martes , agosto 4 2020
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La amante de Mussolini

Por:  Franck Fernández(*) 

Fuente: Diario de Yucatán

La Historia nos ha demostrado que muchos de los tiranos y dictadores tienen dos rostros, uno es el que muestran en público, al pueblo, tratando de demostrar una potencia, vigor y fuerza de la que realmente carecen; otros hacen vivir a su familia los mismos endemoniados gestos y acciones que presentan al pueblo. Mucho se ha hablado de la teatralidad de Adolfo Hitler, de cómo se paraba ante un espejo para ensayar los gestos electrizantes con los que acompañaba sus discursos para darle mayor fuerza. Otro dictador que mostró fanfarronería, teatralidad y exacerbación del machismo fue un italiano, precursor de Adolfo Hitler en cuanto a sus creencias de extrema derecha, Benito Mussolini.

Benito Mussolini comenzó como un joven periodista, se afilió al partido socialista y más adelante fundó el partido fascista. Como joven, hay que decir que no era muy agraciado, sin embargo, tenía una muy bien ganada fama de “latin lover”. Siendo joven tuvo un hijo con una austriaca la que, después de muchos escándalos, logró que lo reconociera como propio. Se casó sin amor con la que fuera su esposa, Rachele Guidi, que fue la que le dio sus otros cinco hijos. Pero Mussolini tuvo multitudes de amantes. Se habla de unas 600.

Cuando llegó al poder, Mussolini instaló sus oficinas y la sede del gobierno en el Palazzo Venezia, a un costado del hoy monumento a Víctor Manuel II y a muy pocos pasos del Foro Romano. Se llama Palazzo Venezia porque, en la época en que Italia era un sinfín de estados y Venecia era una República independiente, en este edificio la Serenísima, que así se le llamaba a Venecia, tenía su embajada ante el Vaticano. Las mujeres que venían a encontrarse con Benito en su oficina las hacían pasar por una puerta. Pero, las que venían más de una vez, los celestinos del dictador las hacían pasar por otra puerta para que así el Duce recordara que esa no venía por primera vez.

Tan fulguroso era Benito que a casi todas les hacía el amor tirados sobre la alfombra, sobre el escritorio o incluso aplastándola contra una pared. Eso no quiere decir que en el local no tuviera una cama muy resistente, porque Benito era un hombre corpulento y necesitaba una cama fuerte para soportar su humanidad. También había un bidet cerca a disposición de las damas para después del encuentro.

Entre los romanos de buena posición se encontraba la familia Petacci que tenía varios hijos. Uno de ellos era una joven, muy hermosa mujer, Clara, que era el orgullo de sus padres. El padre era doctor, dueño de la Clínica del Sole, para la clase alta de la capital italiana. Tan reconocido era en su profesión que era el doctor de cabecera del papa Pío XI. La madre de Clara era una mujer extremadamente católica y era raro verla sin un rosario en las manos. La niña estaba destinada a ser la esposa de un adinerado marido y para eso había sido criada. Excelentes modales, muy buena cultura general, tocaba de violín, pero, aparte de eso, la niña no sabía hacer nada más.

Ella, como muchas otras mujeres de Italia, soñaba con tener una relación con el Duce. Quizás era que simbolizaba poder, quizás porque destilaba macho por cada uno de sus poros, quizás por el hecho de llevar vistosos uniformes… Clara tenía al lado de su cama un portarretrato con la imagen de su ídolo y desde jovencita le escribía ardientes cartas de admiración que, lo más probable, jamás llegaron al escritorio de Mussolini. Un día de verano de 1932, la familia Petacci se dirigía al Lido de Ostia, la playa de Roma, cuando un flamante Alfa Romeo descapotable deportivo rojo pasó a alta velocidad por al lado del Lancia de los Petacci. De inmediato Clara reconoció en el chofer a su ídolo Benito. Le dio la orden al chofer de acelerar para alcanzar aquel bólido rojo. En un momento en que Benito hizo un alto en la carretera, de inmediato fue asaltado por la ferviente admiradora. A estas alturas, Clara tenía 20 años y Benito 49. Al novio de Clara, que también los acompañaba, solo le quedó mirar como su prometida coqueteaba descaradamente con Mussolini. Ya en la playa, tuvieron alguna fugaz conversación hasta que el novio, dándose cuenta de lo que era muy evidente, se acercó a interrumpir la conversación.

Dos días más tarde, Clara visitaba al Duce en su Palazzio de Venezia. Claro, las primeras veces la madre servía de chaperona. Pero algunas personas, ante la posibilidad de que su hija sea la amante de algún alto personaje, dejan al lado sus creencias y convicciones. Durante las visitas al Duce, Clara no era la excepción, tenía que pasar a las oficinas de Benito de forma discreta para que la esposa, Rachele, no se diera cuenta de la situación. Pronto la madre dejó de fingir el inútil papel de chaperona y Clara tuvo su apartamento dentro del Palazzo de Venezia. Claro, esto tampoco hizo que Benito dejara de saltar de mujer en mujer.

Para cubrir las apariencias, Benito le pidió a su amante que se casara con su pretendiente del que evidentemente más tarde se separó. No hubo divorcio porque en Italia el divorcio no existía en aquella época. Clara fue la confidente de todos los secretos de Estado del Duce, o al menos así ella se lo creía. Escribió un diario al que le confesaba no solo las intimidades propias de una pareja, el antes, durante y después del acto, sino también todos los comentarios que le hacía su elevado amante sobre sus contactos con Hitler y conversaciones secretas con algunos dirigentes enemigos.

Cuando los aliados lograron invadir Italia por el sur procedentes del norte de África, el Consejo Fascista, con el apoyo del Rey Víctor Manuel III, destituyeron del cargo a Benito y de inmediato fue arrestado. Se instauró en Italia un gobierno más proclive a salir de la Entente que había formado Benito con Alemania y Japón para acercarse más hacia los aliados ante lo arrollador de las tropas aliadas hacia Alemania. A Benito se le recluyó en un hotel de montaña en el mayor de los secretos. Mientras tanto, Clara, desesperada, aguardaba por noticias en Roma. Hitler, para quién era importante tener un aliado en el sur de Europa, se las agenció para averiguar dónde se encontraba recluido Benito y allá envió tropas de élite a rescatarlo. Los alemanes lograron liberar a Mussolini sin disparar un solo tiro. Lo llevaron a Múnich y de inmediato Hitler lo devolvió a Italia, pero ya como fantoche, un pelele que respondía a las órdenes de la Gestapo. Organizó en el norte Italia lo que llamó República Social Italiana o también conocida como Republica de Saló, porque era en ese pequeño pueblo que estaba la sede del gobierno. Corriendo fue Clara a encontrarse con su amado.

La familia Petacci, que tenía una posición económica muy holgada y no necesitaba favoritismos de un personaje tan influyente, sí supo beneficiarse de las ventajas de tener a Clara en tan encumbrados niveles. Los italianos veían con desagrado esta familia involucrada en corrupción y nepotismo. Todas las simpatías que tuvo Benito entre el pueblo habían diezmado por las numerosas guerras en las que había hecho participar a Italia con la pérdida de casi medio millón de jóvenes. Todos los italianos veían como Alemania cada vez tenía menos posibilidades de ganar la guerra y las simpatías iban cada vez más hacia los Aliados. Ante el avance de los aliados procedentes del sur, era obvio que la República Social Italiana o República de Saló no tenía ningún futuro. Mussolini, en compañía de Clara y de algunos miembros de su gobierno, se escondieron en camiones militares alemanes y huyeron al norte, con la intención de llegar a la frontera suiza y poder refugiarse allí. Desafortunadamente para ellos, a 20 km de la frontera los partisanos, que es así como se les llamaba a los guerrilleros italianos que luchaban contra el fascismo y la ocupación alemana, lograron detener el convoy y fácilmente reconocieron a Mussolini entre los jóvenes soldados alemanes. Hubo un juicio sumario y todos fueron condenados a morir. Desde Radio Milán Libre se daba la noticia que había sido capturado el dictador y que merecía “morir como un perro rabioso”. A partir de aquí hay dos historias.

Dos bandos diferentes de los partisanos se adjudican el ajusticiamiento de Mussolini y los suyos. En una de estas versiones, Clara no iba a ser fusilada. Sin embargo, ella pidió estar al lado de su hombre y correr su misma suerte. La otra versión dice que desde un comienzo Clara había sido condenada a muerte. Lo que sí es real es que, a la tarde del día siguiente, la pareja junto con los otros miembros del gabinete de Benito, incluso un hermano de Clara, fueron entregados ya en estado de cadáver al pueblo de Milán en la Piazzale Loreto. Aquí los cuerpos fueron salvajemente ultrajados, al punto de no ser reconocidos. Golpes, blasfemias, escupitajos, patadas, hasta orina recibieron los cuerpos. La Piazzale Loreto fue escogida porque, tiempo antes, había sido el escenario del fusilamiento de un grupo de partisanos comunistas y era una forma de redimir su memoria.

El pueblo infringió tanto daño  a los cuerpos, que los organizadores decidieron colgarlos de los pies del techo de una gasolinera Esso que allí se encontraba para que ya no los pudieran lastimar más. La falda de Clara, por acción de la gravedad, había caído y mostraba sus prendas interiores. Algunas mujeres allí presentes, por simpatía de género, pidieron que se le amarrarse la falda a las piernas con un cable y así no mostrar más sus interioridades. Finalmente, los cuerpos fueron llevados a una fosa común del cementerio Mayor de Milán y enterrados en secreto para evitar que sirvieran de culto. A los pocos días, el cuerpo de Mussolini fue rescatado por un grupo de fascistas, la policía logró recuperar y ocultar el cuerpo del dictador hasta que ya en los años 80 fue devuelto a su familia y reposa en la cripta familiar del pueblo de Predappio, de donde son originarios los Mussolini. Esa tumba aún hoy día es visitada por neofascistas simpatizantes de las nefastas ideas de Benito.

En cuanto a Clara, en lo personal creo que ella fue únicamente culpable de amar al hombre equivocado, al que se le entregó hasta el último momento, del que soportó infidelidades y saber que nunca sería su esposa legítima, que tuvo la valentía de morir a su lado mientras su legítima esposa huía al extranjero con sus hijos. Cierto que su familia se supo aprovechar de la situación y que ella tuvo una vida espléndidamente holgada dentro de las necesidades que pasaba el pueblo italiano en periodo de guerra. Cada cual es juez.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico altus@sureste.com

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