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El origen de la Iglesia Anglicana

Franck Fernández(*)

 Fuente: Diario de Yucatán

Cuando en 1517 Martín Lutero clavaba en la Iglesia de Todos los Santos en Wittemburg sus 95 tesis no tenía idea del inmenso terremoto que estaba causando. No eran falsas las justificaciones que daba Martín Lutero. Tampoco dudo de la sinceridad de los sentimientos de los nobles alemanes que siguieron sus tesis. Es necesario reconocer que el papa Alejandro VI fue un Papa que no estuvo a la altura de sus obligaciones en el trono de San Pedro.

Este movimiento de protesta, que ya había tenido otros más o menos de la misma naturaleza en el pasado, se extendió al resto de Europa. Pero no faltaron algunos que se aprovecharon de todo este movimiento de protesta para su propio beneficio personal. Enrique VIII de Inglaterra, el asesino de sus esposas, fue prueba de ello. Pero hagamos un poco de historia.

Para entender todo esto tenemos que remontarnos a la segunda mitad del siglo XV con la Guerra de las Dos Rosas que duró 30 años, de 1455 a 1485. En esta guerra se enfrentaron la familia Lancaster y la familia York por el trono de Inglaterra. A la familia York la representaba una rosa blanca y a la familia Lancaster una rosa roja. Aquello terminó con la subida al trono Eduardo de la familia Tudor con el título de Enrique VII. Enrique VII estaba casado con Isabel de York. Tuvieron dos hijos: Arturo que fue proclamado príncipe de Gales, y Enrique al que destinaban a la iglesia.

Dentro de las pretensiones de los Reyes Católicos de España de casar a sus hijos con el fin de aumentar su influencia sobre otras cortes europeas, la menor de todos sus hijos, Catalina, fue destinada a casarse con Arturo de Inglaterra. Se casaron los dos príncipes a los 14 y 15 años y muy poco tiempo después falleció Arturo por causas desconocidas. Se ha hablado que la muerte fue a consecuencia del sudor inglés, de alguna peste… Sin ninguna descendencia, en primer lugar, por lo reciente de la boda, y, en segundo lugar, porque, como la misma Catalina aseguraba y lo confirman los historiadores, el matrimonio no se había consumado, la princesa española se veía en una corte extranjera viuda y virgen.

En este momento, Enrique, que había hecho estudios de teología por estar destinado a la iglesia, se convierte en heredero al trono de Inglaterra con el título de príncipe de Gales. Anteriormente Enrique ya se había mostrado como defensor de la Iglesia Católica Romana ante los embates de las teorías de Lutero, por lo que el Papa le había acordado el título de “Defensor de la fe”. Ante la necesidad de continuar la dinastía y teniendo ya una princesa real de alto abolengo a la mano, lo normal es que con ella se casara.

Catalina dio a luz tres hijos varones de Enrique. Dos de ellos murieron a baja edad y un tercero nació muerto. Existió un cuarto hijo, pero era una niña, a la que se le puso el nombre de María. Es necesario entender que en Inglaterra no existía la ley sálica, por lo que una mujer podía reinar, sin embargo, la primacía siempre se le daba a un varón. María no era el mejor candidato para mantener la dinastía Tudor recientemente entronizada. Enrique pronto fijó su mirada en una de las damas de compañía de la reina Catalina, Ana Bolena. Ana Bolena era una mujer extraordinariamente astuta y no se le entregaba carnalmente al rey alegando que lo haría solamente el día que estuvieran casados. El tema es que ya Enrique tenía esposa. Sistemáticamente rechazaba los suntuosos regalos que a menudo le enviaba el rey.

Considerando, muy a su favor personal, que el hecho de que sus hijos varones fallecieran era un castigo divino por haber casado con aquella que había sido su cuñada y evidentemente teniendo en mente el deseo de poseer a la que tanto se le dificultaba, solicitó al Papa la anulación de ese matrimonio. En estos momentos, el Papa era Clemente VII, un Médici y en España teníamos como rey a Carlos I de España que no era nada más y nada menos que el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el título de Carlos V, dueño de más de la mitad de Europa. Carlos I era el tío de Catalina de la que se quería divorciar Enrique VIII. Clemente VII, no queriendo enemistarse con el emperador, daba largas al asunto.

Ante la falta de una respuesta del Papa que le fuera positiva, Enrique hizo que una corte eclesiástica inglesa anulara el matrimonio con Catalina. Por esta razón, aquel que había sido considerado “Defensor de la fe”, fue excomulgado. Ante tan inconfortable situación de excomunión, Enrique VIII rompe sus lazos con el Papado y promulga la independencia de la Iglesia Anglicana. Se declara él y sus descendientes como “únicos y supremos representantes de la Iglesia Anglicana”. Todos los nobles ingleses y las personas que estaban alrededor del Rey debían juramentar esta nueva disposición. Huelga decir que el Rey se hizo con las propiedades de los monasterios católicos.

Muchos se negaron a hacerlo porque querían seguir siéndole fieles a la Iglesia de Roma y al Papa. Una de estas nobles familias es la familia Spencer, bien conocida en nuestra época por ser la familia de la difunta Lady Diana, que era católica, como todos sus ancestros. Otro que se negó a reconocer el divorcio, la creación de una nueva iglesia y el rechazo al Papa fue el primer ministro de Enrique VIII, Tomás Moro, gran humanista, escritor y uno de los grandes pensadores de Europa en ese momento. Tomás Moro escribió varios libros, entre ellos el más importante es Utopía. Tomás Moro, como todos los católicos que se opusieran a juramentarle al rey, fue condenado a muerte.

En definitiva, Enrique VIII pronto se cansó de Ana Bolena, que tantos trastornos había causado. Los argumentos fueron que no le había dado hijo varón y una muy socorrida acusación de adúltera y bruja. Ana Bolena solo tuvo tiempo para dar una hija, bautizada como Isabel y que fuera la futura reina Isabel I. La realidad es que el rey ya tenía los ojos sobre otra mujer, Juana Seymour que sí le dio el esperado hijo varón a Enrique, pero Juana falleció dos días después por complicaciones del alumbramiento. Este niño fue Eduardo VII, que reinó a la muerte de su padre Enrique VIII.

Eduardo VI continuó con el anglicanismo. Falleció a la corta edad de 15 años, habiendo tenido solo la posibilidad de reinar durante 6 años. Le sucedió, por tan solo 9 días, Juana Grey, bisnieta de Enrique VII. Finalmente se sentó en el trono de Inglaterra María, la primera de las hijas de Enrique VIII. María había sido criada como buena católica por su madre Catalina. No es de extrañar que María tuviera grandes resentimientos contra todos aquellos que crearon la Iglesia Anglicana y contra sus seguidores, que causaron la separación de sus padres. También consideraba que los anglicanos eran los responsables de que ella y su madre tuvieran que haber vivido recluidas en un castillo lejos de la corte de Londres. A todos aquellos que no quisieron reconocer al retorno del catolicismo a Inglaterra se les consideró herejes y como herejes fueron tratados.

A su muerte la sucedió su media hermana Isabel, la hija de Ana Bolena que tanta agitación había causado en el reino de Inglaterra. Sus detractores la consideraban una bastarda ilegítima, en el sentido que había sido fruto de un matrimonio contraído fuera de los sacramentos de la Santa Iglesia Apostólica, Católica y Romana. Su reinado de 45 años fue un periodo de esplendor para Inglaterra, pero esa… ya es otra historia.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico:  altus@sureste.com

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