Jueves , octubre 18 2018
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Lenguaje inclusivo

Ignorancia y discriminación en la Codhey

Antonio Salgado Borge (*)

Tomado de Diario de Yucatán

Circula en Facebook una publicación con el siguiente texto: “El idioma español es machista. Es necesario usar lenguaje incluyente que se refiera a hombres y mujeres… de lo contrario, se perpetúa la violencia de género institucionalizada”. Debajo, aparece un dibujo de una persona que sostiene una libreta abierta en una página donde se pueden leer dos palabras en calidad de diagnóstico en reacción al contenido del texto anterior: retraso mental.

Una de las personas que habría compartido y luego borrado lo anterior es Mauricio Estrada Pérez, consejero de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Yucatán. En este artículo defenderé que la publicación mencionada discrimina en tres niveles y que, por ende, sería inaceptable que cualquier integrante del consejo de la Codhey la difunda o suscriba.

Empecemos este análisis dividiéndolo en dos partes. (a) La primera es su desprecio burlón hacia quienes defienden el uso del lenguaje inclusivo o con sensibilidad de género. De acuerdo con la ONU “el lenguaje con sensibilidad de género se refiere al lenguaje que coloca a mujeres y hombres al mismo nivel y que no conlleva estereotipos de género”. La Conapred ofrece ejemplos de cómo puede ser este el caso. En lugar de decir “Los ciudadanos” uno puede decir “la ciudadanía”. En vez de decir “los mexicanos”, se puede hablar de “la población mexicana”.

Una de las primeras objeciones al lenguaje inclusivo es que éste es ocioso o que no tiene sentido. Quienes defienden esta hipótesis suelen hacerlo argumentando que, aunque gramaticalmente masculino, decir “todos los mexicanos” no conlleva mayor problema. Pero afirmar lo anterior implica perder de vista que el origen del uso del masculino en sustantivos colectivos como “los mexicanos” o “los doctores” no es trivial. Del mismo modo en que durante siglos casi todos los doctores fueran hombres nos llevó a hablar de ir a ver a “el doctor” implicando que sería hombre, la referencia a un colectivo en masculino tiene como probable origen el formato opresivo que llevó a que las mujeres formaran parte de la arena pública.

En este punto, alguien podría argumentar que el origen del lenguaje sexista no hace automáticamente que el uso de este lenguaje sea sexista en la actualidad: pocas personas piensan actualmente, por ejemplo, que las mujeres “pertenecen” a la esfera privada. Pero esta respuesta también implica un error, pues el lenguaje moldea tanto explícita como implícitamente la forma en que entendemos el mundo y nuestra posición en el mismo. La Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres lo expresa así: “Existe un uso sexista de la lengua en la expresión oral y escrita… que transmite y refuerza relaciones asimétricas, inequitativas y jerárquicas que se dan entre los sexos en cada sociedad”.

Que el lenguaje lleva sesgos implícitos que impactan explícitamente en nuestras relaciones sociales es un fenómeno sobradamente estudiado. Ante estas evidencias, hay quienes prefieren argumentar que el lenguaje inclusivo debe ser descartado por complicado. Y es que en no pocas ocasiones es necesario hacer malabares lingüísticos para hablar con un lenguaje neutral. Así, desdoblamientos como “todos y todas” o intentos como “todes” o “tod@s” son constantemente ensayados.

Estos malabares y falta de acuerdos generan burlas de personas que aseguran que sustituir términos a estas alturas es ridículo y que quienes lo intentan son sacrílegos. “Así se ha dicho siempre, no nos van a venir ahora a cambiar las palabras”, suelen pensar. En realidad, esta reacción burlona no es un caso aislado: se trata de una estrategia compartida por grupos ultraconservadores alrededor del mundo —incluidos los partidarios de Trump— que deja ver una combinación entre desesperación por preservar privilegios e ignorancia supina.

Pero pensar que el lenguaje es rígido porque uno no lo ha visto cambiar gran cosa es como suponer que no existe la evolución porque uno nunca ha visto que primates distintos a los seres humanos empiecen a caminar en posición erguida o comprar el Diario de Yucatán los domingos. Un sentido mínimo de la historia nos muestra que la evolución del lenguaje ha ocurrido lenta y gradualmente desde sus más rudimentarios inicios, y que lenguajes que hoy son considerados distintos —como el español y el francés— tienen el mismo origen.

Para no ir tan lejos consideremos el siguiente texto: “En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viuia vn hidalgo de los de lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor. Vna olla de algo mas vaca que carnero, salpicon las mas noches…”.

Las palabras anteriores son, desde luego, de Miguel de Cervantes. Y nadie puede dudar que cuando Cervantes escribió “El Quijote” a inicios del siglo XVII lo hizo en español.

La flexibilidad de nuestro idioma no tendría por qué sorprendernos o asustarnos. Tampoco tendría que hacerlo la noción de depurar intencionalmente el lenguaje de prejuicios implícitos. Por ejemplo, en el mundo angloparlante cada vez se usa más el pronombre “they” —“ellos”— para referirse neutralmente a individuos singulares y en Suecia recientemente se creó e introdujo el pronombre “hen” con la misma intención. Esto es, la búsqueda de un lenguaje inclusivo es un trabajo en curso y nos llevará tiempo, pero vale la pena intentarlo.

(b) Pasemos ahora la segunda parte en que puede ser dividido el contenido de la publicación: el uso del término “retraso mental” en forma despectiva o burlona. El término “retraso mental” se refiere a la misma población referida por el término “discapacidad intelectual” pero no significa lo mismo; es decir, que a pesar de tener el mismo referente, ambos términos tienen distinto sentido o contenido cognitivo. Uno de los principales motivos de cambiar el término “retraso mental” por “discapacidad intelectual” fue referirse a la misma población con un sentido que permitiera reconocer su humanidad, librarla de estigmas patológicos y crear las condiciones necesarias para su desarrollo pleno. Dado que todo lo anterior quedaba sepultado bajo el sentido del término “retraso mental”, éste fue descartado. Y sólo quienes discriminan o se aferran en su ignorancia a la inmutabilidad del lenguaje, o la rigidez referencial o de sentido pueden extrañar ese término.

Una vez revisadas las dos partes de su contenido, es claro que la publicación no sólo refleja una ignorancia supina, sino que discrimina en tres niveles. (1) Burlarse de los intentos de defender el lenguaje inclusivo muestra desprecio hacia las personas que sufren la opresión por motivos de género o sexo, y que luchan por arrancarla de raíz. Para ser claro: uno puede o no estar de acuerdo con las formas en que se manifiesta el lenguaje inclusivo, pero el desprecio a su origen implicada al calificarlo de idiocia no puede tener cabida en el consejo una institución que tendría que defender los derechos de grupos históricamente oprimidos.

(2) Al emplear un término caduco por su sentido discriminatorio y opresivo —“retraso mental”—, quienes comparten esta publicación muestran la forma en que conciben y entienden a la población con discapacidad intelectual: como idiotas. ¿Cómo puede defender los derechos de las personas con discapacidad intelectual alguien que las asocia con idiocia y que avala públicamente el uso de un término peyorativo? (3) Finalmente, la cereza en el pastel de la publicación es que ésta toma la etiqueta peyorativa hacia un grupo vulnerable para atacar los intentos de otro grupo de avanzar en la defensa de sus derechos. Peor, imposible.

Cualquier integrante del consejo de la Codhey a quien se atribuya haber compartido contenido semejante tiene la obligación de dar la cara y hablar con la verdad —esto podría ser investigado independientemente—. Lo que es peor, ésta podría no ser el único contenido de esta naturaleza difundido por ese consejero. Es por ello que en caso de aceptar haber compartido la publicación o en caso de negarlo falsamente, Estrada tendría que renunciar o ser removido inmediatamente a su cargo.

Dado que Mauricio Estrada está en la Codhey gracias a un proceso opaco e ilegítimo denunciado en este mismo espacio, la publicación de Facebook que se le atribuye representaría apenas el primer plato roto de los muchos que se derivarán de dicho proceso. Y es que resulta difícil imaginar a Gina Villagómez, a Carlos Luis Escoffié o a Nancy Walker —activistas dejados fuera de la Codhey por el Congreso local— burlándose de quienes luchan contra la opresión por motivos de género o utilizando el término “retraso mental” para descalificar a cualquier ser humano.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

 

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