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“El Mesías” nos devuelve la fe

Frank Fernández Estrada (*)

Publicado en Diario de Yucatán

El agradecimiento es un hermoso sentimiento humano. Bienaventurado aquél que sabe agradecer. Y grande es esta deuda cuando se tiene con Él. Hoy les quiero hablar de una magnífica obra musical, una de las más importantes obras maestras de la música, y de su compositor, George Friedrich Haëndel. Haëndel nació en la ciudad de Halle, Alemania, y murió en Londres. Después de una juventud como virtuoso intérprete del violín y del órgano en su Sajonia natal, partió a Italia a impregnarse del arte de la composición de la ópera italiana y, a los 27 años, decide instalarse en Londres.

Durante más de 30 años los nobles europeos le encargaban obras musicales… himnos para coronaciones, oratorios, óperas, sinfonías, músicas para ocasiones especiales como son sus obras Fuegos Artificiales y Música de Agua…. Pero, con el paso del tiempo, su arte va pasando de moda y al fallecer su principal mecenas, la reina Carolina esposa del rey inglés Jorge II, lo dejó sin importantes rentas que de ella recibía. Abrumado por una precaria situación económica, en 1737 sufrió una apoplejía que lo dejó hemipléjico. En aquellos tiempos los doctores aconsejaban en estos casos baños termales en aguas hirvientes en la ciudad alemana de Aquisgrán. El consejo era estar no más de 3 horas al día dentro de estas aguas y Haëndel, en su afán de recuperar su salud, el uso de la mitad de su cuerpo y, sobre todo, sus manos para poder seguir tocando música, incluso pasaba hasta 9 horas en aquellas aguas hirvientes.

Pronto logró sanar y regresar a Londres donde se reanudó su vida de compositor. Pero 4 años más tarde por maledicencias de otros compositores competidores, por problemas con las sopranos, por las apremiantes solicitudes de los acreedores y por una súbita falta de inspiración, Haëndel se encuentra nuevamente ante las puertas del infierno. Como si fuera poco se entregó a los brazos de un falso amigo: el alcohol, que no resuelve problemas, sino que, con su macabra sonrisa, los aumenta. Por las noches no lograba dormir, se iba a caminar por las vacías calles de Londres, atormentado y, en ocasiones, con la idea de saltar de uno de los puentes al Támesis para dar fin a tal martirio. Una noche de agosto de 1741 deprimido, encorvado, bajo los efluvios del mal amigo, llega a su casa. Sobre la mesa lo espera un pequeño paquete sobre el que reconoce la letra del poeta Charles Jennens, que ya en el pasado había colaborado con él escribiendo la letra de los oratorios “Saúl” e “Israel en Egipto”. Se dejó llevar por un horrible acceso de ira, ¿cómo era posible que el ser humano fuera tan ruin y se burlara de un alma en pena? a él que había sido adulado y querido por los grandes. Después del momento de ofuscación abrió al paquete y lo primero que encontró fueron las palabras “Comfort ye”, en antiguo inglés, que significa “Reconfórtese”.

Jennens había escrito sus poemas inspirándose en pasajes del Nuevo y del Viejo Testamento, en particular en las escrituras de Isaías, en las que anunciaba la llegada de un Mesías para la redención del mundo. Estas primeras palabras incitaron al compositor a leer un poco más y él, que casi había renegado de Dios por haberle dado fama, gloria e inspiración ahora perdidas, encontró en estos poemas palabras que estaban como que dirigidas a él en persona. Resurgió la esperanza, volvió el ánimo, se restableció su confianza en Dios.

El oratorio es una obra musical para voz humana, como la ópera, pero con el detalle de que, como trata de temas religiosos, no lleva escenografía ni vestuario especial ni los cantantes actúan. Se mantienen quietos y vestidos con ropas de ocasión. Haëndel era de este tipo de compositor que cuando sentía la inspiración se sentaba largas horas a trabajar, pero, en el caso de esta obra en particular, la fiebre creativa fue mucho más intensa y abrumadora. Durante 24 días compuso intensamente, sin comer ni dormir. Estuvo trabajando en esta obra monumental para cuya interpretación se necesitan más de 2 horas, una orquesta, cuatro solistas y un muy nutrido coro. Al dar por terminada la obra cayó en un sueño soporífero del que no se le podía despertar y que duró 17 horas tras las cuales se despertó para comer y beber y disfrutar gozoso de lo que había compuesto.

En Londres su reputación estaba muy dañada, por lo que estrenó su oratorio, al que llamó “El Mesías” en Dublín en The Great Music Hall. La expectación en la ciudad era inmensa, todos hablaban de la magnificencia de la obra, al punto que por medio de la prensa ante la enorme cantidad de público que se esperaba se les pedía a los caballeros que vinieran sin espada y a las damas con faldas estrechas para facilitar una mayor cabida en el teatro, hay que entender que en la época los teatros no tenían asientos como en nuestros días y se disfrutaba de los espectáculos de pie. El éxito fue inmediato y rotundo. Al salir del teatro los espectadores supieron que habían sido testigos de algo histórico y fuera de lo común.

Las noticias volaron a Londres, donde pronto se preparó el estreno en la capital del reino. A esta presentación asistió al rey Jorge II, viudo ya de la antigua protectora de Haëndel. El final del oratorio está dado por una magnífica parte llamada Aleluya, que es la más conocida en nuestros días. Ante el fervor y la magnificencia de esta obra musical, en el momento de la interpretación del Aleluya, el rey Jorge II se levantó y tras él todo el público de la sala. Desde entonces dicta la tradición que al comenzar los primeros acordes del Aleluya el público debe levantarse, en honor a Haëndel y a Aquél que lo inspiró.

Si bien el Mesías fue estrenado el día 13 de abril de 1472, Viernes Santos, el tiempo y la costumbre ha hecho que se interprete el Mesías en iglesias, teatros y grandes centros de concentración no por la Resurrección del Señor, sino en Adviento dentro de las festividades para celebrar su nacimiento.

Haëndel nunca cobró ni un penique por la interpretación de su Mesías, quería que todo el dinero fuera a obras caritativas y a presidios. Decía: “Yo mismo estuve enfermo y me curé. Yo he sido prisionero y me he liberado”.

Frank Fernández

Traductor, intérprete, filólogo altus@sureste.com

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