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Manzanar

Por Franck Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Las naciones son como las personas, todo mundo ha hecho algo en su vida de lo que no está orgulloso, que quisiera poder cambiar, de lo que está arrepentido. Pero en esta vida no todo es blanco o negro. Entre ambos colores hay miles de tonalidades de grises. Nada del pasado debe ser juzgado con nuestros ojos actuales. Pero hagamos un poco de historia.

El 7 de diciembre de 1942 fue un día de ignominia en la historia de Estados Unidos. Sabemos que fue ese día que Japón atacó la base naval de Pearl Harbor en Hawái. Fue así como este país se vio de inmediato involucrado en la Segunda Guerra Mundial. Si bien la historia que les voy a narrar es poco conocida, la razón por la que la misma se produjo lo es más aún.

Resulta ser que, después del ataque a Pearl Harbor, un avión japonés que había sido dañado, con gran dificultad logró aterrizar en una de las más alejadas islas del archipiélago de Hawái, la isla Niihau. Allí en esos tiempos no había electricidad ni teléfono y, por un radio de baterías, se supo del ataque a la base naval.

Los pocos vecinos lograron aprehender al piloto japonés, quien a gritos pidió ayuda a los japoneses y a los hijos de japoneses, ya norteamericanos, que allí vivían. Todos ayudaron al piloto y, solo por la valentía de los naturales autóctonos de la isla, la situación pudo volver a la normalidad y fue apresado el japonés que fue debidamente entregado a las autoridades con posterioridad.

Ante ese evento que vivieron los habitantes de Niihau, muchas voces empezaron a levantarse en el continente pidiendo que se tomaran medidas contra los japoneses y sus hijos, alegando que siempre les serían fieles al emperador Hirohito.

Otros, incluso Eduard Hoover, director de la CIA, conocido por sus ideas muy derechistas, estaban en contra de esta disposición en la medida en que la consideraban arbitraria.

Debemos decir que, al entrar Estados Unidos en guerra forzosamente también entraba en guerra contra Alemania e Italia. Pero los alemanes e italianos, o sus descendientes ya norteamericanos, en definitiva tenían aspecto caucásico y eran más “asimilables” que los japoneses. Solo unos pocos alemanes, italianos o sus hijos ya nacidos norteamericanos fueron importunados.

Se crearon campos de concentración que llevaban el grandilocuente nombre de “centros de reubicación”. Inicialmente fueron poco más de 1000 los japoneses recluidos y, al final, más de 11,0000 japoneses y sus hijos, repito, ya nacidos en Estados Unidos. La idea era alejarlos de las ciudades de la costa occidental del país por miedo a que, en caso de invasión japonesa, estuvieran tentados a ayudar a los invasores. Por si fuera poco, ya declarada la guerra se avistó un submarino japonés en la bahía de Santa Bárbara.

Ya estaban reunidos todos los ingredientes necesarios para una histeria colectiva. El 19 de febrero de 1942, por el decreto presidencial número 9,066, el presidente Roosevelt ordenó la creación de estos campos. Muchos intelectuales, artistas y profesionistas también estuvieron internados en estos “centros de reubicación”. Entre ellos se encontraba el famoso actor George Takei de “Viaje a las estrellas”, claro, cuando era niño.

Las autoridades confiscaron las cuentas bancarias de estas personas, se les obligó a malvender sus casas y propiedades y fueron llevados, sin violencia pero con autoridad, a 10 campos de concentración que se construyeron tierra adentro de los estados de California, Arizona, Colorado, Wyoming, Idaho, Utah y Arkansas. El más famoso y quizás el más grande de estos “centros de reubicación” fue el de Manzanar, al pie de la Sierra Madre, en California. Un lugar donde eran frecuentes las tempestades de arena, en invierno las temperaturas bajan por debajo de cero y son extremadamente cálidas en verano.

A diferencia de los campos de concentración nazis y japoneses, allí nadie llevaba uniforme y a nadie se mató. Incluso desde Manzanar algunos podían salir a trabajar en los campos de cultivo de cercanos por un ínfimo salario. Es cierto que tenían escuelas, cementerios, hospitales, centros de formación… pero estaban en barracones de mala muerte, viviendo en gran promiscuidad y rodeados por rejas púas y, lo peor, considerados a priori como enemigos.

Una vez finalizada la guerra, a las personas allí recluidas se les dio un boleto de camión de regreso a su ciudad de origen y 25 dólares. Esa cantidad, 25 dólares, era la suma que entonces entregaban a los prisioneros comunes al salir de la cárcel como “ayuda”.

La inmensa mayoría tuvo que comenzar de cero, porque no solo habían tenido que vender sus casas y propiedades, sino que su dinero había sido confiscado. Solo en el año 1980, el presidente Jimmy Carter creó una comisión especial de encuesta para entender qué era lo que había pasado. Esta comisión llegó a la conclusión de que el perjuicio racial y la histeria de guerra, unido a errores del liderazgo de los políticos, eran los responsables de tamaña injusticia.

En 1988, a los sobrevivientes el Estado les entregó una compensación de 20,000 dólares por persona. No pretendo ser abogado del diablo y lo que está mal está mal, pero no podemos comparar en lo más mínimo estos campos de concentración con los gulags soviéticos, los campos de exterminio nazis, los campos de concentración japoneses, donde experimentaban con seres humanos, ni con las UMAP que Cuba creó contra los homosexuales.

Cada cosa debe verse dentro de un contexto histórico y el incidente de la isla Niihau, el avistamiento del submarino japonés en la bahía de Santa Bárbara, unido al sentimiento racista y al miedo a una invasión fueron elementos determinantes para que se tomaran estás tristes e imperdonables sanciones.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico:  altus@sureste.com

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