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Orfeo y Eurídice

Autor: Franck Fernández,  traductor, intérprete, filólogo (altus@sureste.com)

Publicado en Diario de Yucatán

A Grecia le debemos los clásicos, la democracia, nuestra civilización occidental y un conjunto de creencias religiosas que todos conocemos bajo el nombre genérico de mitología griega. La mitología nos ha dejado una serie de historias con las que los antiguos griegos querían explicar los eventos que los circundan. Uno de estos mitos que me es particularmente caro y que ha sido tema de inspiración para múltiples artistas es el del inmenso amor de Orfeo y su hermosa Eurídice. Orfeo era un joven dotado no solo de una maravillosa voz, sino también del don de interpretar a la perfección la lira. Orfeo era semidiós, es decir, había nacido de Calíope, una de las nueve musas que representan las artes y, del rey de Tracia. A su nacimiento vino Apolo, el dios de la belleza y de las artes, y a sus pies colocó una lira de nueve cuerdas, representando a cada una de las nueve musas, lo que hizo que los maledicentes concluyeran que realmente era hijo del propio Apolo. Fueron las nueve musas las que lo criaron y le enseñaron los secretos de sus respectivas artes. Cuando Orfeo cantaba y tañía su lira los árboles caminaban, las piedras extasiadas levitaban en los aires, los animales dejaban de ser fieros unos con otros, los ríos cambiaban su curso para acercarse a él y escucharlo. Dicen que hasta los propios dioses, por la noche, se acercaban a los límites de su lejano Olimpo para escuchar la voz de Orfeo.

Al crecer, Orfeo emprende toda una serie de viajes en los que hombres y mujeres, animales y objetos, monstruos y dioses se rendía ante su hermoso canto. Orfeo es uno de los viajeros del Argos, navío con el que Jasón fue a rescatar el vellocino de oro. Pero la historia principal de Orfeo comenzó una mañana en que, paseándose por el bosque, encuentra a una sublime mujer, alter ego de la belleza de su canto, Eurídice, ninfa que vivía en lo más profundo del bosque. Justo en ese momento Orfeo quedó profundamente enamorado de esa mujer. A ella le dedica el más hermoso de sus cantos, ella sucumbe, él le pide matrimonio y ella acepta. A la boda fueron invitados todos los dioses el panteón del Olimpo, todos los reyes de Grecia y todos estaban bajo el embrujo de la voz de nuestro héroe. Tiempo después, una tarde de descanso en que Orfeo estaba con las musas y su Eurídice, una serpiente mordió uno de los tobillos de la esposa y, cuando su amante esposo le encuentra, ya ella no es de este mundo.

El grito desgarrador que sale de la garganta de Orfeo hace temblar las montañas, estremece los cielos, los animales y las ninfas huyen ante tanto dolor. Inconsolable, Orfeo decide ir allá, a donde nadie ha ido y regresado, a los infiernos, allá a dónde van los muertos, a rogar por el regreso de su amada. Atravesando el país de los muertos, Orfeo pasa por paisajes desbastados, emanaciones sulfurosas, lagos de agua hirviente, calores intensos hasta que llega al río Aqueronte, verdadera frontera entre el mundo de los vivos y de los muertos. La barca para atravesar el río es conducida por Caronte que, con cancerbero, son guardianes de estos límites. Ellos también claudican ante al encanto de la voz de Orfeo. Finalmente llega nuestro acongojado enamorado a lo más profundo del infierno, allí donde está el dios Hades y su esposa Perséfone. Con gran pleitesía y los ojos llenos de lágrimas, Orfeo les canta su dolor. Emocionados ante la sinceridad de Orfeo, Hades le dice: – Entendido, puedes llevarte contigo a Eurídice, pero con una condición, que es la ley de este reino. Caminarás delante de ella por todo el trayecto que te lleva a la superficie y bajo ningún concepto y en ningún momento mirarás hacia atrás para verla hasta que llegues a la superficie y veas al primer rayo de sol.

Los enamorados aceptan y emprenden el camino al mundo de los vivos. Ya casi al final, a solo unos pasos del objetivo, Orfeo no puede vencer su tentación, se vira y, al fijar sus ojos en los de su amada, unas manos invisibles raptan a Eurídice y la devuelven a lo más profundo de los infiernos. Regresa Orfeo ante Hades y Perséfone, pero ya no se puede hacer nada.

De regreso a la superficie, Orfeo abandona todo contacto humano, vive como un ermitaño y canta las canciones más lúgubres y tristes.

Un día, las ménades, que era un grupo de acompañantes del dios Dionisio, vinieron a reclamarle que ya no cantaba como antes, a pedirle nuevos y hermosos cantos y, ante la negativa de Orfeo, furiosas lo desmembraron y tiraron su cabeza al río. Flotando la cabeza sobre el río al lado de la lira, Orfeo le seguía cantando a su amor perdido. Las ninfas, conmovidas por tan inmenso amor, agruparon las partes del cuerpo y lo llevaron al monte Olimpo para que fuera el propio Zeus el que cuidara de tan enamorado héroe. Zeus, emocionado por toda la historia que les acabo de narrar, tomó el más emblemático objeto relacionado con Orfeo, su lira, y la convirtió en constelación.

Desde entonces nosotros, simples mortales, al mirar a los cielos y ver la constelación de la lira, recordamos a aquel que tanto amó a Eurídice.

Autor: Franck Fernández,  traductor, intérprete, filólogo (altus@sureste.com)

Publicado en Diario de Yucatán

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