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El azote del cólera: recuerdos de épicas batallas sanitarias y ciudadanas

Raúl Alcalá Erosa (*)

Fuente: Diario de Yucatán

“Si la salud es el primero de los bienes, la medicina debe ser la primera de las ciencias” —Cabanis.

A principios de la tercera década del siglo XlX, se comentaban en Yucatán las alarmantes noticias de la aparición del temible cólera mórbus, en el estado americano de Luisiana, especialmente en Nueva Orleans.

Ante tal amenaza, de manera preventiva la Junta General de Sanidad del Estado, por instrucciones del gobernador José Tiburcio López Constante, emprendió la elaboración de un estudio para enfrentarse al posible arribo de la letal enfermedad, designándose para esa labor a los doctores extranjeros residentes Alejo Dancourt y Juan Hübe.

El documento apunta, a manera de prólogo, que los contagios provendrían por vía marítima en los puertos y por vía terrestre por la frontera con Wallis (Belice), que mantenía un notorio tránsito de mercancías de contrabando con Yucatán.

Se recomendaba el establecimiento de comisiones en las principales poblaciones, así como mejoras en las leyes sanitarias, proponiendo como medidas iniciales la implantación de una estricta cuarentena por tiempo indefinido.

Las embarcaciones que arribaran debían anclar en alta mar, con desembarques a base de naves menores del puerto, con controles de fumigación apropiada, así como exámenes individuales de viajeros y tripulantes.

Dichas medidas preliminares no fueron en balde, pues en febrero de 1833 el cólera cobró las primeras víctimas en la cercana isla de Cuba, lo cual extremó las precauciones dado el estrecho vínculo comercial, de salud y cultural con La Habana.

No obstante las medidas precautorias, el 24 de junio del mismo año el cólera cobró su primera víctima en el populoso barrio campechano de San Román.

Once días después se publicó un decreto con las medidas recomendadas, que incluían puestos de cuarentena en los caminos, con especial precaución respecto a la fumigación sanitaria de productos, bultos de envíos y los de la correspondencia postal.

Se dictamina el aislamiento de los enfermos fuera de las poblaciones, como estricta medida, así como la división de las ciudades de mayor número de habitantes en secciones.

La ciudad y puerto de Campeche fue dividida en tres cuarteles quedando éstos bajo los cuidados de los doctores Juán Antonio Frutos , Claro José Beraza y Enrique Perrine. Se instalaron carpas y se acondicionaros predios, a manera de hospitales de emergencia, contando con carretones para el traslado de enfermos y defunciones.

Se ordenó que las farmacias surtieran los medicamentos a las personas de escasos recursos, con cargo a los ayuntamientos correspondientes, permitiendo el acceso restringido de los residentes de los suburbios y barrios a los centros de abasto de alimentos por tiempos limitados, quedando la dirección general bajo el mando del doctor Domingo Duret.

Ante el peligro inminente del arribo del cólera a la ciudad de Mérida, la de mayor población, el gobierno no vaciló en convocar a una junta de emergencia integrada por las máximas autoridades, médicos y ciudadanos relevantes, con el fin de coordinar las acciones a seguir.

El 6 de julio de 1833, el letal cólera mórbus cobró sus primeras víctimas en el barrio de San Cristóbal. Abreviando trámites, los acuerdos tomados se aplicaron de inmediato cuatro días después. Las disposiciones correspondientes constan en el texto oficial titulado “Instrucciones relativas a establecimientos interesantes a la salud pública y especialmente para socorrer a las personas indigentes en la presente epidemia del cólera morbo”. Aquí su contenido:

1) La capital queda dividida en cuatro departamentos, tirando desde el Palacio del Senado una línea de norte a sur, y otra de oriente a poniente.

2) El primer departamento se denominará Santa Ana y comprenderá la parte situada entre la línea que pasa por el arco de Santa Lucía y la que corre pasando por el Cuartel de Dragones.

3) El segundo departamento será el de San Cristóbal, cuyo espacio se contiene entre la línea que pasa por el Cuartel de Dragones y la que sigue por la calle del Uai-já (sic), con dirección a la hacienda Tecoh.

4) El tercer departamento es el de San Sebastián, cuyo espacio se comprende entre la refide de la calle del Uai-já (actual calle 50) y la que sigue desde el Palacio del Senado hacia el poniente, pasando por el arco de Santiago.

5) El cuarto departamento es Santiago, cuyo espacio se comprende entre las líneas que pasan por el arco caído y por el arco de Santa Lucía.

6) En cada departamento quedan establecidos un hospital y botica provisionales bajo la dirección de un facultativo y un regidor.

7) En los hospitales provisionales se recibirán y serán asistidos los desamparados del departamento respectivo que no tengan asistencia en otra parte.

8) Los pobres que tengan asistencia en su casa llamarán al facultativo de su departamento, quien los curará de balde, suministrándoseles del mismo modo en la respectiva botica provisional o en la respectiva botica provisional o en las permanentes, las medicinas con recetas marcadas del propio facultativo.

9) Los médicos se pondrán de acuerdo con los encargados de las boticas provisionales sobre la composición de las recetas, a fin de éstas puedan extenderse con fórmulas y prepararse en lo posible de antemano.

10) Las autoridades vigilarán escrupulosamente, que sin demora sean despachados los que recurran a las boticas permanentes o provisionales a cualquier hora del día o de la noche.

11) El hospital provisional del departamento de Santa Ana queda bajo la dirección del facultativo Dr. Ignacio Vado Lugo.

El joven galeno nicaragüense Vado Lugo, recién establecido en Yucatán, dejó profunda huella por su entrega en las interminables jornadas de sanaciones del terrible mal, y por su posterior dedicación en la integración del plan de estudios en el nacimiento de la necesaria Escuela de Medicina, que a partir de su fundación el 1 de noviembre de 1833, quedó bajo su dirección.

Un mes después la epidemia había amainado al cumplirse de forma ejemplar las medidas sanitarias previstas y aplicadas con rigor y disciplina ciudadana.

Algunos años más tarde una crónica describió la situación durante ese difícil período: “Tan fiero era el azote que multiplicaba sus víctimas, sin permitir a sus deudos volver de su asombro. Casas enteras quedaban vacías por las defunciones de todos quienes las habitaban. El silencio y la soledad de las calles solo eran siniestramente interrumpido por el sonido de los carros fúnebres que, deteniéndose de puerta en puerta , a la señal convenida, recogían a los fallecidos y seguían su marcha a paso lento.

“Las calles y las plazas se iluminaban durante las noches con hogueras que los vecinos encendían frente a sus casas con objeto de purificar la atmósfera. Los pocos médicos eran esperados con ansia en todas partes y también todas eran recibidos con bendiciones; todos supieron cumplir con su deber.

“El joven Vado Lugo, con igual actividad se encontraba en las casas opulentas y en las humildes chozas de los indígenas. La eficacia de sus remedios aumentaba su crédito, y su sola presencia llegó a hacerse un consuelo para las familias y una esperanza para los pacientes”.— Mérida, Yucatán.

raulae@gmail.com

Arquitecto, escritor e historiador yucateco

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