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Espacios simbólicos e identidades

Sexismo y machismo

Mario José Lope Herrera (*)

La necesaria irrupción del papel protagónico de la mujer en la segunda mitad del siglo XX se hubiera dilatado unas décadas más de no ser por la clarividencia intelectual de Rosario Castellanos. La chiapaneca fue la única en denunciar en los 70, mediante un discurso frente al presidente Luis Echeverría, que la abnegación era “una virtud loca”.

Entre otras cosas, señaló la falta de oportunidades y de equidad de la mujer frente al hombre. Contextualizando, las palabras de la escritora debieron haber sido un “irreverente” aguijón en el orgullo cultural del machismo mexicano. Hablar de sexismo en 1970 era aplicar al lenguaje folclórico nacional un neologismo difícil de digerir no sólo por la imperante hegemonía masculina, sino por la incipiente identidad de género que no fue abordada en México hasta que Rosario Castellanos empuñó la pluma.

Influenciada por los movimientos sociales de finales de los años 60 en Francia, Castellanos fue devorada por la obra existencialista de Simone de Beauvoir y de narradoras de vanguardia en Europa como Virginia Woolf y Doris Lessing, y la norteamericana Betty Friedan.

Cierto que las mujeres han ocupado espacios en la estratificada sociedad (aún machista) mexicana. Empero, no son ni suficientes ni reales. Y si a este escenario le sumamos fenómenos sociales que mitigan a través del miedo su papel en sociedad, como los feminicidios y su acepción en el imaginario colectivo de “objeto”, se agregan otros fenómenos no menos importantes como la cosmovisión popular de que “la mujer es expropiada de su cuerpo”, como lo afirma la escritora Rosa Beltrán.

De acuerdo con esta última, nuestro lenguaje está sometido a marcas de género que subyacen en nuestra conducta. Heriberto Yépez, en su libro “La increíble hazaña de ser mexicano”, describe los mitos de la femineidad desde el seno materno. Para este autor, el machismo posee una naturaleza que se perpetúa a sí mismo. Es decir, el estereotipo de madre abnegada es la que (sin darse cuenta) reproduce la ideología cultural machista al hacer al hombre-hijo a su semejanza (callada, sumisa, abnegada). Cuando el producto ideológico (el hombre adulto) ha sido moldeado culturalmente, asimilará a su mujer como su propia madre. Y este círculo vicioso se repite, según Freud, en las mujeres, quienes inconscientemente buscarán una pareja de vida con rasgos psicológicos y sociales del padre.

En la sociedad mexicana contemporánea encontramos una simbología sexista que carga de prejuicios la identidad de género. Nuestro lenguaje y su folclor están intrínsecamente ligados a símbolos verbales asociados a la biología sexual del hombre y la mujer. Más allá de “La chingada” que describió Octavio Paz, la supremacía fálica que caracteriza la verborrea mexicana moderna, intuye que la conducta simbólica del hombre sobre la mujer proyecta abnegación y sumisión.

Pero si los espacios en el mundo laboral y académico han sido habitados por mujeres, ¿por qué nuestra sociedad aún se asimila machista? El problema no son los espacios ni las oportunidades que reclamó Rosario Castellanos. El tema es y seguirá siendo sociocultural. Es decir, la educación formal e informal continúa siendo en esencia homocentrípeta: el hombre como centro de la sociedad.

El conocimiento y el poder son tópicos que también definen los límites de la identidad de género. En México las escritoras fueron las que agitaron el megáfono del reclamo social, las que derribaron el mito y situaron su condición cultural, moral y de género fuera del molde concebido por los hombres. Nombres como Elena Garro, María Luisa Mendoza, Nellie Campobello, Josefina Vicens, Ámparo Dávila, María Luisa Puga y muchas más, dejaron un legado cuya lectura revela que la femineidad fue un mito construido socialmente por la cultura predominantemente machista, y que los espacios simbólicos a los que estaba confinado ese mito fueron reemplazados por el arte y el intelecto. Fue un acto de emancipación frente a “la presencia masculina siempre hostil”, diría Elena Poniatowska.

Espacio simbólico denota poder. En el caso de la mujer se le ha confinado, históricamente, a espacios sin trascendencia, aun en Latinoamérica. Para Carlos Monsiváis “el molde del machismo ‘reeduca’, sirve para someter el impulso rebelde, y le quita poder persuasivo a la conducta civilizada”. Sin embargo, aduce que el machismo es “un invento cultural” pues ser macho es una forma de resentimiento del complejo de inferioridad que “freudianiza” al mexicano. La tesis de Heriberto Yépez refuerza esta teoría.

Espacios sociales o simbólicos, la mujer sigue siendo una deuda social y su rol deberá ser estudiado en su contexto sociocultural. Pero más allá de ser estudiado, la mujer es una realidad social cuyo protagonismo histórico será el que le dé un golpe de autoridad a tantos paradigmas de identidad que la han limitado aun desde el seno familiar.— Mérida, Yucatán.

mjlope77@gamil.com

@lopeherrera77

Licenciado en Ciencias Antropológicas egresado de la Uady y escritor

En México, las escritoras agitaron el megáfono del reclamo social, derribaron el mito y situaron su condición cultural, moral y de género fuera del molde concebido…

Fuente: Diario de Yucatán

 

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