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Charles Lindbergh, dolor y desprecio

Por:  Franck Fernández

Fuente: Diario de Yucatán

Toda la fama que había acumulado Charles Lindbergh después de su hazaña y los diferentes viajes de promoción que lo había llevado a todas las capitales de los estados de la unión norteamericana y también de América Latina produjo el efecto que él no deseaba: ya no tenía vida privada. Con su esposa se compró una propiedad en   Nueva York con la intención de alejarse de los reflectores.

La noche del primero de marzo de 1932 se produjo un horrible incidente con su pequeño hijo de tan solo año y medio, Charles Lindbergh Junior. A las 8 de la noche, su madre, Anne, fue a despedirse del bebé que se quedó en su cuna. La niñera descansaba en la habitación de al lado. A las 10, cuando la madre viene una vez más a ver a su hijo, la cuna estaba vacía. Rápidamente se dieron cuenta de que se trataba de un secuestro porque junto a la ventana de la habitación, que se encontraba en la planta alta, había una escalera. Poco tiempo después llegó una nota mal escrita exigiendo $50,000 por el rescate del bebé. Cerca de 200 personas se adjudicaron el rapto tratando de disfrutar de un poco de la notoriedad de Lindbergh.

A los pocos días, un encargado de la familia depositaba el dinero dentro de un gran bulto en un cementerio a las afueras de  Nueva York como exigía el secuestrador. Pero, incluso con el pago del dinero, no aparecía el niño. Más de dos meses después, apareció en un bosque medio devorado por los animales. Pronto los forenses supieron que el niño había muerto el día del secuestro, aparentemente se le había caído al secuestrador desde la escalera. Como se habían registrado los números de serie de todos los billetes con los que se había pagado el rescate, los detectives empezaron a descubrir compras con esos billetes. Las compras eran en una zona bien delimitada, el círculo se cerraba. Fue en estas condiciones que detuvieron a quien pagaba con esos billetes, un inmigrante alemán, Bruno Hauptmann, carpintero de profesión. Al revisar su casa, en el garaje encontraron una buena parte de los $50,000 escondidos en viejas latas de aceite.

Bruno Hauptmann siempre alegó su inocencia. La prensa sensacionalista calificó el juicio contra Hauptmann como el “Juicio del Siglo”. Hauptmann finalmente fue sentenciado a morir en la silla eléctrica. Tan sonado fue este caso que fue, a partir del secuestro del pequeño Charles, que en Estados Unidos, el secuestro de niños se considera ley federal y que puede conducir a la pena máxima. A partir de este momento, Lindbergh tuvo una vida amarga, calificando al pueblo de  Estados Unidos como un pueblo bárbaro sediento de noticias sensacionalistas, culpando a la democracia norteamericana e incluso a la democracia en sí como responsable de todos sus males.

Con el fin de evitar el acoso de la prensa, con su joven familia se fue a vivir a las afueras de Londres. Allí recibió el encargo del gobierno norteamericano de visitar Alemania para valorar el estado de la aviación de ese país. En Alemania, Lindbergh fue recibido como un héroe, lo que no era ninguna anormalidad porque en todos los países era recibido de la misma manera. En Alemania recibió las más altas condecoraciones. Pero fue a partir de su encuentro con Göring y Hitler que comenzó a hacer declaraciones no apreciadas por todos en Estados Unidos.

Hablaba de la superioridad de la aviación alemana, de la disciplina que se respiraba en ese país, del bienestar económico que había alcanzado Alemania bajo la dirección de Hitler y de la superioridad de la raza aria (él era de sangre sueca). Cuando se declara la Segunda Guerra Mundial, regresa a vivir a los Estados Unidos. Como su padre ya había hecho con la Primera Guerra Mundial, Lindbergh abogó por la no participación de  Estados Unidos en la guerra en Europa. Formó un grupo al que llamó America First. Todo se salió de caudales cuando, en un discurso que realizó en Los Ángeles en junio de 1941, acusó directamente a los británicos, a los judíos y a la administración de Roosevelt como los responsables de que Estados Unidos entrara en la confrontación mundial. A partir de ese momento, la prensa que había sido tan generosa con él, comenzó a tildarlo de antisemita y hitleriano. En septiembre de ese mismo año, Estados Unidos fue atacado en Pearl Harbor por Japón, aliado de la Alemania nazi. La asociación America First se desmorona como un castillo de naipes y, como ya tenía fama de pronazi, Roosevelt personalmente se encargó de que se le asignara a trabajos de poca importancia en el ejército, por miedo a que, por demás, trabajara como espía. No obstante, en la guerra del Pacífico que libró Estados Unidos contra el Japón imperial poco a poco fue ganándose nuevamente la confianza de sus superiores y participó en varias ocasiones en bombardeos contra los japoneses. Huelga decir que su participación en la guerra del Pacífico restableció su imagen.

Al finalizar la guerra fue nombrado General de brigada y se le propusieron varios puestos, pero él decidió siempre mantenerse como asesor civil. También tuvo actividades con la recién nacida OTAN, lo que lo llevaba a hacer múltiples viajes de larga duración a Europa. Por su parte, su esposa Anne Monrow quedaba sola en los Estados Unidos y nunca supo que Lindbergh tenía otras tres familias en Europa. Había tenido hijos con su secretaria,  con una amiga de su secretaria y con la hermana de la amiga de su secretaria. Todo esto se descubrió después de la muerte de Anne, su esposa. Lindbergh fue uno de los invitados de honor al lanzamiento del Apolo 11 que llevó a la luna a los primeros seres humanos en junio de 1969. Al final de su vida, se dedicó a apoyar a organizaciones para la defensa del medio ambiente. Falleció en la isla de Maui a la edad de 72 años.

Si está de paseo por Washington, donde el Instituto Smithsoniano ha creado tan maravillosos museos, no dude en visitar el museo dedicado a la aviación y al espacio. Allí podrá ver con sus propios ojos al famoso Spirit of Saint Louis, prueba tangible del logro de un hombre y del avance de la humanidad.

(*)Traductor, intérprete y filólogo, correo electrónico: altus@sureste.com

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