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Andrew Carnegie deja fuerte huella

Frank Fernández (*)

Publicado en Diario de Yucatán

Con razón lo dice la canción. Nueva York es una ciudad que nunca duerme. A cualquier hora del día o de la noche, incluso de madrugada, siempre hay un lugar que visitar en esta ciudad.

Algunos dicen que es la capital del mundo, otros alegan que la capital del mundo es París, pero lo innegable es que la cantidad de museos, teatros, galerías de arte y atracciones de toda índole son muchos en esta ciudad. En la Séptima avenida y la calle 57, a dos cuadras del famoso Central Park, se encuentra uno de más importantes teatros de Nueva York, y también uno de los más importantes a nivel mundial: el Carnegie Hall.

Pero ¿cuál es la historia de este teatro que desde 1891 recibe a los más grandes cantantes y grupos musicales del mundo y ello tanto de música clásica como de música popular y folclórica? Hagamos un poco de historia.

En el año 1831 llegó procedente de su Escocia natal la familia Carnegie de la que formaba parte el pequeño Andrew. Desde muy pequeño, Andrew tuvo que trabajar muy duro, pero también desde muy pequeño manifestó su deseo de aprender.

Comenzó trabajando en una fábrica de telas donde cobraba centavos a la semana por la tarea de cambiar las bobinas de hilo de los telares. El dueño de este establecimiento, una vez a la semana, habría su biblioteca personal a los niños que para él trabajaban para que leyeran y se instruyeran. De ahí pasó Andrew a trabajar como telegrafista, oficio muy novedoso para la época, luego pasó a una empresa de ferrocarriles donde poco a poco y con mucho tesón fue ascendiendo hasta llegar a tener un importante cargo de dirección.

Pronto comenzó a invertir poco dinero en empresas a las que supo llevar al éxito. Luego llegó el momento de invertir en fábricas de vagones para trenes de pasajeros y de ahí pasó a la fabricación de acero, convirtiéndose en un magnate de la industria y en uno de los hombres más ricos de la historia.

Pero Andrew Carnegie no era de aquellos que creían en regalar dinero para comprar clientelismo. No era de esos que regalan dinero fácil en vez de crear las condiciones para trabajar y ganárselo de una forma honesta.

Su fortuna la dedicó a fundar escuelas y universidades, así como la creación de piscinas, pues consideraba que no solo era necesario desarrollar la mente, sino también el cuerpo. Su obra más conocida fue la de un teatro en Nueva York.

Andrew era amante de la música clásica y, en su viaje de luna de miel que lo llevó junto con su joven esposa Louise a su Escocia natal, conoció al músico Danchau quien le habló de la necesidad de hacer un gran teatro en Nueva York.

La idea le gustó a Andrew y, ya de regreso de su luna de miel, le encargó la obra al joven arquitecto William Tuthill, a su vez aficionado al violonchelo, y en el que confío para tan magnífica obra. El teatro se inauguró en 1891 y para la ocasión fue invitado el que en ese momento era el más importante compositor del mundo, el ruso Piotr Chaikovski, encargado de la inauguración con festividades musicales una semana.

La noche inaugural se interpretó la obertura de la ópera Leonora de Beethoven, la Marcha Solemne que había compuesto el propio Chaikovski para la coronación del zar Alejandro III y de su esposa María y   Te Deum de Héctor Berlioz.

El edificio, al que más adelante se le dio el nombre de Carnegie Hall, es uno de los más hermosos de Nueva York por su estilo que recuerda el renacimiento italiano.

El arquitecto decidió no utilizar el hierro que estaba tan a la moda en ese momento, sino que fue la piedra el material utilizado para su construcción.

Si bien sus fachadas exteriores son de gran belleza, mucho más elegante es lo que lo no pueden ver los transeúntes: el interior.

Contando con cinco niveles, el teatro puede recibir a poco más de 2800 personas con una perfecta perspectiva del escenario y, sobre todas las cosas, con una de las mejores acústicas de los teatros del mundo.

En los años 20 la viuda de Andrew quiso vender el edificio a una inmobiliaria que tenía la intención de derribarlo para levantar un rascacielos de apartamentos.

Una rápida movilización de los músicos de la época impidió la operación y, en definitiva, fue la ciudad de Nueva York la que lo compró para que continuara con su vocación de teatro.

En los años 80 fue completamente remodelado y se le agregaron todas las técnicas que caracterizan a un teatro moderno. Fue la sede de la Orquesta Sinfónica de Nueva York hasta que en el año 1962 se trasladó a su nueva casa del Lincoln Center. Pero esto no fue en desmérito del Carnegie Hall.

Desde entonces, y como siempre, grandes personajes del mundo de la música clásica y popular del mundo entero se han presentado con éxito en el Carnegie Hall.

Si está de paso por la Gran Manzana no deje de visitar este prestigioso teatro. Entre, no tenga pena, admire la belleza de su entrada, es gratis. Así tendrá una idea del lujo y del buen gusto con que Andrew Carnegie supo adornar su teatro para fortuna de naturales y foráneos.

Traductor, intérprete y filólogo. altus@sureste.com

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