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La historia y sus versiones

Franck Fernández (*)

Publicado en el Diario de Yucatán

La reina Isabel II no estaba destinada a ser reina. El trono lo heredó de su padre Jorge VI —hijo de Jorge V y la reina María— por azares de la historia. El príncipe de Gales, es decir, el heredero al trono era el que más tarde fue Eduardo VIII.

A la muerte de Jorge V, Eduardo VIII sube al trono, pero había un gran inconveniente: Wallis Simpson. Esta señora era una norteamericana nacida en Baltimore que, a los pocos meses de vida, perdió a su padre. Ella y su madre fueron recibidas en casa de su abuela paterna, quien siempre les recordaba que eran unas agregadas sin dinero. En su juventud conoció a un piloto de guerra, Earl Wenfield Spencer, con quien se casó rápidamente para escapar de la casa de la abuela.

Al Spencer lo mandaron en una misión a China y su esposa aprendió las sofisticadas técnicas milenarias de los prostíbulos de Shanghai. Spencer era un alcohólico, la maltrataba constantemente y al regresar a los Estados Unidos lo primero que hizo fue divorciarse de él.

Conoció a Ernest Simpson, rico empresario en transportes marítimos, se casó con él y se fueron a vivir a Londres. Ya ahí, en su afán de escalar, hizo todo lo necesario para que le presentaran al futuro rey de Inglaterra. Desde niña ella soñaba con el príncipe de Gales. El primer encuentro con Eduardo VIII marcó la pauta de la relación. Él le pidió disculpas porque en el palacio donde se encontraban hacía frío, que para ella sería un poco difícil en la medida en que las casas norteamericanas tenían calefacción central.

Desenfadadamente ella le respondió: “Alteza, eso me lo dicen todos los ingleses, de usted esperaba algo más inteligente”. Al pasar a la mesa, ella logró sentarse al lado del príncipe y cuando trajeron el primer plato, una ensalada, él quiso tomar con las manos una hoja de lechuga. Ella le golpeó el dorso de la mano, como a un niño maleducado. Las cartas estaban echadas.

Eduardo VIII creció en un grupo de 6 hermanos. Siempre humillado por su padre y su madre, a quién admiraba, lo veía solo 30 minutos al día. En vez de darle un beso en la mejilla a su madre, María solo permitía que le besara la mano… con guantes. Su preceptora era una mujer extremadamente ruda, por lo que la actitud de Wallis para él era algo muy natural.

Recordemos que, por cuestiones de faldas, Enrique VIII había separado Inglaterra de Roma para poder divorciarse de su esposa legítima, Catalina de Aragón, y casarse con Ana Bolena. Como no obtuvo del Papa la autorización de divorcio creó la iglesia anglicana, de la que el rey es el primer representante, como un Papa. Eduardo estaba absolutamente enamorado de Wallis y ella estaba absolutamente enamorada de la idea de ser reina. El parlamento estaba contra un matrimonio en estas condiciones. Él decidió abdicar al trono a favor de su hermano Jorge y raudo y veloz partió a Francia, donde Wallis lo esperaba para casarse. A partir de ese momento vivieron felices hasta que en el año 1972 falleció Eduardo y ella lo siguió 14 años después.

Es así como nos lo cuentan, de una forma muy edulcorada, las revistas de corazón. Pero la realidad es muy diferente. Debemos recordar que Eduardo era nieto de la reina Victoria y de su esposo Alberto, ambos miembros de la familia alemana Sajonia-Coburgo-Gotha. Fue Jorge V quien cambió el apellido de la familia real inglesa durante la Primera Guerra Mundial por Windsor, más inglés y menos que ver con el idioma del enemigo… como los rusos que cambiaron el nombre de su capital por Petrogrado.

Eduardo era un hombre absolutamente infantil, nunca en su vida leyó un libro, su única preocupación eran fiestas, tragos y mujeres… las casadas. Adoraba todo lo que fuera alemán y hablar ese idioma.

Por su parte Wallis, mientas vivió en Shanghai, tuvo como amante al conde italiano Galeazzo Ciano, embajador de Italia y futuro yerno de Mussolini. Fue él quien la inició en las ideas fascistas. Mientras salía con Eduardo en Londres, Wallis también fue amante de Von Ribbentrop, embajador de Alemania en esos momentos y más tarde ministro de relaciones exteriores de Hitler. Wallis y Eduardo no ocultaban sus simpatías por el nazismo. Ante esta situación tan incómoda, el gobierno británico consideró que era necesario filtrar a la prensa las fotos de los enamorados, que se veían a ocultas, para que perdiera el prestigio que tenía el rey Eduardo VIII ante el pueblo. Lo “obligaron” a abdicar.

A los pocos meses de su matrimonio en Francia, corrieron a Berlín donde Hitler, muy inteligentemente, trataba a Wallis de “Su Alteza Real”, título que tenía prohibido en Inglaterra. Wallis se sentía en las nubes. La idea de Hitler era, al invadir Inglaterra, restaurar en el trono a Eduardo con Wallis y que fueran sus vasallos. Cuando se declaró la guerra entre Alemania y Francia e Inglaterra, Eduardo descaradamente se dedicó a visitar el frente francés para informar a los alemanes por dónde era más fácil entrar e invadir Francia.

En los archivos de la seguridad del M15 de Inglaterra han desaparecido todos los documentos que hablan del tema, pero no así en los de la seguridad francesa, dónde queda muy claro que este matrimonio no era lo que decía ser. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial huyeron de París y se establecieron en Portugal. Ese país era neutro y un verdadero nido de espías de todos los bandos. Los ingleses, ante el temor de que los duques continuarán trabajando para los alemanes o de que fueron secuestrados, pusieron océano de por medio y los mandaron a las Bahamas en calidad de gobernadores de esa posesión inglesa. Entonces las Bahamas no era el exótico destino turístico de hoy, sino una zona pobre y fea. Wallis, tan amante del fasto y las fiestas, se aburría enormemente en las Bahamas. Visitaron Cuba para “divertirse”. En 1941 estuvieron en Miami y fue en ese momento que el FBI les abrió su expediente.

Después de la guerra vivieron en París. Solo pensaban en joyas, vestidos de grandes modistos, comer a diario en Maxim’s y rodearse de la socialité europea.

A la muerte de Eduardo VIII, durante su sepelio, la Reina Isabel le preguntó a Wallis que el día que llegara el momento a qué lado de la tumba de Eduardo quería ser enterrada. Respondió que ella siempre había vivido a la sombra de su esposo y que quería estar del lado de la sombra. La vejez de Wallis Simpson fue infame.

Hubo que hacerle una operación de úlcera y sus empleados y doctores alargaron durante años su suplicio para no matar a la gallina de los huevos de oro. Su abogada le robaba, su banquero le robaba y fue así que falleció sola a la edad de 90 años.

Lo único que hizo este matrimonio por el prójimo durante su vida fue que ella legó todas sus joyas el Instituto Pasteur dedicado a la investigación para la salud. La única condición era que no se utilizara ese dinero en investigación en animales.

Con esta crónica podemos entender que entre los que nos cuentan las revistas del corazón y la realidad hay un gran trecho.

Traductor, intérprete y filólogo. altus@sureste.com

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