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El nuevo “nuevo PRI”

¿Puede ser exitoso el gobierno de Morena?

Por Antonio Salgado Borge (*)

Los eventos que sugieren un posible pacto de impunidad entre AMLO y el gobierno de Peña Nieto han dado forma a dos de los principales reclamos de las más feroces y dedicadas voces críticas del próximo presidente. Alrededor de este supuesto acuerdo se han construido dos narrativas interrelacionadas: que Morena es el “nuevo PRI” y que el próximo gobierno ha fracasado antes de iniciar.

La idea de que Morena puede ser el “nuevo PRI” es en principio aceptable. Sin embargo, esta aceptación depende necesariamente de una importante desambiguación: ¿qué entenderemos por el término “nuevo PRI”? Finalmente, la historia de ese partido es larga, el desempeño de sus gobiernos no ha sido homogéneo y el grado de corrupción ha variado en función de las personas en turno. Además, contrario a lo que suele asumirse, en el PRI también hay individuos capaces y de valía, esto es, sería tanto una equivocación como una injusticia igualar a personas preparadas y responsables, como Ernesto Zedillo o Dulce María Sauri, con gobernantes impresentables, como Enrique Peña Nieto o Ivonne Ortega Pacheco.

Sin embargo, me parece relativamente seguro afirmar que cuando se habla de que un partido es el “nuevo PRI” lo que se quiere decir es que este partido camina de la mano del PRI y que es la más reciente encarnación de la corrupción institucionalizada —que implica también impunidad y acuerdos inconfesables—. Desde luego, si aplicamos equitativamente estos criterios resultaría impreciso decir que Morena es el “nuevo PRI”; lo correcto sería decir que Morena es el nuevo “nuevo PRI”, pues si aceptamos el significado del término “nuevo PRI” entonces tenemos que aceptar que necesariamente anterior a Morena hubo otro “nuevo PRI”: el PAN.

Esta inferencia es inevitable. Finalmente, el PAN, como Morena ahora, ha cobijado durante los últimos años actos a individuos corruptos, ha pactado por debajo de la mesa con el PRI —en palabras de Damián Zepeda (“sinembargo.mx”, 12/09/2018), su exdirigente nacional— y constituyó dos gobiernos, el de Fox y el de Calderón, con niveles de corrupción escandalosos que garantizaron impunidad al PRI y a panistas por igual. Esto es, con base en la misma definición aplicada a Morena, el PAN resulta ser el viejo “nuevo PRI”.

Ahora bien, ¿es Morena el nuevo “nuevo PRI”? Sin duda existe un buen número de evidencias que apuntan en este sentido. Pero anunciar, como si se tratase de una revelación o de un gran hallazgo, que Morena es el más reciente “nuevo PRI” implicaría caer en el mismo error cometido por los fanáticos del próximo presidente: creer que Morena en algún punto fue garantía de honestidad. En este sentido, me permito repetir lo expresado en esta misma columna (17/06/2018) y en otro espacio (“sinembargo.mx”, 01/06/2018): sería de una ingenuidad mayúscula suponer que Morena, un partido que ha cobijado a corruptos, pueden asegurar un gobierno honesto.

Si lo anterior no tuvo más peso en la pasada elección fue porque Morena, el nuevo “nuevo PRI”, competía en la boleta contra “el viejo nuevo PRI” —el PAN— y contra el PRI original el más viejo “viejo PRI”. Esto es, si algo sabía el electorado a ciencia cierta antes de votar es que alguna de las partes temporales del PRI eventualmente terminaría llegando al poder.

Aceptar esta realidad no implica de ninguna manera convalidarla. Para ser claro: la corrupción de Morena y el gobierno de AMLO y sus eventuales acuerdos de impunidad deben ser denunciados y criticados en cada una de sus manifestaciones. Pero lo importante aquí para fines analíticos no es si Morena terminará con la corrupción que caracterizó a los gobiernos del PRI y del PAN —alerta de spoiler: no lo hará—, sino si el gobierno de AMLO podría llegar a cumplir su proyecto de desarrollo que mejore la calidad de vida de millones de personas si renunciara a su promesa de emprender una radical lucha contra la corrupción y la impunidad.

Al menos en principio, esto es posible. El sexenio cardenista (1934-1940) es un referente internacional en materia de justicia social: Lázaro Cárdenas logró cambiar radicalmente, y para bien, la vida de millones de personas. Tras la conquista, las personas indígenas quedaron literalmente pisando siempre propiedad ajena, sin un pedazo de tierra dónde caer muertos y llegaron a ser castigados y esclavizados por ello.

Tuvieron que pasar siglos para que esto cambiara. Y esto ocurrió en la segunda mitad de los 30, cuando Cárdenas, contra la resistencia de los grandes terratenientes —incluidos prominentes hacendados yucatecos—, se encargó personalmente de garantizar que las tierras concentradas en manos de un puñado de personas fueran divididas y luego repartidas a cada persona que así lo deseara. Además, Cárdenas se esmeró en construir, por primera vez desde la conquista, un sistema educativo, gratuito y laico accesible para los individuos más pobres. Vale la pena subrayar que Cárdenas logró todo esto sin inestabilidad económica y con el aval, hacia el final de su gobierno, de las clases medias y de un buen número de empresarios. La escritora Rosario Castellanos retrata así, en su novela Balun Canán, el sentir de los desamparados durante el gobierno cardenista.

“En Tapachula fue donde me dieron a leer el papel que habla. Y entendí lo que dice: que nosotros somos iguales a los blancos…

“—¿Sobre la palabra de quién lo afirma?

“—Sobre la palabra del Presidente de la República….

“Felipe contó entonces lo que había visto. Estaba en Tapachula cuando llegó Lázaro Cárdenas. Los reunió a todos bajo el balcón principal del cabildo. Allí habló Cárdenas para prometer que se repartirían las tierras…

“—El Presidente de la República quiere que nosotros tengamos instrucción. Por eso mandó al maestro, por eso hay que construir la escuela”.

La redistribución y el papel protagónico del Estado durante el gobierno de Lázaro Cárdenas permitieron que millones de personas accedieran por primera vez a una vida digna. No es ninguna sorpresa que Cárdenas hubiera sido popularmente adorado sin ser un presidente populista. Sin embargo, el gobierno cardenista distó mucho de ser un referente en materia de combate a la corrupción. Es un hecho documentado que algunos integrantes de su gobierno y de su partido, probablemente con la anuencia del propio Cárdenas, traficaron con sus influencias. Lo importante es que un gobierno que no tomó el combate a la corrupción como prioridad transformó positivamente la vida de millones de individuos. Y tal fue el nivel de la transformación que probablemente pocas de las personas dignificadas consideraron relevante si el primer gobierno que reconoció su dignidad era o no corrupto.

Lo dijo un historiador: la historia no se repite, pero a veces rima. Y en este caso la rima aparece cuando consideramos que durante las últimas décadas el poder adquisitivo de millones de personas ha caído drásticamente con la anuencia y complicidad de los gobiernos federales en turno. Así, durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el poder adquisitivo de los mexicanos cayó 11% (“Animal Político”, 02/01/2017), y durante el sexenio de Felipe Calderón, 42% (“Animal Político”, 11/04/2012). Para dimensionar lo que esto implica, vale la pena realizar este sencillo experimento mental: imaginemos que actualmente podemos adquirir tan sólo 50% de las cosas que podíamos adquirir en 2006. Ahora imaginemos que somos parte del 50% de mexicanos que vive con $95 al día.

Un poco de voluntad y de honestidad intelectual bastan para entender lo complicada que se ha vuelto la vida para millones de personas. Tan sólo en la última década, la canasta básica quedó fuera del alcance de 63% de los mexicanos (“sinembargo.mx”, 14/09/2018).

Lo anterior es relevante, pues AMLO llegó al poder en buena medida porque prometió que los pobres serían prioridad para su gobierno. ¿Podrá el nuevo “nuevo PRI” generar mejores condiciones de vida? ¿Podrá deshacerse del nocivo y fallido neoliberalismo e implementaría un modelo económico encabezado por el Estado, capaz de redistribuir y que no obedezca a los deseos de un puñado de empresas? Si bien la corrupción parece un gran obstáculo para responder positivamente a estas preguntas, al menos en principio la posibilidad de que este sea el caso está sobre la mesa.

En caso de ser afirmativas las respuestas a las preguntas anteriores, el nuevo “nuevo PRI” podría ser, al menos durante los próximos seis años, mejor que sus antecesores y podría transformar para bien la vida de millones de personas —aunque, es preciso subrayar, la experiencia indica que a mediano o largo plazo dejar abierta la puerta a la corrupción termina por beneficiar los intereses de los grandes capitales—. Pero de no llegar la redistribución y si el nuevo gobierno no logra generar mejores condiciones de vida para quienes más las necesitan, entonces el nuevo “nuevo PRI” será virtualmente indistinguible del viejo “nuevo PRI” y del PRI de las últimas décadas.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

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