miércoles , septiembre 23 2020
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Guillermo Tell

Por: Franck Fernández(*)

Fuente: Diario de Yucatán

Cuando escuchamos hablar de Suiza, lo primero que nos viene a la mente son relojes de primera categoría, bancos, excelentes quesos, chocolate y neutralidad. Este país se ha caracterizado en todas las últimas contiendas por ser un país neutro. Ésta es una de las razones por la que los grandes capitales del mundo vienen a refugiarse en los bancos suizos. Otras cosas en la que pensamos al hablar de este país son en su estabilidad política, su alto nivel de desarrollo y la libertad. Pero la libertad se la tuvieron que ganar los suizos con mucho esfuerzo y ello desde hace ya mucho tiempo.

Debemos remitirnos al comienzo de los años 1200 y a la famosa dinastía de los Habsburgo, de la que uno de sus miembros desempeñaban el papel temporal de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El título de emperador del Sacro Imperio Germano-Romano no era hereditario, sino que a la muerte de un emperador se elegía uno nuevo. Algunos territorios se fueron uniendo a esta entidad territorial imperial por alianzas matrimoniales, otros por decisión propia del país y otros territorios o países fueron anexados a la fuerza.

Resulta que el emperador de este Sacro Imperio Romano Germánico (el primer Reich) quería unir sus territorios del norte con los del sur. Lamentablemente en el camino estaban los llamados cuatro cantones que circundan el lago que lleva precisamente el mismo nombre: Lago de los Cuatro Cantones. Cantón es una entidad administrativa, digamos que es como un municipio. Otros países también tienen sus divisiones territoriales en cantones como es el caso de El Salvador. Pues bien, las tropas del emperador invadieron estos cantones que mostraron una feroz resistencia ante el agresor. Al instalarse las tropas invasoras en los pueblos y ciudades, nombraron a alguaciles cuya misión era mantener el orden imperial. Altdorf era uno de estos pequeños poblados y el lugar donde vivía un leñador muy hábil en el uso de la ballesta y en el manejo de las barcas que cruzaban el lago. Su nombre era Guillermo Tell. Guillermo Tell ya se había enfrentado a las tropas imperiales, lo que lo había obligado a irse a vivir con su familia escondido en las montañas. Iba al pueblo solamente cuando la necesidad de alimentos se lo imponía. Así estaban las cosas cuando una vez bajó Guillermo Tell a Altdorf acompañado de su hijo Walter.

Grande fue su sorpresa cuando vio que, en la plaza del pueblo, sobre un gran mástil, habían colocado un sombrero. Era el sombrero del alguacil de este poblado llamado Hermann Gessler. Este alguacil, particularmente cruel con cualquiera que quisiera sublevarse contra la dominación imperial y con el fin de humillar a los habitantes, los obligaba a hacer la reverencia delante de su sombrero cada vez que pasaban frente a él. Por desconocimiento o por desobediencia, nuestro Guillermo Tell decidió no saludar el sombrero y de inmediato fue arrestado por los soldados. Pronto Gessler reconoció a Guillermo Tell por sus protestas pasadas. Le recordó que su acto de desobediencia lo condenaba a la muerte pero que le salvaría la vida si demostraba que, con un tiro certero de su ballesta, podía cortar en dos una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo y ello a 100 pasos de distancia. A pesar de ser tan buen ballestero y tener tan buena puntería, Guillermo prefería con mucho morir antes de poner en peligro la vida de su hijo. Sin embargo, Walter, su hijo, tanto insistió confiado en la habilidad de su padre, que Guillermo aceptó la proposición.

Todos en el pueblo esperaban ver cómo se desarrollaban los acontecimientos y, como había previsto Walter, de un solo flechazo y a 100 pasos de distancia, Guillermo cortó la roja manzana que estaba en equilibrio sobre la cabeza de su hijo. Furioso de rabia, Gessler le preguntó a Guillermo Tell para qué servía la segunda flecha que tenía a sus espaldas, a lo que Guillermo respondió que estaba destinada a su corazón en el caso en que no acertara y matara a su hijo. Como ya Gessler había prometido no quitarle la vida, lo condenó a cadena perpetua en un castillo del otro lado del lago. Allá se dirigieron y cuando estaban a la mitad del lago se desencadenaron los elementos provocando una violenta tempestad. Gessler y los otros ocupantes de la barca sabían que el único que podía llevarlos hasta la orilla sanos y salvos era el propio Guillermo. Lo desataron y le dieron las riendas de la barca. Una vez en la orilla, rápidamente saltó Guillermo Tell a tierra firme y, con un fuerte impulso, empujó nuevamente la barca hacia el agua. Una vez amainada la tempestad, los ocupantes ganaron la orilla y se dirigieron al castillo. En el camino los esperaba escondido Guillermo Tell. Fue el momento en que cumplió su promesa; con la flecha que le quedaba atravesó en dos el corazón del odiado alguacil.

Esta es una historia muy bonita, pero nada demuestra la existencia histórica de este personaje. De hecho, la historia de la ballesta y la manzana ya la podemos encontrar en tradiciones anteriores danesas e islandesas. Lo cierto es que Guillermo Tell ha quedado en el corazón de los suizos como un héroe que luchó por la liberación de los primeros cantones que formaron esta nación. La resistencia de los suizos fue tan grande que las tropas del emperador del Sacro Imperio tuvieron que retirarse. Estos primeros cantones fundadores fueron el origen de la nación Suiza tal y como la conocemos hoy, que cuenta con un total de 26 cantones.

En Suiza existen cuatro idiomas oficiales: el francés, el alemán, el italiano y el romanche. El romanche es una antigua lengua romance hablada por pocos habitantes de este país, pero dentro de un marco democrático, hace que también sea un idioma oficial al lado de los otros que son mayoritariamente hablados. La fiesta nacional de Suiza se celebra cada primero de agosto porque fue en el mes de agosto del año 1291 que se firmó un acuerdo llamado Pacto Federal mediante el cual los tres primeros cantonés: Uri, Schwyz y Nidwalden firmaron un acuerdo de colaboración mutua y de defensa ante agresiones externas. Poco a poco otros territorios fueron uniéndose a lo que en aquella época se llamaba Confederación Helvética, que aún sigue siendo el nombre oficial de este país.

Esta historia o leyenda de Guillermo Tell ha servido en múltiples ocasiones a artistas, escritores y músicos como tema de inspiración. Importante es la ópera escrita por el gran compositor italiano Giacomo Rossini en una ópera homónima. Les invito a buscar su obertura en YouTube. Reconocerán esta famosa obra, muy utilizada en programas de televisión y en publicidades comerciales. Rossini supo magistralmente narrar la cabalgata de Guillermo Tell sobre su corcel mientras luchaba contra el invasor y la tempestad que azotó el lago, así como su posterior calma. Disfrútenla.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico:  altus@sureste.com

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