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Algunos apuntes del crash de 1929

Franck Fernández Estrada (*)

Fuente: Diario de Yucatán

En el transcurso de su historia, los Estados Unidos han pasado por tres momentos terribles. El primero de ellos fue la Guerra Civil, el tercero fue el ataque a las Torres Gemelas y el segundo fue el crash bancario y la subsiguiente depresión económica. Pero para explicar lo que pasó en ese fatídico 1929, tenemos que remitirnos a varios años antes.

Los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial solo en 1917 y su participación hizo bascular rápidamente la victoria al lado de los Aliados. Los aliados europeos de los Estados Unidos terminaron esta Guerra Mundial con una muy deteriorada situación debido a la destrucción de los medios de producción de sus respectivos países y a las enormes bajas, en particular de jóvenes, que son la fuerza motriz de un país. En el caso de Alemania, la situación era bastante peor en la medida en que, según los acuerdos de Versalles, Alemania tenía que pagar inmensas compensaciones de guerra a los países a los que había invadido y atacado. Como dentro del territorio de los Estados Unidos no hubo destrucción, la industria norteamericana tuvo que producir para exportar a Europa. Terminada la guerra, Estados Unidos salía no solamente como vencedor sino como primera potencia económica mundial.

Para contribuir a los esfuerzos de guerra, el gobierno había emitido bonos a los que llamaron Bonos de la Libertad con el fin de financiar la construcción de armas. Se les pidió a conocidos artistas del momento que participaran en eventos en los que se promocionaba la venta de estos bonos. Al finalizar la guerra, las personas que nunca antes habían comprado bonos ni acciones vieron como el dinero que le habían prestado a su gobierno eran fuente de dividendos que cobraban cada seis meses. En los periódicos se publicaban las cotizaciones de esos bonos.

Las condiciones estaban dadas para que el señor Charles Mitchell, del First National City Bank, se diera cuenta de que se podrían crear nuevos productos bursátiles sobre acciones de empresas conocidas. En el país había un gran boom productivo. Las industrias que más avanzaban eran las industrias de la electricidad, de los equipos electrodomésticos, del automóvil, del cine, del radio y de la aviación. Pronto el norteamericano medio comenzó a invertir sus ahorros en estas acciones. Es el momento en que también surge la venta a crédito. Artículos que antes eran un lujo como una lavadora o un automóvil estaban al alcance de casi todo el mundo gracias a la compra por crédito. El hábito de prestar dinero pasó a algunos corredores de bolsa que prestaban dinero a aquellos que querían comprar acciones. Bastaba con tener un capital de tan solo el 10 o el 20% de lo que se quería invertir y los corredores prestaban el resto. En pocos meses se recuperaba el capital que uno había invertido, se pagaba el dinero que se había pedido prestado y, aun así, quedaba un jugoso rendimiento. Esto se convirtió en una fiebre. Más de 3 millones de norteamericanos de la época creyeron que era la forma de convertirse en millonarios en poco tiempo… y con muy poco esfuerzo.

Famoso fue el caso de un limpiabotas, el señor Patrick Bologna, que bajo este principio comenzó a comprar grandes cantidades de acciones. Era él quien les lustraba los zapatos a las vacas sagradas de Wall Street y escuchándolos y haciéndoles preguntas oportunas de qué hacer comenzó a amasar una jugosa fortuna. Muchas empresas de muchos otros sectores de la industria, como todo marchaba tan bien, decidieron entrar en la bolsa para ser cotizadas y, de esta forma, poner a la venta pública sus acciones. Todo iba de maravilla y durante años muchos lograron obtener pingües ganancias hasta que el miércoles 23 de octubre de 1929, por una razón desconocida, las acciones de las empresas automovilísticas comenzaron a caer. Todo se había montado sobre una burbuja condenada al fracaso. Muchas acciones salieron a la venta y pocos querían comprarlas. Comenzó a partir de ese momento un verdadero efecto dominó que concluyó con el desplome completo y total de Wall Street. El jueves 24 de octubre unas diez mil personas se concentraron frente a la bolsa de Nueva York para tratar de enterarse de lo que estaba sucediendo. Los directores de los más importantes bancos se reunieron para inyectar dinero a la bolsa. Consideraban que con esto volvería la confianza. Porque de esto se trata, de confianza. Así funcionan las bolsas, cuando se pierde la confianza todo cae detrás. Su acción no logró los resultados que se esperaban. Quizás por el hecho de que entonces las noticias no viajaban con la rapidez con que se producen. Es cierto que se habían instalado en múltiples lugares de los Estados Unidos telégrafos con los que se conocían las noticias procedentes de Nueva York pero, ante la avalancha de acciones que se vendían, colapsó este sistema. Estos telégrafos se habían instalado en los lugares más disímiles para que los jugadores en bolsa estuvieran al tanto de cómo iban sus inversiones: en tiendas, farmacias, barcos… hasta en peluquerías. Ante la pérdida tan grande de sus acciones, muchas grandes empresas se vieron en la necesidad de licenciar a sus trabajadores que, como a su vez estaban empeñados, se vieron del día a la noche con ni siquiera con qué pagar el alquiler de su casa. Lo triste del caso es que incluso personas que no jugaban en bolsa se vieron directamente arrastrados al caos porque tenían sus ahorros en bancos que también quebraron. Entonces no existían leyes federales que protegieran a los ahorristas.

Aunque no lo crean, ya las economías de todos los países del mundo estaban tan imbricadas que los terribles vientos que soplaban desde Wall Street pronto se expandieron por todo el planeta. Poquísimos fueron los países que lograron escaparse de la tormenta. Recuerdo a un viejo limpiabotas en la calle Obispo de La Habana que me contaba cómo de niño vio personas que se lanzaban desde las ventanas de las oficinas de empresas financieras que en esa calle se encontraban. La situación fue particularmente crítica en Alemania porque solo en ese momento comenzaba Alemania a salir de una inflación galopante causada por el pago de las compensaciones de guerra a los países ganadores. Por un lado estaban los comunistas y por el otro los fascistas que lo único que tenían en común era demostrar que el sistema capitalista no era el apropiado para las naciones. Fue precisamente esta situación la que aupó al poder a dirigentes como Adolf Hitler y a muchas personas a creer en los cantos de sirena que sonaban desde Moscú. Solo con la llegada del presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt comenzó a restablecerse la economía de los Estados Unidos. Las personas comenzaron a obtener un empleo y pudieron volver a pagar un alquiler. Pero, lo que no podía ni imaginar el Sr. Roosevelt es que poco tiempo después, el 7 de septiembre de 1942, Estados Unidos se vería una más implicado en otra guerra mundial con el artero bombardeo de Pearl Harbor por los japoneses. Pero esa ya es otra historia.

Traductor, intérprete, filólogo altus@sureste.com

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