lunes , marzo 25 2019
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Dulce María Sauri: Creer en López Obrador

Dogma de los cien días

Dulce María Sauri Riancho (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Gracias a la tradición instaurada por el presidente Franklin D. Roosevelt, en 1933, se ha vuelto una costumbre política analizar los primeros cien días de cualquier gobierno. Puede que sea muy poco tiempo todavía para diagnosticar la trayectoria definitiva de su administración, pero es lapso suficiente para mostrar algunos rasgos característicos del estilo personal lopezobradorista de conducir al país. Coincido en que no hay nada improvisado en la actuación presidencial. Habló y escribió sobre los temas más polémicos y su manera de abordarlos al ganar la presidencia. Confieso que pensé en algún momento que el arrollador triunfo en las urnas iba a matizar algunas de las medidas más riesgosas y controvertidas. Me equivoqué tajantemente: López Obrador dice lo que piensa y hace lo que dice. Pensó a lo largo de 18 años; comunicó su propuesta en tres campañas presidenciales. Ganó la elección y gobierna desde la superioridad moral de su integridad personal. Nada ni nadie puede hacer variar sus determinaciones. Nadie puede cuestionarlas, a riesgo de ser descalificado/a por pertenecer al mundo de los anti-pueblo, de los deshonestos neoliberales o integrantes del gremio “fifí”, el de los privilegiados.

En mi intento de comprender la manera como se conduce el presidente de la república, he resucitado la definición de Dogma que me enseñaron en mis primeras clases de catecismo, hace más de 60 años. Decía el libro: Dogma “es algo que debemos creer aunque no podamos comprender”. Así hay que creer todo lo que surja de la voz de López Obrador, sean cifras, opiniones, condenas y descalificaciones, alabanzas o vituperios, dirigidos a personas, organizaciones, políticas públicas y gobiernos. Al igual que al dogma religioso, las razones están de más en las conductas políticas de los seguidores del nuevo gobierno. Son sólo las percepciones, los sentimientos de adhesión a “algo” que es mucho más grande que las personas y su ridícula pretensión a entenderlo. López Obrador y sus funcionari@s pueden despreciar los datos del Inegi, los informes de la Auditoría Superior de la Federación, las evaluaciones de Coneval, y todo aquello que pueda contravenir sus opiniones. Así, hay que creer a pie juntillas el abrupto descenso del robo de combustible por el cierre de ductos. Hay que descalificar a las estancias infantiles porque dice el presidente que existían niñ@s “fantasmas”, con adultos que se aprovechaban del subsidio. Hay que cerrar los ojos a las posiciones de las calificadoras internacionales sobre la calidad de la deuda de México. Y habrá que creer que la entrega directa de dinero a las personas vulnerables por la edad, la pobreza o su condición de discapacidad servirá para mejorar de manera sustantiva su vida.

Al igual que en la Edad Media, la narrativa del nuevo gobierno necesita a un enemigo para alimentar y sostener las creencias populares en la infalibilidad presidencial. Los males son culpa del pasado inmediato, de los últimos 30 años que apartaron a México de la senda del nacionalismo revolucionario y la justicia social. La polarización entre el “pueblo bueno”, que apoya sin cuestionamiento alguno a su presidente, y los que se atreven a confrontar alguna de sus decisiones, no augura concordia ni la construcción de acuerdos indispensables para avanzar.

El dogma de los 100 días se sostiene en la nostalgia de un pasado idealizado por el transcurso del tiempo. Cuando México era una economía cerrada, con población joven e instituciones en formación, frente al país de 130 millones de personas, que somos ahora, con graves problemas de desigualdad social y pobreza, en un mundo integrado globalmente, del cual es imposible —e indeseable— sustraerse. En ese mundo añorado, el Estado era omnipresente y responsable exclusivo del bienestar del pueblo. La relación era directa, sin más intermediación que la de un partido hegemónico —que era el PRI— y sus organizaciones campesinas y obreras.

No existían las organizaciones sociales, y apenas comenzaban las oposiciones políticas opositoras a ganar espacios en una sociedad crecientemente urbana y más escolarizada. Volver al pasado significa entonces desconocer a los interlocutores del gobierno que generó la sociedad en los últimos 30 años. Tirar por la borda las instituciones de transparencia y acceso a la información, posiblemente el mismo sistema nacional anticorrupción; hacer a un lado a los órganos constitucionales autónomos, como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Inegi y si se puede, al Banco de México también.

El presidente López Obrador goza de un amplio apoyo ciudadano a cien días de su gobierno. El hartazgo de amplios sectores de la sociedad de la corrupción y la inseguridad y la expectativa creada por un personaje íntegro en su conducta personal, han sostenido medidas difíciles que en otro gobierno hubiesen significado serios descalabros, tales como el desabasto de gasolinas, el repunte de los crímenes violentos en extensas regiones del país, o accidentes sin resolver aún como el de Tlahuelilpan, Hidalgo o la caída del helicóptero de la gobernadora de Puebla. Si a pesar de estos vendavales le ha ido bien al gobierno de López Obrador, ¿por qué habría de cambiar de actitud, revisar sus decisiones más polémicas y recapacitar, si se diera el caso? Si las instituciones y los partidos opositores están débiles, ¿de dónde podría provenir una fuerza capaz de devolver la racionalidad al gobierno? Pienso, creo y espero que sean las organizaciones sociales las que comiencen a horadar la coraza aparentemente impenetrable de la infalibilidad presidencial. Que la oscuridad de los primeros cien días produzca una etapa de Luces, donde predominen el conocimiento y la razón. Que no sea demasiado tarde.— Mérida, Yucatán.

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología por la Universidad Iberoamericana, con doctorado en Historia. Ex gobernadora del Estado y diputada federal del PRI por la vía plurinominal

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