lunes , septiembre 23 2019
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Del primor al odio

Una invitación antidemocrática

Antonio Salgado Borge (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Cada vez es más común escuchar que la democracia mexicana está en riesgo. La idea es que las acciones del gobierno federal o de Morena son contrarias a las buenas prácticas democráticas, pues lo que éstos buscan es erosionar a las instituciones para perpetuarse en el poder, como lo hiciera el PRI durante tanto tiempo. O, por ponerlo de otra forma, la idea es que estamos ante un intento de establecer la segunda parte de nuestra conocida “dictadura perfecta”. Mi intención no es ni avalar ni rechazar este argumento. Lo que me interesa es mostrar que si aceptamos que este es el caso entonces tendríamos que reconocer que estamos ante un problema mayor de lo pensado, pues el PRI y el PAN estarían, directa o indirectamente, colaborando en este “proyecto antidemocrático”.

Empecemos por el PRI. En los próximos días, las personas que militan en ese partido tendrán que elegir a su nueva dirigencia de entre una baraja que, repleta de figuras probadamente reprobadas, incluye a personajes como Ivonne Ortega, Alito Moreno o Ulises Ruiz. De Ivonne, poco queda por decir en este espacio. Lo destacable en estos momentos es que la exgobernadora de Yucatán exige al PRI que sea democrático en su proceso y combata la corrupción, cuando en los hechos ha impuesto, con prácticas muy alejadas de lo democrático, a su candidato para dirigir al PRI local y cuando las acusaciones de desvíos durante su gestión no han dejado de acumularse —véase, por ejemplo, el “caso Issstey”—.

Pero lo verdaderamente preocupante es que ella no desentona en esta contienda. Alito Moreno, el actual gobernador de Campeche, ha sido señalado por el veloz incremento en su patrimonio (“Aristegui Noticias”, 17/01/2017). Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca, tuvo una gestión plagada de acusaciones de represión y corrupción. No por nada ha sido demandado formalmente por crímenes de lesa humanidad en La Haya (“sinembargo.mx”, 02/05/2019). Lo importante aquí es que, considerando la naturaleza de su baraja y su proceso interno, si hay algo seguro en el futuro del PRI es que este partido será moldeado de acuerdo con los modos de estos personajes. De esta forma, poco margen habría para renovaciones o para dar espacios a las personalidades priistas más respetadas o capaces de articular una alternativa de renovación medianamente creíble. Dada la imposibilidad real de competir electoralmente con estos personajes a cuestas, son dos las opciones que el PRI tendrá sobre su mesa.

(1) La primera es conformarse con ser un satélite del gobierno de AMLO. Esta opción no es en absoluto descabellada. Al menos por el momento, la inacción del nuevo gobierno ante los evidentes desvíos del anterior permite inferir que hubo un acuerdo, implícito o explícito, entre el presidente entrante y el saliente —una suerte de arreglo similar a los que PRI y PAN pactaron en sexenios pasados—. Mucho se ha especulado que Alito Moreno representa la continuidad de este arreglo, aunque considerando las trayectorias de quienes compiten, esta posibilidad no está cerrada en ninguno de los casos. Lo cierto es que esta opción implicaría que el PRI se conformaría con preservar algunos de sus bastiones y con recibir “recompensas” eventuales por su colaboracionismo.

(2) La segunda opción es que el PRI opte por oponerse férreamente al gobierno de AMLO para capturar los votos de castigo. El problema es que entonces el PRI tendría que buscar ser electoralmente atractivo. Esta atracción difícilmente se generará con base en dinero, pues el PRI ha perdido buena parte de sus recursos y cada vez tiene menos posiciones que le permitan maniobrar en este sentido. Por ende, la competitividad buscada sólo puede venir (a) de una estrategia de reagrupamiento similar a la que hizo a este partido “revivir” en 2012 con la ayuda de Felipe Calderón o (b) de un proyecto serio que ofrezca una alternativa de renovación para el electorado. El problema es que, por lo dicho anteriormente, (b) está fuera de la mesa. Pero también resulta complicado que Morena o el PAN permitan fácilmente que (a) vuelva a ocurrir. Por ende, la posibilidad de ser oposición representa, al menos en el papel, una cuesta mucho más inclinada para el PRI que la que implica colgarse como vagones del fenómeno Morena.

Desde luego, alguien podría argumentar que si lo anterior fuera cierto entonces no habría tantas personas peleando tan duro por dirigir al PRI. Y es que no parece tener mucho sentido buscar el control de un partido cuyas posibilidades de recuperar su participación electoral y su poder son tan marginales. Sin embargo, a esta objeción habría que responder que en México dirigir un partido político, grande o pequeño, implica el control de recursos millonarios. Por ejemplo, tan sólo en 2019 el Partido Verde recibiría aproximadamente 374 millones de pesos, mientras que el PRI recibiría 800 millones (“Animal Político”, 13/06/2018). El caso del Partido Verde es importante aquí, pues muestra cuán lucrativo puede ser un partido aun cuando éste no está diseñado para buscar la presidencia de la república.

Descartado el PRI, uno tendría que preguntarse si la oposición al gobierno de AMLO puede venir del PAN o del nuevo partido dominado por el grupo calderonista que se ha escindido del panismo. Recordemos que al menos desde 2006, un sector de la derecha mexicana está radicalmente opuesto al proyecto de AMLO. Este fenómeno lleva a descartar prácticamente la posibilidad de una alianza, como la construida entre Calderón y Peña. Por ende, lo que quedaría al PAN es buscar alguna forma de ser competitivo electoralmente. Pero los obstáculos para la derecha en este campo tampoco son menores. Veamos.

[1] El primer problema es que ni el PAN en su versión actual ni el partido calderonista representan una opción creíble de renovación. Se trata de grupos que ya han tenido el poder y cuyo desempeño ha sido radicalmente repudiado por el electorado. Las recientes declaraciones de Marko Cortés, actual dirigente panista, en el sentido de que las derrotas en elecciones de gobernador en Baja California o Puebla —dos de sus bastiones— no son relevantes porque el PAN incrementó su número de votos son, por decir lo menos, de pena ajena.

Y lo son porque el rechazo a los gobiernos panistas fue puro y duro: en Baja California, gobernado por Kiko Vega, acusado de corrupción grosera, el PAN tuvo apenas un 23% de los votos —Morena tuvo 50%—. Lo importante aquí es que, como el PRI, el PAN no parece entender que la población sabe notar cuando mal gobierna y castiga electoralmente su respaldo a los peores personajes. La misma lógica aplicaría para el caso de la presidencia de Felipe Calderón.

[2] El segundo problema para el PAN o para el partido calderonista es que estos partidos tampoco tienen un proyecto de nación alternativo y atractivo. Es poco probable que navegar con la promesa de un regreso al modelo que durante 30 años ha fallado logre convencer a buena parte del electorado. A ello tenemos que sumar la crisis global de los partidos centristas de derecha —los que han solido promover el neoliberalismo—. Para ser claro, el proyecto de derecha que “vende” en estos momentos es una versión populista y proteccionista que incluye, como uno de sus componentes centrales, un fuerte discurso discriminatorio o antiderechos. La idea central de este tipo de proyecto pasa por unificar a partir del odio hacia los supuestos “enemigos” que amenazan con destruir la civilización occidental —inmigrantes, homosexuales, personas de color…—. Su lógica es que no hay que ofrecer nada más al electorado, pero tampoco nada menos.

En México, cada vez es más notorio que quienes mandan en las opciones electorales de derecha tienen en mente aprovechar esta tendencia para alimentar el odio hacia AMLO y presentarse luego como la salvación ante el “peligro”. Más allá de la calidad que pueda tener el gobierno de AMLO —por el momento muy cuestionable— es prácticamente todo lo que la derecha ha sabido ofrecer hasta ahora.

El problema es que, al menos en nuestro país, el alcance del discurso de odio parece por ahora topado. Y es que la gran mayoría de las personas jóvenes no comparten este tipo de visión. Esto significa que, si no parece haber gran espacio para uno, mucho menos lo habría para dos partidos enarbolando esta misma bandera. Por si esto no fuera suficiente, si experiencias como la del PP en España sirven de guía, el corrimiento hacia la derecha extrema puede resultar electoralmente desastroso para un partido de centro derecha. Por ende, el PAN, tanto por principios como por pragmatismo, tendría que ser muy cuidadoso y rechazar la tentación a la que Marko Cortés ha cedido sin pudor o rubor.

En conclusión, en estos momentos el panorama para la democracia mexicana es desolador. Por una parte, el PRI parece estarse condenando a desaparecer o a sobrevivir como un satélite similar al Partido Verde. Por otra, todo parece indicar que el PAN y el partido calderonista buscarán alimentar el discurso de odio como su única gran carta electoral durante los próximos años. En este escenario, sólo queda esperar que en términos económicos o sociales lo que sea que el nuevo gobierno intente resulte exitoso, porque claramente no habrá alternativas serias en la oposición partidista. El problema es que aferrarse al buen trabajo del partido o gobernante todopoderoso como la única esperanza implica una renuncia implícita o explícita a la democracia electoral. Una renuncia a la que actualmente todos los partidos parecen estarnos invitando.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

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