jueves , agosto 6 2020
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Dafne y Apolo, una historia de amor imposible

Franck Fernández (*)

Fuente: Diario de Yucatán

Mi madre hizo bien su trabajo. Como casi todas las madres. Pero, en lo que a mí me concierne, los consejos que me dejó fueron enseñanzas de vida y pautas a seguir. Entre los consejos que me dio, uno importante fue nunca burlarme de nadie y, menos aún, si se trataba de alguien que estaba por debajo de mí.

Me decía: “Tú no sabes en qué momento esa persona va a estar encima de ti y es necesario que tenga buenos recuerdos tuyos”.

En esta enseñanza de mi madre pensaba cuando me decidí a hacer la crónica del día de hoy que, una vez más, está inspirada en la mitología griega.

Apolo, posiblemente el más admirado Dios después de Zeus, el Dios Supremo, es representado como un hombre joven, casi siempre desnudo, con un cuerpo atlético y en su cabeza una corona de laureles. Era el Dios de muchas cosas, entre ellas de la belleza, la muerte, la vida y las artes.

Logró varias hazañas, una de ellas fue vencer al monstruo Pitón que era el guardián del oráculo de Delfos. El oráculo era un lugar donde sacerdotes o sacerdotisas y, en el caso de Delfos, el propio monstruo Pitón, hablaban en nombre de los dioses para anunciarles el futuro a aquellos que vinieran a consultarlo. En definitiva, esto de matar a Pitón fue una forma que tuvo Apolo para quedarse él con el oráculo de Delfos. De hecho, aún hoy en día se pueden visitar las ruinas del oráculo de Delfos dedicado a Apolo.

Muy contento estaba Apolo con eso de haber realizado la hazaña de matar a Pitón cuando vio al pequeño Cupido, pequeño, regordete, con sus dos pequeñas alitas y con un arco y una flecha en sus manos. Y es ahí donde Apolo le dice: “¿Qué haces ahí con ese aspecto afeminado y con un arco y una flecha en las manos? Las flechas y los arcos son mejores atributos para un hombre como yo”.

Apolo no había tenido una madre como la mía que le hubiera dicho que eso no se hace. Ofendido, el pequeño Cupido tomó una flecha de oro, de esas que sirven para generar un amor intenso, y certeramente, la encajó en el corazón de Apolo.

En contrapartida, había una hermosa ninfa, hija de un Dios río, tan hermosa que cuanto hombre la veía quería casarse con ella. Sin embargo, a Dafne no le interesaba eso del matrimonio, lo que ella quería era pasear por el bosque y ocuparse del bienestar de los árboles.

Como Cupido sabía que, entre los muchos pretendientes que tenía Dafne estaba Apolo, a ella le dirigió otra flecha, pero esta vez no una puntiaguda y hermosa flecha de oro, sino una de plomo, sucia y mohosa, de esas que sirven para causar disgusto y repulsión.

Esta venganza de Cupido hizo que Apolo se viera desesperadamente enamorado de la hermosa Dafne y corría tras ella para darle alcance y poderla abrazar y besar de cualquier forma. Mientras más rápido corría Apolo más veloz huía de él la hermosa Dafne, conocedora que era de cada uno de los rincones del bosque.

Este asedio de Apolo contra Dafne, que no consentía, recuerda en mucho la batalla que se lleva en nuestros tiempos contra el acoso sexual.

Bueno, cuando ya después de mucho correr, casi la alcanza Apolo, Dafne le pide ayuda a su padre, el Dios río. El padre escucha las súplicas de su hija y convierte a su hermosa hija en lo que más ella amaba, en un árbol.

A partir de ese momento ya no pudo seguir corriendo más la bella, porque sus pies y los dedos de sus pies se convertían en raíces que la anclaban al suelo. Sus brazos y su cabellera se convertían en frondosas ramas llenas de hojas. El árbol en el que se transformó Dafne fue un laurel, razón por la que en idioma griego la palabra Dafne significa laurel.

Veneración

Acongojado Apolo al no poder abrazar a aquella que amaba desesperadamente, le prometió honrarla llevando él siempre sobre sus sienes una corona de laurel y asegurándole también que sería el premio a aquellos que ganaran los juegos olímpicos.

El tema del amor imposible entre Dafne y Apolo ha sido en reiteradas ocasiones tema de inspiración para los artistas. Muchos pintores los han representado en el momento en que Dafne comienza a convertirse en un laurel, aunque son pocas las representaciones que se han realizado sobre este tema en escultura.

Entre los conjuntos escultóricos que representan esta escena decididamente el más importante y conocido es el que realizó el joven Bernini a la corta edad de 24 años y que se puede visitar en la Galería Borghese de Roma. La realización de tan hermoso conjunto escultórico le tomó al joven Bernini 3 años de trabajo.

Bernini también es el arquitecto de las grandes columnatas que, como en un abrazo, reciben a fieles y turistas en su visita a la Basílica de San Pedro del Vaticano.

La próxima vez que cocine y utilice una hoja de laurel para sazonar su guiso, tenga un pequeño recuerdo por esta hermosa joven que prefirió convertirse en árbol a ser ultrajada.

Traductor, intérprete y filólogo. altus@sureste.com

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