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Patio trasero

POR DENISE DRESSER

Fuente: Proceso

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Ahora sí, como muchos temían y algunos presagiaban. México convirtiéndose en el patio trasero de Estados Unidos. El lugar donde se lavará la ropa sucia, se tenderán los trapos, se tirará la basura, se colocará un alambre de púas para defender el vecindario norteamericano de la amenaza centroamericana. Donald Trump ya no tendrá que preocuparse por construir y financiar su muro; México se ha erigido en él. Seremos la barrera entre los inmigrantes y un presidente que los presenta como una amenaza de seguridad nacional. Seremos los encargados de cazar, detener, deportar y frenar a todos los que transitan por aquí, en búsqueda de la seguridad y las oportunidades que no encuentran en su propio país. Haremos con los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos lo que Estados Unidos hace con nuestros migrantes: criminalizarlos y perseguirlos. Y al aceptar este nuevo trato, quizás salvemos el libre comercio pero a costa de la congruencia y la dignidad.

Porque México ya está muy lejos de las posturas defendidas en la campaña de Andrés Manuel López Obrador y asumidas en sus primeros meses de gobierno. Todavía en diciembre el titular del Instituto Nacional de Migración hablaba de una política migratoria centrada en los derechos humanos y en el desarrollo. Todavía entonces el presidente hablaba de ofrecer empleo y asilo y visas humanitarias a los miembros de las caravanas que transitaban hacia la frontera norte. Y como resultado, la inmigración a México aumentó, el número de centroamericanos transitando por el país o pidiendo asilo en él subió. La oferta mexicana disparó la demanda centroamericana y con resultados que acabaron siendo contraproducentes. Porque el incremento de los flujos migratorios desatados por la nueva postura mexicana y la reacción estadunidense llevaron a un cambio significativo: en los últimos meses el gobierno mexicano comenzó a deportar más y a acoger menos. Ante la oleada creciente de migrantes y el surgimiento de crisis humanitarias y de hacinamiento en la frontera, la opinión pública ya no se volcó a favor de los migrantes sino en contra de ellos. Estados Unidos continuó exigiendo y México continuó cediendo.

Y de pronto Trump, como es su costumbre, creó una crisis para poder capitalizarla políticamente. El presidente estadunidense ha pasado por una mala racha en semanas recientes por el informe del Procurador Especial, Robert Mueller; por la investigación que no lo exonera de posible obstrucción de la justicia; por el debate que se está dando sobre la posibilidad de investigarlo y removerlo del puesto. Eso colocó al ocupante de la Casa Blanca en aprietos y de ahí el imperativo de desplegar una estrategia distractora. Una Caja Mexicana para hacer lo que siempre ha hecho: cambiar el sentido del debate público y obligar al “bulleado” en turno a ceder y obedecer. Construir enemigos afuera para obtener apoyos políticos adentro. Usar a México de piñata política para poder ofrecerle dulces envenenados a su base electoral. Usar amenazas comerciales para obtener concesiones migratorias.

Las concesiones crecientes que Trump exige colocan a México en una situación imposible: hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos o enfrentar una debacle económica. Convertir a México en un “Tercer País Seguro” –lo cual implicaría que los guatemaltecos tendrían que pedir asilo aquí en vez de solicitarlo cuando llegaran a Estados Unidos– o enfrentar una disrupción letal del comercio bilateral. Endurecer aún más la política migratoria o padecer los efectos de una guerra comercial. Criminalizar la migración o presenciar los estragos de una previsible recesión. Trump pone a México en la posición de escoger entre venenos; de elegir entre beber cicuta o tomar arsénico.

En un contexto económico volátil, con predicciones de crecimiento a la baja, con caídas significativas en la inversión, y calificadoras como Fitch y Moodys al acecho, el gobierno mexicano tiene muy poco margen de maniobra. Dialogar y ceder como se ha venido haciendo o enfrentar y pelear como se hizo en el pasado. Aprehender migrantes y militarizar la frontera o imponer tarifas compensatorias a las exportaciones estadunidenses, apelar a la Organización Internacional del Comercio, y construir coaliciones bilaterales que obliguen al presidente estadunidense a recular. Todo parece indicar que López Obrador prefiere lo primero a lo segundo. Sólo así se explica el anuncio del envío de 6 mil elementos de la Guardia Nacional a la frontera con Guatemala. Sólo así se entiende el viraje discursivo de la Secretaría de Gobernación, emulando la retórica estadunidense sobre la “aplicación de las leyes migratorias” y cómo las detenciones de migrantes no constituyen una violación a los derechos humanos. Sólo así se comprende el anuncio del bloqueo de cuentas bancarias vinculadas a personas sospechosas de haber participado en el tráfico de personas. Trump toca el tambor y México se pone a marchar al ritmo que le pidan.

Sin saber si lo ofrecido será aceptable o suficiente. Sin saber si las concesiones otorgadas apaciguarán a Trump de manera permanente o sólo temporal. El presidente estadunidense ha demostrado ser un hombre que no cumple su palabra; alguien poco confiable y predispuesto a sacrificar alianzas de largo plazo en aras de victorias políticas personales. Lo más probable es que siga exigiendo, lo más predecible es que siga humillando a México porque le conviene. El gobierno mexicano hablará de amistad y dignidad y soberanía mientras acepta condiciones que gobiernos anteriores consideraron inaceptables. México procederá a aprehender, expulsar, y maltratar a los centroamericanos de la misma manera que nuestros migrantes son aprehendidos, expulsados y maltratados en Estados Unidos. La Guardia Nacional será el encargado de limpiar el traspatio en el cual nos convirtieron, con la anuencia del presidente de México.

Este análisis se publicó el 9 de junio de 2019 en la edición 2223 de la revista Proceso.

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