miércoles , agosto 12 2020
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Othón Baños Ramírez: Algo se ha roto…

Othón Baños Ramírez

Fuente: Diario de Yucatán

Fuerte golpe a la esperanza de una vida mejor

La pandemia de Covid 19 que se hizo presente en nuestro país a partir de febrero ha interrumpido la dinámica que traían los negocios, la educación en todos sus niveles, los eventos culturales, la vida cotidiana, incluso reorientado la agenda política.

El impacto más fuerte, por supuesto, se resiente en la economía; muchos expertos hablan de una reducción entre 5 y 10% del PIB, lo cual se traduce en una crisis económica que golpea fuerte a la sociedad mexicana.

La experiencia observada indica que la posibilidad de sobrevivir al contagio del coronavirus depende de las condiciones de salud previas y actuales de cada individuo. Así también, la posibilidad de superar el efecto económico de la pandemia depende del tipo de negocio y tipo de empleo que tenga el individuo.

Para mala fortuna, los mexicanos vivimos en una sociedad tremendamente desigual, lo cual hace que el golpe sea muy disparejo. La salud económica de más de la mitad de los mexicanos es precaria y corre el riesgo de ser asfixiada por las secuelas de la prolongada pandemia.

La armazón desigual que desde décadas atrás ha edificado la sociedad mexicana limita las posibilidades de las personas de obtener y retener recursos e ingresos a lo largo de su vida.

La desigualdad social asume diferentes formas. Por ejemplo, se manifiesta en que un porcentaje muy elevado de la población no tiene acceso a una vivienda digna; tampoco a un empleo digno —bueno, ni siquiera a un empleo—; en que la población mayoritaria lleva una forma de vida carenciada; en que la calidad de la educación en los asentamientos rurales y periféricos de las ciudades es más baja que en los barrios acomodados; en que el acceso a los puestos de trabajo mejor pagados está fuera del alcance de los hijos de la clase trabajadora, etc.

El saldo de la prolongada pandemia será pues más profundo en unos casos que en otros, pero ya estamos viendo en nuestro alrededor que los más afectados son aquellos que viven en la pobreza, que son más de la mitad de la población mexicana.

Desde luego, la afectación no solo será económica sino también social. Voy a referirme en este espacio a dos temas: las mujeres y la educación.

La crisis sanitaria afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que ellas ocupan más empleos en sectores más golpeados, no esenciales, como la industria de los servicios, el comercio minorista y la hotelería. Esto quiere decir que una gran cantidad de mujeres trabaja en sectores donde no es posible el trabajo virtual domiciliario.

Además, otra vez la desigualdad social, más de la mitad de las mujeres que trabaja lo hace en empleos con muy baja calificación educativa y remuneración reducida y, a su vez, forman parte de hogares carenciados donde no cuentan con servicios de internet ni con equipo de cómputo. Muchas mujeres han dejado de recibir ingresos y están dedicadas al cuidado de la familia. No es cosa menor, pero es un trabajo no reconocido.

La mujer será la salvación de muchos hogares, pero es previsible que la equidad de género, cuando la reactivación económica llegue, sufra un retroceso en el camino andado.

Con respecto a la educación, algunos consideran que las clases presenciales en las escuelas primarias no tendrán lugar sino hasta febrero, cuando haya llegado a nuestro país una vacuna. Esto agravará más aún la desigualdad educativa, puesto que muchos padres de familia no cuentan con equipo de cómputo y servicio de internet para que los niños y jóvenes puedan seguir con sus clases.

Dejemos por el momento a un lado la calidad de la educación virtual Vs. educación presencial, que es otro tema. No hay que soslayar el problema de que en muchos hogares que cuentan con varios hijos o usuarios el servicio básico de internet no da abasto.

Además, muchos padres de familia han perdido el empleo o sencillamente han perdido capacidad económica para cubrir estos gastos. La educación virtual cuesta dinero y cuesta tiempo, por lo general de la madre de familia.

El encierro de los niños se ha vuelto un problema complejo porque, aparte del desfase en su proceso educativo, aparecen los desórdenes conductuales. Los aparatos electrónicos (computadoras, tablets y celulares) y la televisión se han convertido en el pasatiempo favorito de los niños y jóvenes. Será una tarea difícil sacarlos nuevamente de la tecnología electrónica y meterlos otra vez a la lectura de libros.

En fin, muchas inercias sociales y culturales sufrirán un reacomodo. Para bien o para mal, se ve difícil regresar al punto en que estábamos antes de la pandemia. Ojalá que tengamos la capacidad de inventar algo que nos haga ser mejores mexicanos.

Del gobierno de la Cuarta Transformación no hay mucho que esperar, toda vez que la depresión económica resta al gobierno recursos provenientes de la recaudación fiscal. El presidente AMLO tendría que cambiar su estrategia y pedir préstamos a las instituciones financieras internacionales para invertir en obras y programas que estimulen el crecimiento económico.

Lo que fue inicialmente una desaceleración económica, una baja en las ventas, en las inversiones y en la creación de empleos formales, se ha convertido en una crisis económica, pues ahora estamos hablando del cierre de negocios, de la pérdida no de miles sino de millones de empleos, y, en consecuencia, de un retroceso económico generalizado que llevará años superar.

Las fuentes de empleo que fueron cerradas tardarán en ser abiertas, y no es difícil que en muchos casos los salarios pagados sean mucho más bajos que antes. Las oportunidades de empleo para las nuevas generaciones, que ya eran altamente deficitarias, serán más escasas todavía.

El reto es mayor, las condiciones sociales que permiten a un individuo mejorar su nivel de vida tenderán a volverse un obstáculo mayor que se debe superar para disminuir las desigualdades sociales.

Algo se ha roto: la esperanza de una vida mejor para esta generación. En los meses que faltan antes de que llegue la panacea esperada, la vacuna, la gobernabilidad tenderá a hacerse más difícil en la medida de que mucha gente, sin hacer caso de los famosos semáforos y olas, se lanzará a las calles para obtener los recursos necesarios para mitigar el hambre.

No creo que el orden social vaya a ser subvertido, pero la desobediencia civil aumentará porque la gente está desesperada y ya no le importan mucho las consecuencias de su mala conducta frente a las recomendaciones sanitarias.—Mérida, Yucatán

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

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