viernes , octubre 18 2019
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Las bellas estatuas de Raimondo di Sagro

Franck Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Las modas van y vienen, los estilos forman parte del arte. Esto lo podemos apreciar en particular en la arquitectura. Desde hace siglos hemos visto un desfile de diferentes corrientes: románico, gótico, barroco, neoclásico… Decididamente el barroco es uno de mis estilos preferidos en arquitectura.

Mi primer encuentro con el barroco fue en la iglesia de San Nicolás en la Mala Strana de Praga. Me impresionaron sobremanera los estucos, la profusión de estatuas, la multitud de molduras doradas, lo sobrecargado del ambiente, desde entonces he visto muchos y buenos barrocos.

Cabe resaltar que dentro del barroco se presentaron diferentes escuelas. En España llevó el nombre de churrigueresco, por ser el arquitecto madrileño José Benito de Churriguera su mayor exponente en ese país y fue esa corriente del barroco la que nos llegó a América.

En Nápoles, que para la época era un rico reino que dependía de la corona de España, el barroco tuvo su esplendor en lo que se llama barroco napolitano que se caracteriza por una profusión aún mayor de esculturas de mármol y estucos.

Algunos me dirán que el barroco es agobiante por la cantidad tan grande de objetos agrupados en tan poco espacio… pero a mí me gusta, no para mí, mi casa es minimalista, sino para disfrutarlo en otros lugares y regalarme con el arte de siglos pasados.

Para la época, en Nápoles vivía un personaje, Raimondo di Sagro, séptimo príncipe de Sansevero. Los de Sagro habían instalado su palacio en el casco antiguo de Nápoles desde hacía ya unos 200 años y Raimondo decidió reconstruir la capilla de su palacio que, al mismo tiempo, era la necrópolis de los miembros de su familia utilizando el estilo de moda en ese momento, el barroco napolitano.

Su vida

Todo esto no sería tema de una crónica si nuestro Raimondo no hubiera sido un personaje tan peculiar como lo fue. De él se sabe que fue criado por sus abuelos paternos por ser huérfano de madre y estar su padre primero preso y después en claustro para escapar de la justicia acusado que estaba de asesinato.

Desde joven fue muy inteligente y sobresalía entre sus compañeros por sus conocimientos en la escuela de jesuitas con quienes estudió. En su edad adulta se afilió a los masones, que era algo muy a la moda entre las personas de sociedad y los intelectuales (Mozart y más tarde el cubano José Martí fueron masones), sino que también era alquimista e incluso algunos lo acusaban de nigromancia, es decir, predecir el futuro mirando las vísceras de las personas.

Pues bien, a la capilla ya existente, Raimondo agregó un total de 36 estatuas, todas de mármol de carrara encargadas a importantes escultores de la época, entre ellos Giuseppe Sanmartino. La capilla realmente no es muy grande y en ella no se dice misa desde mediados del siglo XIX. En la misma encontramos emblemas masónicos y diferentes alegorías. Pero vamos a hablar de algunas de las estatuas que adornan esta capilla. Hay tres en particular sobre las que me quiero detener.

Una de ellas es la alegoría de la Prudencia. Es la tumba de la madre de Raimondo di Sagro. Es una mujer desnuda de la cintura para arriba pero cubierta con un velo. Y cuando digo cubierta por un velo hablo de la perfecta representación que hizo el escultor del cuerpo de la mujer como si un velo la cubriera, pero no con una fina tela, sino con mármol, trasluciendo los hermosos contornos femeninos.

Traductor e intérprete altus@sureste.com

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