miércoles , junio 3 2020
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Humanidad en la pandemia

Antonio Salgado Borge (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Mary Mallon nació en Irlanda en 1869 y emigró a Estados Unidos 15 años después. Como muchas personas irlandesas de la época, Mary salió de su país en busca de cualquier oportunidad de trabajo capaz de garantizarle su subsistencia.

Cuando llegó a Estados Unidos, Mary se empleó como cocinera en siete distintos lugares. En cada una de las siete ocasiones, las personas para las que Mary trabajaba o sus compañeros de trabajo desarrollaron padecimientos como fiebre y diarrea. Algunos incluso fallecieron. Finalmente, en 1906, 10 de los 11 miembros de la familia para la que Mary trabajaba fueron adecuadamente diagnosticados: todos tenían tifoidea.

Dado que esa enfermedad no correspondía al lugar de residencia y a la clase social de los afectados, la familia contrató un investigador para averiguar cómo este fenómeno había sido posible. Después de un exhaustivo trabajo, el investigador encontró el historial de empleos de Mary. El departamento de salud de Nueva York determinó que Mary era una portadora asintomática de tifoidea. Su trabajo implicaba contacto con alimentos, como la recolección de frutos, que en ocasiones no iba acompañado de un correcto lavado de manos. El misterio estaba resuelto.

Mary fue obligada a pasar cuarentena en una clínica en una isla solitaria durante tres años. Se le permitió regresar con la promesa de que no volvería a emplearse en cocinas. Inicialmente cumplió lo acordado; pero los trabajos que obtuvo no pagaban lo suficiente y, dado que su única habilidad laboral estaba en la cocina, Mary terminó rompiendo su promesa. Desde luego, los brotes de tifoidea reaparecieron inmediatamente. Mary fue entonces enviada de vuelta a la isla, donde pasó más de veinte años en cuarentena hasta su muerte.

En tiempos de una pandemia global tremendamente disruptiva, el caso de Mary, mejor conocida como “Mary Tifoidea”, es paradigmático en dos sentidos.

(1) En un sentido individual, este es quizás el caso más famoso de la portación asintomática de una enfermedad. (a) La ola de enfermedad que esparció la irlandesa es un contundente recordatorio de que no es necesario parecer enfermo o “contagioso” para serlo. (b) Pero también es un recordatorio de que cada individuo tiene una responsabilidad ineludible cuando puede incidir en la vida de otros.

Para ilustrar, imaginemos el caso de Juan, un yucateco de 25 años y de nivel socioeconómico medio-alto que hasta el 5 de abril de 2020 no ha mostrado ninguno de los síntomas asociados con el Covid-19. Juan no pertenece, ni por edad ni por estrato socioeconómico, a los grupos en más riesgo. Tampoco está, como muchas personas, obligado a salir a trabajar para poder comer ese día. Por ende, Juan se mueve voluntariamente por Mérida con relativa tranquilidad a pesar de la cuarentena. Aunque no participa en fiestas, visita amigos —uno por uno, claro—, compra y no sigue todas las recomendaciones oficiales.

En estos momentos, Juan podría ser portador de Covid-19. De acuerdo con datos recientes, 25% de las personas infectadas no desarrollan síntomas (“The New York Times”, 31/03/2020). Pero a su paso podría ir, como Mary, contaminando a aquellos que sí los desarrollarán, incluyendo a personas que pertenecen a grupos vulnerables.

Juan se considera una buena persona y se ha prometido que jamás dañaría intencionalmente a otras. Pero también está al tanto de los riesgos que su comportamiento representa. Entonces, está literalmente apostando a que no es transmisor y que no afectará a terceros. Dado que una apuesta implica riesgo, y considerando que Juan sabe lo que el público debe saber del Covid-19, como Mary, pero sin necesidad de hacerlo, él está rompiendo su promesa.

Lo que Juan tendría que hacer es, desde luego, quedarse en casa. Pero si por cualquier motivo se ve obligado a salir, es seguir al pie de la letra las recomendaciones establecidas por el gobierno de México. Es decir, Juan tendría que tomar sistemáticamente todas las medidas que le ayuden a minimizar la posibilidad dañar a otras personas.

(2) En otro sentido, el caso de Mary es paradigmático porque muestra que cuando hay amenazas a la salud pública, frecuentemente los gobiernos recurren a medidas excepcionales que pueden poner en riesgo libertades individuales. Con el fin de proteger a los ciudadanos de Nueva York, por volver a trabajar en una cocina para poder comer, Mary fue confinada, contra su voluntad y sin respetar sus derechos, a permanecer décadas en un lugar aislado en una época en que no había televisión, internet o teléfonos celulares. Es fácil ver que hubiera bastado con ofrecer a Mary un subsidio o un trabajo que le permitiera sobrevivir.

La pandemia global ha implicado también acciones gubernamentales radicales. Pero incluso dentro de la crisis producida por el Covid-19 es preciso distinguir las arbitrarias de las que tienen sentido. Por ejemplo, el gobierno de Hungría ha aprovechado la ocasión para pasar medidas de “emergencia” sin tiempo límite que permiten gobernar por decreto y encarcelar a quienes difundan “desinformación” —desde luego, es el propio gobierno quien decide lo que constituye o no “desinformación”— (“The Guardian”, 30/03/2020).

En México, el anuncio del gobierno de Mauricio Vila de que castigaría con cárcel a las personas que habiendo sido diagnosticadas no cumplan con el aislamiento ha sido calificada por Estefanía Vela, directora de Intersecta —una reconocida organización dedicada a la promoción de políticas públicas para la igualdad—, como “preocupante” (Animal Político, 31/03/2020).

El periódico “El Universal” puso a Vila, junto con Miguel Barbosa, de Puebla, en la canasta de gobernadores “exagerados” y “nerviosos” (30/03/2020). Esto sin contar con que una preocupación real en el mundo es cómo hacer para evitar que las cárceles se conviertan en incubadoras del Covid-19 —las prisiones son consideradas actualmente uno de los campos de batalla más importantes para atajar este virus.— (“The New York Times”, 31/03/2020).

En realidad, además de establecer cuarentena general, lo mejor que puede hacer un gobierno ante esta pandemia no es establecer medidas coercitivas o autoritarias, sino establecer una cadena de estímulos para que la menor cantidad de gente se vea, como Mary, obligada a salir de casa. Por ejemplo, Oxfam México recientemente recomendó a los gobiernos enfocarse a “transferencias no condicionadas” para los más pobres; es decir, repartir recursos sin esperar nada a cambio durante el tiempo que sea necesario.

Finalmente, personas como Juan no tienen la necesidad de salir de casa. Una vez que pase la cuarentena, es a este mismo grupo de personas —incluidas las dueñas de pequeñas empresas y las que trabajan en la informalidad— a quienes deben ir dirigidos los esfuerzos gubernamentales. En este sentido una propuesta digna de ser tomada en serio es la planteada en estas páginas por la doctora Dulce María Sauri: canalizar los 2,000 millones de pesos que no se han ejercido del programa “Yucatán Seguro” para la atención de esta emergencia (“Diario de Yucatán”, 01/04/2020).

El empleo de estos recursos en mejorar servicios de salud y apoyar a quienes han sido dejados en ruinas por la crisis del Covid-19 no sólo sería una decisión humana y racional, sino que, aunque nuestros gobernantes recientes no han terminado de creerlo, contribuiría a atender algunas de las principales causas de la inseguridad en el estado. Recordemos que los gobiernos de Rolando Zapata y de Mauricio Vila han apostado por reforzar el modelo de “Estado policía” con compras de equipos, pero poco o nada de atención han puesto a atender la raíz social del problema. Si se trata de afrontar la violencia con acciones radicales y poderosas, esta sería la más contundente.

El caso de Mary es paradigmático tanto en el papel de los individuos como en lo que concierne a las acciones radicales que pueden tomar los gobiernos ante una pandemia. Si bien las responsabilidades de unos y otros son distintas, la lección es una y la misma: salvar vidas humanas demanda actuar humanamente.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Antonio Salgado Borge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (Itesm)

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