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La Dama de la lámpara

Por: Franck Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Entre 1853 y 1856 se produjo una guerra de la que ya pocos hablan. En Rusia gobernaba el Zar Nicolás I y, como los otros zares anteriores, no dejaba de ampliar sus territorios a expensas de lo que en la época se llamaba “el enfermo de Europa”, que no era otro que el Imperio Otomano. Para impedir el avance ruso se hizo una alianza contra natura: Francia e Inglaterra se unieron el musulmán para impedir la expansión territorial del ruso. Fue una guerra muy importante, fue la llamada guerra de Crimea. Crimea es una península al norte del Mar Negro. Hace siglos pertenecía a los tártaros, Catalina la Grande logró arrebatársela a los otomanos, la unió al imperio ruso y en la ciudad de Sebastopol creó un importante puerto naval. Este puerto aún hoy en día es de gran importancia para Rusia. Es el único puerto de ese país que no se congela durante los crudos meses de invierno. Es precisamente ese puerto de Sebastopol por el que aún hoy en día se pelean rusos y ucranianos. En esta guerra de Crimea participó el joven escritor ruso Conde León Tolstoi, de la que narró sus horrores. También fue la primera guerra cuyas noticias se transmitieron rápidamente por el mundo gracias al uso del recientemente inventado telégrafo. Fue también durante esta guerra que una chica inglesa tuvo un papel importante en lo que se refiere al tratamiento de los heridos de guerra y al futuro de la enfermería. Les estoy hablando de Florence Nightingale, exquisito apellido, recordemos que Nightingale es ruiseñor en inglés.

Florence nació en el seno de una familia acomodada en 1820. Sus padres, que viajaban por Europa, le dieron ese nombre a la bebita pues nació en la ciudad de Florencia. Menos afortunada fue su hermana que nació en la ciudad de Parténope y a la que se le dio ese nombre. Pues bien, desde niña Florence fue amante de la lectura y, por sobre todas las cosas, de las matemáticas, lo que no era muy corriente entre las chicas en aquellas épocas. En la medida en que crecía, su familia la preparaba para lo que hacían las señoritas de esa época: buscar un buen partido con quién casarse, de preferencia un hombre muy rico. Pero, a la edad de los 17 años, mientras paseaba por su jardín, tuvo una llamada del Señor que le pedía dedicar su vida al servicio del prójimo. No se trataba de convertirse en monja y vivir en un convento, se trataba de dedicar su vida a los necesitados. Fue en ese momento que decidió estudiar enfermería. Al terminar sus estudios se declaró la guerra de Crimea y partió a Turquía con el cargo de superintendente de los sistemas de enfermeras de los hospitales de las tropas británicas. Con otras chicas, todas de buenas familias, fueron acantonadas en el cuartel de Selimiye en Scutari, cerca de la actual Estambul que aún en esa época se llamaba Constantinopla.

En aquella época la mortandad en los hospitales militares llegaba hasta un 42% de los enfermos y heridos. Florence rápido entendió que tan alto grado de mortalidad se debía fundamentalmente a la falta de higiene en esos establecimientos. De inmediato se dedicó con sus colegas a la limpieza y a la organización del hospital, hizo un informe detallado a las autoridades británicas y sus pedidos fueron escuchados. Incluso la reina Victoria personalmente se ocupó de que a la enfermera Florence Nightingale se le entregara todo tipo de ayuda para que ella a su vez pudiera ocuparse de los heridos de guerra. En Scutari el tifus, la fiebre tifoidea, el cólera y la disentería causaban más muerte que las heridas en combate. Recordemos que de niña Florence tenía una particular afición por las matemáticas y, al momento de hacer sus informes sobre el estado de los hospitales de guerra británicos, sabía que era con estadísticas que podría convencer a las autoridades. A Florence le fue fácil reproducir sus datos con diagramas de red de círculos, que tanto se utilizan hoy en día en estadística. Fue ella quien inventó los diagramas circulares.

En nuestros días consideramos que los preceptos de Florence son muy sencillos y los damos por naturales pero aire puro, agua potable, limpieza, eliminación de las aguas residuales, higiene y luz eran  cosas ausentes en estos hospitales. Pero los heridos de guerra no solo necesitaban higiene, también necesitaban atención y amor. De noche, cuando se suponía que todo estaba bien y las otras enfermeras y el personal médico se retiraban a descansar, Florence salía con una lámpara de aceite en las manos visitando a unos, consolando a otros, secando el sudor de terceros y dirigiéndole una palabra tranquilizadora a todos. Al terminar la guerra, de vuelta a Londres, creó una facultad de enfermería a la que le puso el nombre de Santo Tomás. Allí preparó los programas de estudio que incluso hoy son los preceptos básicos de la enfermería contemporánea mundial.

Pocos años después, cuando se declara la guerra civil en los Estados Unidos, en que los estados del norte y del sur se desangraban por imponer cada uno su punto de vista, Florence fue llamada por sus conocimientos para atender a los heridos de guerra en los hospitales. A Florence le debemos que la profesión de enfermera sea una profesión digna y respetada para las mujeres, eliminando el viejo concepto que de ellas antes se tenía. Ya en tiempos de paz y de vuelta a Londres se preocupó por el estado de salud de los pobres de esa ciudad y también luchó por ellos. Florence Nightingale murió  a la edad de 90 años en 1910 por todos querida y respetada.

(*) Traductor e intérprete, correo electrónico:  altus@sureste.com

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