miércoles , julio 17 2019
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Duelo topless

Por: Franck Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Aquellos que crean que esto de los influencers y creadores de tendencias son cosas de nuestros días están  equivocados. Ya antaño había personas que no solo marcaban modas, sino que eran amigos íntimos de la élite mundial, llevaban a la cúspide a aristas y compositores y hacían derramar chorros de tinta con sus acciones en los periódicos, a falta de redes sociales. Hoy les quiero hablar de una mujer a la que hoy en día llamaríamos una socialité. Les quiero hablar de la princesa Pauline Von Metternich. Metternich es un apellido de gran renombre e importancia histórica en Austria. Pero para eso tenemos que hacer un poco de historia.

A la caída de Napoleón,  en Viena  se reunieron los vencedores para organizar un nuevo orden mundial o más bien reconstruir el antiguo. Es lo que la historia conoce como el Congreso de Viena. El objetivo de este congreso fue confirmar la legitimidad de los reyes que habían sido depuestos o cambiados por otros durante la época napoleónica y restablecer a sus antiguas fronteras las naciones del viejo continente. Para la época, el primer ministro del emperador austriaco era Klemens Von Metternich. Fue él el artífice de este importante congreso. Antes de ese congreso también fue él el encargado de organizar la Santa Alianza, unión de casi todos los países de Europa en su lucha contra Napoleón.

Pues bien, con el paso del tiempo nació en Hungría su nieta Pauline, medio austriaca medio húngara. Los contemporáneos decían que era más fea que un mono y más fascinante que una sirena. Ella misma decía de sí que no era fea, que era peor. Su innegable fealdad la supo compensar con un espíritu abierto, con un carácter afable y amistoso aunque fuerte, con una gran facilidad para moverse en los más altos círculos y con una singular inteligencia. Ella se casó con su tío materno.

Como pasaba su vida entre Viena y París tuvo la posibilidad de asistir al primer baile oficial de los emperadores de Francia en el Palacio de las Tullerías. Todas las señoras iban cargadamente vestidas, con grandes adornos en sus enormes vestidos de crinolinas y luciendo pesadas y carísimas joyas. Ella se presentó con un sencillo vestido blanco, solo adornado con margaritas y sin joyas. Huelga decir que fue el centro de todas las miradas y la emperatriz María Eugenia de inmediato le dio conversación para sacarle el nombre del modisto de tan hermoso vestido. Ese fue el comienzo de una gran amistad entre las dos mujeres.

A la caída del segundo imperio fue ella la que ayudó a María Eugenia a huir a Londres y logró sacar su riquísima colección de joyas por vía diplomática.

Pauline también fue amiga de grandes escritores y compositores de su época. Fue la presidenta honoraria de la Orquesta Filarmónica de Viena y la impulsora de la presentación de no pocas óperas. Fue ella la que decidió que ya había durado bastante la moda de las hermosas pero incómodas crinolinas para imponer hacia 1880 vestidos más ajustados y menos voluminosos.

El otro personaje de nuestra historia de hoy era una noble rusa originaria de la antigua Besarabia, lo que hoy en día es Moldavia, y vivía en Viena porque se había casado con un conde austriaco de apellido Kielmannseg. Su nombre era Anastasia. Podemos imaginar que entre Anastasia y Pauline existía una vieja rivalidad pero todo explotó en el pequeño principado de Liechtenstein y, más precisamente, en su capital Vaduz. Se iba a celebrar en esta ciudad una exposición musical y teatral de Viena y las damas se enfrentaron de palabra por un nimio detalle de esta exposición, es decir, el arreglo floral que debía adornar el evento. Como las dos eran de muy fuerte personalidad cada una quería imponer su criterio. La rusa era bastante más joven que la austriaca pero ambas desbordaban de energía. La pelea fue subiendo de tono y como su estatuto no les permitía tirarse al piso para halarse de las greñas, como harían otras, consideraron que la forma más elegante de zanjar la disputa era con sangre.

Aquí quiero hacer un aparte para decirles que tampoco deben creer que esto de la emancipación de la mujer es algo nuevo. Ya en aquella época comenzaban estos movimientos y ya no se consideraba de buen tono que un caballero tuviera que exponerse a una mal herida o incluso la muerte en un duelo para defender a una dama. Pues bien, dentro del mejor marco de la emancipación femenina, estas dos mujeres fueron al campo de honor a lavar con sangre el diferendo. Entre las personas que allí asistieron se encontraba una baronesa polaca que había recibido clases de medicina, era doctora. La polaca consideró que con tanta ropa que llevaban las damas si con la punta del estoque se introducía dentro de la carne de una de ellas un pedazo de tela sucia esto podría generar rápidamente en una infección. De ahí a pensar que lo mejor era que las dos contendientes, la princesa y la condesa, se desnudaran de la cintura para arriba para evitar peligros de infección.

Fueron alejados todos los testigos masculinos para que no pudieran contemplar las carnes de las nobles y de inmediato comenzó el duelo. En el tercer round, si bien la princesa Pauline recibió un pequeño golpe en la nariz, la condesa Anastasia sufrió una herida en un brazo de donde fluyó la sangre. Debo precisar que este duelo se llevó a cabo en el más estricto respeto del código de duelo utilizado por los caballeros. Al darse por terminado el duelo, las “madrinas” rogaron a las duelistas darse un beso y un abrazo como símbolo de reconciliación. A los pocos días circulaba por todo el mundo la historia de las dos nobles que se habían batido en duelo y, de forma aún más singular, topless. Hasta en Los Ángeles un periódico se hacía eco de los hechos. No sé si fueron el orgullo o el hazmerreír de los contemporáneos, el hecho es que este evento, que tuvo lugar en el año 1892, pasó a la historia como el Duelo de las Flores. La princesa Pauline falleció a la muy avanzada edad de 91 años y todavía se habla del escabroso duelo de las dos nobles, la princesa austriaca y la condesa rusa, con los pechos al aire.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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