domingo , junio 16 2019
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Denise Dresser: Vivir con la pata extendida

De mascotas a ciudadanos

Denise Dresser (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Dependientes, domesticados, amaestrados. No ciudadanos con derechos, sino mascotas con instintos. Así percibe el Presidente a los pobres del país y así se refiere a ellos. Una pifia pero muy reveladora; un desliz verbal que evidencia cómo entiende su papel y el del gobierno que encabeza. El Estado no empodera, el Estado da. El pueblo no exige, el pueblo agradece. El Estado no provee oportunidades, el Estado otorga dádivas. El pueblo no cuestiona, el pueblo extiende la mano.

Lo más loable de la 4T ha sido reconocer la pobreza lacerante, la desigualdad indignante. Lo más aplaudible del gobierno lopezobradorista ha sido colocar en el centro de la atención aquello que llevaba decenios en la periferia. El México al cual no hemos querido mirar; el México al cual tantos le tienen miedo. Miedo a los pobres, a los indígenas, a los despojados. Miedo a los que subsisten en la base de la pirámide social vendiendo chicles; miedo a los 17 millones de compatriotas que sobreviven con menos de 20 pesos al día; miedo a los marginados que la modernidad prometida no toca ni alcanza ni transforma. Miedo a la subclase permanente de 50 millones de desposeídos para los cuales el sistema económico no funciona. Millones que ahora recibirán dinero directamente del gobierno y su vida indudablemente será mejor que antes.

Pero aún no sabemos si los nuevos programas sociales crearán condiciones para que los beneficiarios transiten de la dependencia a la autonomía, de la condición de mascotas a la categoría de ciudadanos, de la pobreza a la posibilidad de salir de ella. Aún faltan reglas de operación; aún faltan mecanismos de evaluación; aún faltan métodos de medición. Pero aún así es posible discernir impactos previsibles en función de decisiones anunciadas, como lo explica Máximo Ernesto Jaramillo-Molina en “‘Sin intermediarios’: la política social en la 4T”. En la nueva visión coexiste lo bueno, lo malo y lo feo. Lo positivo de la pensión para adultos mayores y personas con discapacidad, las becas para educación media y superior y “Jóvenes construyendo el futuro”. Lo negativo que entraña la disminución en 32% de los apoyos de Prospera y la re-mercantilización de la política social en estancias y refugios. Lo alarmante del Censo del Bienestar y su andamiaje clientelar. Lo preocupante de programas en marcha sin reglas de operación, con presupuestos al margen del escrutinio. Lo inquietante de los errores, los vacíos y las prisas detrás de iniciativas con buenas intenciones que podrían producir malos resultados.

Resultados contraproducentes como la discrecionalidad de lineamientos que no permitirá generar indicadores claros de cómo medir, contrastar, evaluar. Resultados como la opacidad que abrirá la puerta a prácticas arbitrarias y/o clientelares. El problema no reside en que el Estado regale dinero sino en que lo haga bien. El reto no es solo lograr que el dinero “baje” a quienes más lo necesitan sino que las transferencias estén acompañadas de una perspectiva más integral. Que el Estado teja redes de seguridad social y también lleve al cabo una profunda reforma fiscal. Que el Estado palie la pobreza y encare el problema de la concentración de la riqueza. Que el Estado use la política laboral para construir trampolines de movilidad social. Pero eso requeriría un cambio en la mentalidad presidencial, basada en distribuir y repartir, dar dinero y ser bendecido por ello. El lema tendría que ser “por el bien de todos, también los pobres”.

Para que puedan dejar de serlo. Para que no tengan que cojear de mitin en mitin, esperando la próxima entrega del próximo político. Si la política social de la 4T no corrige los errores detectados y los riesgos vislumbrados, será peor de lo mismo. El argumento de la pobreza urgente para justificar la manipulación persistente. Clientelismo desparpajado y celebrado. Clientelismo al aire libre, diseñado a puerta cerrada. El clientelismo retrasa el desarrollo económico porque desincentiva a los gobiernos a proveer bienes públicos como escuelas, hospitales, refugios y estancias. Vicia la democracia al minar la equidad del voto, porque unos lo usan para comunicar preferencias políticas y otros como moneda de cambio. Perpetúa a líderes autoritarios en el poder porque quienes quisieran oponerse temen las represalias. Y convierte a los ciudadanos en mascotas, obligados a vivir con la pata extendida.— Ciudad de México.

denise.dresser@mexicofirme.com

Periodista

Publicado en Diario de Yucatán

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