Viernes , junio 22 2018
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Mentiras verdaderas

Castigo social y responsabilidad

Por Antonio Salgado Borge (*)

Mucho se ha hablado de la responsabilidad atribuible a Facebook o a los sitios que generan o difunden contenidos chatarra, pero pocas veces se menciona que las personas que comparten estos contenidos son responsables por compartirlos. Este artículo estará dedicado defender que quienes comparten contenido chatarra o de sitios chatarra tienen un grado de responsabilidad, y que algún tipo de sanción social es necesaria para comunicarles que este es el caso.

En plena temporada electoral, contenidos chatarras o falsos han inundado las redes sociales de miles de yucatecxs. Estos contenidos, que pueden tomar distintas formas —memes, vídeos editados o engañosos o infografías sin sustento— han tomado el rol de justificadores de lo que muchas personas opinan y creen conocer. Así, en discusiones en redes sociales y foros en internet se utilizan contenidos chatarra para respaldar creencias. El problema es que si la justificación es falsa, la creencia es falsa y, entonces, se termina comentando sobre algo que se desconoce o difundiendo mentiras.

¿Por qué la acción de compartir contenido chatarra o de sitios chatarra es condenable? Hay al menos dos formas de responder a esta pregunta (1) La primera es que difundir mentiras puede ser considerado en sí mismo una acción negativa.

Compartir estos contenidos implica (a) convalidar a los distribuidores de chatarra, quienes son legitimados ante nuestros contactos y (b) poner en riesgo a nuestros contactos en redes sociales, algunos de quienes pueden pensar que lo que señala el contenido es cierto. (2) La segunda forma de argumentar que compartir contenido chatarra o de sitios chatarra es reprobable está basada en sus consecuencias: para ver por qué basta con considerar la forma en que fenómenos como Brexit o la elección de Donald Trump fueron posibles gracias a la desinformación masiva que, a su vez, no hubiera sido exitosa si no hubiera sido replicada por millones de personas. Es decir, cada vez que se comparte chatarra, se aporta un grano de arena a los muchos que contribuyen a sepultar la democracia.

Ahora bien, si en la vida cotidiana la mayoría de las personas consideran la verdad y la democracia principios cruciales, ¿por qué tantas personas se olvidan de estos principios en las redes sociales?

Un puñado de frases sacadas de quién-sabe-dónde en forma de memes o vídeos cortos terminan por definir lo que se entiende por términos complejos e históricamente cargados. Pero conocer qué significa un concepto de esta especie, hace falta información suficiente y cierta; información que solo puede venir de testimonio en forma de libros o fuentes de internet respaldas por académicos o publicaciones reputadas. Desde luego, alguien podría argumentar que el requisito es elitista. Sin embargo, para mostrar por qué esta réplica es incorrecta basta con considerar que el valor de las fuentes testimoniales viene necesariamente en grados: el testimonio o cualquier otra fuente de justificación puede ser jerarquizado porque su valor epistémico es mayor o menor dependiendo del contexto. Esta norma la aplicamos inconscientemente en nuestra vida diaria. Tal como ha argumentado la filósofa Elizabeth Anderson, no hace falta ser un experto en un tema para distinguir qué fuentes son expertas: uno no necesita saber de física para saber que Stephen Hawkings conocía más de física de lo que sabe Laura Bozzo.

Pero entonces, ¿por qué tantas personas no consideran relevante jerarquizar al momento de valorar si las fuentes de las que surgen los contenidos que comparten en internet son confiables?

(1) Una posible respuesta es que la misma lógica no aplica generalmente en las redes sociales. Por ejemplo, uno podría postular que a muchxs personas el contacto con noticias o periódicos les ha tomado por sorpresa. Es decir, mucha gente que no hubiera leído noticias antes del internet de repente ha visto cómo aparece información sobre política en sus “muros”. Esto implicaría que muchos consideran que contenidos de sitios como “Amor a México” son equivalentes a los de Diario de Yucatán debido a su falta de conocimiento de la confiabilidad de las fuentes; es decir, algunxs de quienes comparten chatarra no saben que no saben. Me parece que este bien podría ser el caso.

Una forma de combatir la desinformación es señalando —educada y cortésmente— su error a quienes comparten estos contenidos. Señalamientos de esta naturaleza tienen como primera intención hacer ver a un contacto que está en un error a través de justificaciones con contenido y fuentes epistémicamente aceptables. Este tipo de señalamientos tienen como segunda intención contribuir, en la medida de lo posible, a combatir la falsedad y defender la democracia. De esta forma, uno esperaría que, así como quien da una información erróneamente a un amigo fuera de internet se disculpa por las consecuencias de su error al percatarse de éste, quien recibe, supongamos, un link de “verificado.mx” donde se señala que el contenido que ha compartido es chatarra, retirará de inmediato este contenido y reportará su error a sus contactos. Pero señalar de manera educada también es una suerte de llamada de atención que puedes servir como sanción social y generar un efecto muy positivo; a nadie le gusta pasar por mentiroso o por ignorante.

Hay, sin embargo, otra forma de responder a la pregunta de por qué tantxs yucatecxs no consideran relevante si las fuentes de las que surgen los contenidos que comparten en internet son confiables. (2) Miles de personas saben o presienten que lo que comparten es mentira, pero los comparten de cualquier modo. Entre las posibles explicaciones uno podría incluir que lo hacen simplemente porque los contenidos transmiten una idea con la que simpatizan, que sienten que el fin justifica los medios, o que les conviene compartir falsedades. Las posibilidades son amplias y las intenciones reales son irrelevantes; lo que importa aquí es que quien comparte es consciente de que lo compartido no es verdad.

Un contenido chatarra muy popular es un vídeo en que se escucha la voz real del papa Francisco, quien cuestiona cierto tipo de ideologías. El vídeo viene enmarcado en un texto que dice “Papa responde a López Obrador. Las ideologías de AMLO son dictaduras del pasado que no sirven”.

Muchxs de quienes han compartido este vídeo saben perfectamente que el contenido es falso porque el texto no se refiere directamente a lo que ocurre en el vídeo. Pero no todxs están dispuestxs a reconocerlo. Por ejemplo, hace unos días señalé en Facebook a Mauricio Díaz Montalvo, exregidor panista que actualmente apoya las campañas de su partido, que con su publicación de este vídeo estaba reproduciendo contenido chatarra —“fake news”—. La respuesta de Díaz Montalvo fue que lo importante no es el texto pegado al vídeo, sino lo que se dice en el vídeo. Ante mi explicación, contestó que finalmente nuestra cordial disputa era una simple cuestión de opiniones o de creencias divergentes.

Este tipo de respuestas carecen de sentido por al menos dos razones. La primera es que este contenido ha sido identificado por “verificado.mx” —una fuente testimonial con alto valor epistémico— como falso; el contenido en cuestión es chatarra porque está diseñado para engañar a quien lo ve induciendo a pensar que el Papa se refirió a AMLO. Además, más allá del dictamen de “verificado.mx”, la publicación de este contenido implica reproducir una mentira: la conjunción “vídeo y texto” es falsa porque la proposición del lado derecho —el texto— es falsa. Y las reglas de la lógica señalan que basta con que una de las proposiciones de una conjunción sea falsa para que toda la conjunción sea falsa. La segunda razón por la que justificaciones de esta naturaleza carecen de sentido es que éstas destruyen una distinción crucial: la opinión no tiene el mismo valor epistémico que el conocimiento. Opinar, recordemos, es creer algo y decirlo; conocer es creer y justificar racionalmente y mediante cadenas causales claras, algo que es verdad. Y en este caso, es verdad que lo que compartieron quienes replicaron la publicación del papa Francisco es falso.

Confundir opinión con conocimiento es una de las muchas formas de distorsionar la verdad exacerbada que, por ejemplo, ha sido empleada hasta el cansancio por Donald Trump en Estados Unidos.

Casos como éste ilustran por qué una vez que se ha compartido chatarra, la mejor decisión que puede tomarse es eliminarla e informar a nuestros contactos de ello. E ilustran también por qué justificar la chatarra solo nos conduce a doblar el efecto del error o apuesta original. Para quienes somos testigos de la chatarra, lo importante aquí es que uno puede saber o conocer que es verdad que algo es mentira, que quienes comparten contenidos chatarra —con o sin intención— son responsables en algún grado, y que esta responsabilidad aumenta o disminuye dependiendo del contexto —por ejemplo, cuando se aspira a trabajar como servidor público o cuando se comparte contenido chatarra de manera intencional—.

En este sentido, aunque es una señal positiva que cada vez más yucatecxs sancionen socialmente a sus contactos en redes sociales indicándoles que es verdad que lo que éstos han compartido es mentira, me parece que el impacto que pueden tener este tipo de sanciones todavía no es suficientemente reconocido. Lo cierto es que, al sancionar socialmente, sin ataques personales y de forma educada y razonada, todxs podemos ayudar a combatir este problema. Y que hacerlo es una forma de defender principios innegociables, como la verdad o la democracia.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

Fuente: Diario de Yucatán

 

 

 

 

 

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