más bien, los hechos sociales, no son simplemente una suma de individuos, así como un organismo es más que una suma de átomos.

De hecho, Durkheim dedicó una parte de sus esfuerzos intelectuales a distinguir los hechos sociales de los fenómenos propiamente biológicos y psicológicos.

Para Durkheim, los hechos sociales son “modos de actuar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y están dotados de un poder de coacción en virtud del cual se imponen sobre él”.

Tomemos como ejemplo la división del trabajo, un fenómeno estudiado por Durkheim. Cotidianamente, podríamos tratar el trabajo como un asunto individual: nos preocupamos por obtener uno, mantenerlo, ascender en él.

Pero independientemente del gusto individual que nos puede producir la convivencia con colegas o las angustias por la competencia, la división del trabajo debe ser entendida más allá de sus manifestaciones individuales y ser tratada como un hecho social.

Para Durkheim, la división del trabajo cumple con la función de mantener integradas a las sociedades modernas e industriales; esto es, sociedad que cada vez comparten menos creencias e ideologías comunes.

Si en una pequeña comunidad un mito o un ritual pueden tener efectos integradores, en sociedades más grandes, ese papel lo cumple la división del trabajo.

Cabe destacar que, para Durkheim, los hechos sociales poseen un carácter externo y coercitivo a los individuos. Por ello, leer las páginas de “Las reglas del método sociológico” puede provocar un sentido de impotencia, de que somos los títeres en un escenario que no controlamos.

El lenguaje que hablamos no fue creado por nosotros —es externo— y, si queremos comunicarnos de manera eficiente, debemos seguir sus reglas —es coercitivo. Lo mismo sucede con la economía, el gobierno, la moral y otros tantos ámbitos de nuestra vida.

“Un hecho social se reconoce gracias al poder de coacción exterior que ejerce o que es susceptible de ejercer sobre los individuos”, escribió Durkheim en “Las reglas del método…”.

Muchas veces este poder de coacción es interiorizado por las personas y su cumplimiento puede incluso ser placentero. Así, podemos sentirnos recompensados cuando cumplimos con nuestros roles familiares o laborales.

El antropólogo escocés Victor W. Turner reconoció el papel que tienen algunos símbolos en convertir lo normativo en algo deseable. Pero, como reconoce Durkheim, el carácter coercitivo de los hechos sociales se puede reconocer con mayor facilidad en las sanciones y resistencias.

Las normas del lenguaje se nos imponen no solo cuando queremos comunicarnos efectivamente con otras personas, sino también cuando surgen propuestas como las del empleo de un lenguaje incluyente: inmediatamente brotan reclamaciones que consideran que las estrategias incluyentes, como el desdoblamiento o el uso de términos neutrales, representan una amenaza al buen uso del lenguaje.

Para Durkheim, el carácter externo y coercitivo de los hechos sociales puede cobrar mayor fuerza en aquellos eventos colectivos que generan “efervescencia social”, ya sea una ceremonia de cazadores que celebran por la presa que comerán, una fiesta de fin de año o la marcha de un movimiento social.

De estos eventos colectivos suelen surgir símbolos o emblemas que nos identifican, relatos que nos contamos una y otra vez, entre otros aspectos que definen nuestra vida colectiva.

Con el confinamiento y aislamiento hemos perdido en gran medida esta efervescencia social. Pero también es verdad que, como han registrado algunos medios de comunicación, la efervescencia social se ha expresado de otras maneras. Por ejemplo, en comunidades en las que el uso de cubrebocas es extendido, las personas que no lo portan han sentido presión e incluso rechazo social, a tal grado que, en algunos casos, han expresado que sus derechos y libertades individuales han sido violentadas.

Desafortunadamente, lo contrario también ha sido cierto, por lo que resulta difícil respetar las medidas sanitarias básicas —usar mascarilla, guardar distancia— cuando la mayoría de las personas en un determinado espacio no lo hace.

Desde luego, los planteamientos de Durkheim, formulados a fines del siglo XIX e inicios del XX, han sido constantemente revisados e incluso rechazados. Aunque en su momento resultaba necesario justificar la particularidad de la sociología frente a otras disciplinas científicas, y para ello Durkheim distinguió radicalmente lo social de lo biológico y lo psicológico, hoy es más común aceptar la necesidad de la inter y la transdisciplina, y reconocer cómo lo que solemos denominar “social”, “biológico” y “psicológico” son elementos interdependientes.

En este orden de ideas, estudios psicológicos y neurocientíficos han planteado que las conexiones sociales y el sentido de pertenencia a una colectividad son necesidades humanas básicas que son a su vez el resultado de nuestro proceso evolutivo como especie.

A diferencia de otros animales, los bebés humanos dependen de otros humanos para su supervivencia. Por nuestra anatomía, sería una verdadera hazaña que un solo humano hubiese cazado a un mamut, pero un colectivo de humanos sí pudo hacerlo. Así, la colectividad, las relaciones con otras personas, se convirtió en una necesidad humana básica para la supervivencia.

Como han documentado en el Laboratorio de Dinámica Cerebral de la Universidad de Chicago —un esfuerzo interdisciplinario entre las neurociencias y las ciencias sociales—, nuestro cerebro puede interpretar la desconexión con otras personas como una amenaza mortal.

De modo similar, en un artículo de revisión de estudios sobre el tema, Lenoie Koban y Gilles Pourtois señalan que el rechazo social activa las mismas vías de dolor en el cerebro que el daño físico a nuestros cuerpos.

La pandemia

He tomado los planteamientos de Durkheim sobre los hechos sociales como una manera de pensar lo social en estos tiempos de pandemia. Por supuesto, la perspectiva de este sociólogo francés puede y debe ser complementada con otros enfoques. Por ejemplo, desde la sociología centrada en la acción social formulada por Max Weber podemos analizar cómo las personas dotan de sentido a sus acciones, ¿qué significa para las personas guardar distancia, usar cubrebocas o limpiar un objeto?, ¿qué es lo que tiene más peso en la realización o no de estas acciones, la racionalidad y el cálculo para lograr un fin, el cumplimiento de valores, el impulso de los afectos o la influencia de las costumbres?

También podría señalarse el valor de la perspectiva de la lucha de clases y del análisis de las redes sociales (no solo las digitales), sobre todo en un contexto en el que millones de personas han perdido sus empleos y han tenido que recurrir a familiares, amistades, vecinos y sus contactos para sobrevivir.

De las teorías interaccionistas y etnometodológicas que analizan cómo categorizamos —e incluso estigmatizamos— a determinadas personas y cómo construimos cotidianamente el sentido de la sociedad; o la Teoría del Actor Red, que nos invita a pensar lo social más allá de lo humano: actualmente, es prácticamente imposible pensar en nuestra cotidianidad sin la presencia de “actores no humanos” como cubrebocas, pantallas o virus.

En cualquier caso, la actual pandemia constituye una oportunidad no solo de analizar cómo la sociedad y lo social se está componiendo y recomponiendo, sino también, tal vez, de incidir para construir una mejor sociedad.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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